Ottawa. Por Gerry Nolan (*), The Islander News

El llamado “Plan Árabe” estaba muerto nada más llegar, no porque careciera de sustancia, sino porque tanto Netanyahu (“Bibi”) como Trump son igualmente alérgicos al más mínimo atisbo de soberanía palestina.
El rechazo de Netanyahu era una conclusión inevitable. La supervivencia política de este hombre depende de la guerra permanente, de la limpieza étnica por desgaste y de alimentar el insaciable apetito colonial de los colonos de su coalición por la tierra palestina. Una hoja de ruta hacia la paz es una hoja de ruta hacia el funeral político de Bibi, y él lo sabe.
Pero el rechazo de Trump, ahí es donde las cosas se ponen interesantes. No por ninguna brillantez estratégica, sino por puro instinto transaccional.
El cálculo de Trump sobre Gaza no tiene que ver con la paz, la justicia o incluso la delicadeza geopolítica, sino con bienes raíces y tierras raras, una apropiación neocolonial de tierras disfrazada de “política de seguridad”.
Los escombros de Gaza son una característica, no un defecto, es el lienzo perfecto para cualquier visión distópica que él y el equipo Kushner-sionista tengan preparada: una zona económica despoblada, amurallada de la historia, empapada en sangre y troceada al mejor postor.

Por debajo de los teatrales aspavientos de las monarquías del Golfo, la realidad es clara: no se puede negociar con una entidad sionista construida sobre el maximalismo y la arrogancia mesiánica, y no se puede razonar con un Trump que ve Gaza como una propiedad en primera línea de playa lista para ser liquidada.
Para los palestinos, el único plan que vale la pena considerar es la resistencia.
Para el Sur Global, el único camino a seguir es romper el monopolio del poder occidental de este Frankenstein del apartheid.
Y para Rusia, Irán, China y el naciente mundo multipolar, Gaza no es sólo una tragedia, es una advertencia: si dejas tu destino a los caprichos de los “planes de paz” occidentales, acabarás sepultado bajo los escombros de tu propia soberanía.
(*) Gerry Nolas es periodista canadiense y director de la revista Islander.