Londres. Por Keyu Jin (*), Financial Times

Los avances tecnológicos rara vez nacen en la comodidad. Se forjan en el conflicto, la competencia y la necesidad. Desde la energía nuclear hasta la carrera espacial, y ahora la creciente rivalidad en inteligencia artificial entre EEUU y China, la innovación se acelera cuando las apuestas son más altas.
La guerra arancelaria catastrófica del presidente Donald Trump puede infligir un grave dolor económico a China, pero también podría encender un auge tecnológico, no por diseño, sino por necesidad.
Aunque el desafío económico más urgente de China sigue siendo interno, los aranceles del 125% de EEUU le dan a Pekín un claro pretexto para actuar: estimular agresivamente, subsidiar estratégicamente, afinar su instinto de supervivencia y redoblar la apuesta por la supremacía tecnológica.
Si el objetivo de Washington es suprimir el ascenso de China, lo está haciendo todo mal.
Los aranceles no solo alteran los flujos comerciales, sino que redirigen recursos y remodelan estructuras industriales. Si el objetivo de Trump fuera frenar el progreso tecnológico de China, mantendría bajos los aranceles para la mayoría de las exportaciones chinas a EEUU, encadenando al país a la manufactura básica de bajos márgenes. Fomentaría las exportaciones de alta tecnología a China, asegurando que el avance en sus componentes avanzados se estanque.
Pero ocurre todo lo contrario. Irónicamente, así como el “shock de China” empujó a EEUU a salir de la manufactura de baja gama, el “shock de Trump” está impulsando a China a reasignar recursos hacia tecnologías avanzadas de mayor valor que compiten directamente con EEUU.
Pekín ha sacado su conclusión: la innovación y el control de la tecnología central son la única defensa sostenible contra los aranceles. Las empresas con tecnología propia, como Huawei y BYD, están más protegidas de los aranceles y las perturbaciones de la cadena de suministro. China visualiza un nuevo modelo de cadena de suministro tecnológico: producción regional, soberanía tecnológica y redundancia global en la cadena de suministro.
Nunca antes la tecnología y la innovación habían sido tan centrales en la agenda nacional de China como lo son hoy. La estrategia “IA+” (la aplicación masiva de la tecnología de IA en todas las industrias) busca integrar rápidamente la inteligencia artificial en todos los sectores posibles. DeepSeek, creador de modelos de Inteligencia Artificial (IA) de bajo costo, nació bajo restricciones y ahora se está desplegando en todo el mundo.
En 2019, se estableció Rmb200bn (Fondo Nacional de Inversión de la Industria de Circuitos Integrados Fase II Co. Ltd), un fondo de 200 mil millones de yuanes para “tecnologías críticas”, con el objetivo de lograr un 70% de sustitución doméstica en áreas clave en tres años. China está invirtiendo fuertemente en computación cuántica fotónica, construyendo redes de satélites de órbita baja para rivalizar con Starlink de Elon Musk y sentando las bases para estaciones espaciales comerciales. Apunta a avances en equipos de fabricación de chips y lidera el mundo en densidad de robots industriales.
Si China había estado derivando hacia agendas más estatistas, el shock arancelario la está devolviendo a los fundamentos económicos. La guerra comercial funciona como un reinicio, reafirmando la primacía del crecimiento y la competencia. El apoyo al sector privado muestra señales de reactivación, con alivios fiscales y políticas favorables a los negocios.
Las restricciones tecnológicas suelen tener consecuencias no deseadas. En lugar de frenar el progreso, redirigen la demanda hacia adentro. Tomemos los semiconductores: China consume un tercio de los chips globales y antes dependía en gran medida de proveedores estadounidenses. Las sanciones no redujeron esa demanda, la reorientaron. Ahora, empresas locales como SMIC (Corporación Internacional de Fabricación de Semiconductores) reportan récords de ingresos y reinvierten en I+D (Inversión más Desarrollo).
Como dice el refrán chino, las buenas empresas no “se tumban”, se adaptan. La primera ola de sanciones de Trump desató una fiebre de globalización. Las empresas chinas se apresuraron a reubicar producción, expandirse a nuevos mercados y alterar sus modelos de negocio. Translon, cotizada en Shenzhen, ahora controla el 51% del mercado africano de smartphones. Xiaomi, fabricante de teléfonos inteligentes, obtiene el 42% de sus ingresos en el extranjero.
Los aranceles también aceleran la transición hacia cadenas de suministro digitales, comercio de servicios e infraestructura en la nube, tendencias que juegan a favor de las fortalezas de China en plataformas digitales, IA y comercio electrónico. Aunque sigue siendo una potencia manufacturera, China representa menos del 6% del comercio global de servicios, dejando un enorme margen de crecimiento.
La historia ya ha visto esta dinámica. Cuando Napoleón intentó paralizar el comercio británico con el Sistema Continental, el Reino Unido giró hacia Asia, África y América, hacia la industrialización y la mecanización. Los costos crecientes y la presión salarial fueron el catalizador de la máquina de vapor, los telares mecánicos y el poder naval.
Washington podría estar repitiendo ese error. Si su objetivo es “hacer a Estados Unidos grande otra vez”, Trump no debería temer a una China cómoda, sino a una China bajo presión.
(*) La autora es economista global y autora de The New China Playbook: Beyond Socialism and Capitalism (El libro de jugadas de la nueva China: Más allá del socialismo y el capitalismo).