Managua. Por Enrique Beteta Acevedo, Radio La Primerísima

Los principios de humildad y entrega por los compañeros, extender la mano, asegurar solidaridad en toda situación nos la ha enseñado la revolución, las muestras de entrega por el necesitado es una práctica continua y permanente del proceso revolucionario Sandinista, los que militamos en la revolución no nos tienen que convencer para seguir el legado de quienes nos donaron su sangre y su vida inclusive esos principios.
En la práctica médica y paramédica de Nicaragua, recordamos a nuestros héroes que desprendidos de amor dieron su vida, entregaron su tiempo fértil para asegurar el futuro promisorio. Nosotros vemos hoy ese futuro, pero ellos dieron todo, sin egoísmo, sin vacilaciones, totalmente claros de su visión de bienestar. Se encontraron frente al odio y sadismo de las hordas criminales de la dictadura y entregaron su palpitar, se les arrebató la vida en segundos, pasaron a otro plano de vida, pero su huella quedó para que siguiéramos el camino y hoy caminamos esos senderos en libertad plena.
Para rendir honor a esos hermanos, nos toca a nosotros defender la Revolución en todo espacio y todo momento, sin descanso, llenos de gozo, construyendo una nueva generación clara y firme, sin vacilaciones, convencida de su origen de clase y no dejarse vencer por las manipulaciones del capitalismo vendidas de manera fresca, ni los escaparates de fantasía de las transnacionales que vende la televisión, confunden las conciencias y nublan los principios y compromisos de las nuevas generaciones, con la guerra cognitiva que nos lleva al abismo de la confusión emocional con propósitos de renunciar a nuestra dignidad y soberanía.
Tenemos tantos ejemplos: desde las enfermeras entregadas que todo cuidan, apoyan; todo auxilian, únicas, cariñosas, amorosas, dignas, firmes, llenas de fortaleza espiritual, fieles acompañantes en momentos de dolor y sufrimiento. Entre ellas, Bertha Calderón Roque, Yolanda Mayorga, Silvia Ferrufino, Rafaela Padilla y Albino Acosta asesinados cruelmente por la dictadura por su sueño de tener un mundo mejor, una Patria de todos, llena de oportunidades que se construye hoy en armonía y esperanza.
No podemos dejar de mencionar a los médicos sandinistas revolucionarios, inconformes con el sistema imperante de aquel momento, activos organizadores de acciones encubiertas desde la clandestinidad, soñadores del amor por los humildes.
Para todos nosotros, quien nos da el mayor ejemplo de desprendimiento es el Dr. Oscar Danilo Rosales, quien dejó la comodidad de las aulas de clases para emprender el camino a las montañas de Pancasán, para curar al hermano campesino, atender a la mujer del campesino y fortalecer la salud de los guerrilleros movilizados en el corazón de fila grande, cerro colorado y Pancasán.
Existen otros hermanos médicos que también fueron cruelmente asesinados, torturados, vejados sin piedad, condenados a martirio en vida, entre ellos Alejandro Dávila Bolaños, Eduardo Selva, Lucrecia Lindo, Erlinda López Osorio, José Fletes Valle, Juan Antonio Brenes Sequeira, Lenin Fonseca Martínez, Lucrecia Lindo, Sócrates Flores, Roberto Cortez Montealegre. Todos ellos asesinados cobardemente con alevosía y premeditación por la genocida Guardia Nacional por orden del dictador.
El caso del doctor Manolo Morales Peralta es desgarrador, pues el 10 de agosto de 1975 llegó al Hospital Oriental –que hoy lleva su nombre– y el director del hospital de ese momento, que por lo general era el Guardia con mayor grado le negó la posibilidad de ser atendido. Se se pudo haber salvado su vida, pero por ser opositor al régimen se le privó de la atención médica, falleciendo de un infarto. Tenía 36 años.
Ni los estudiantes de medicina pudieron salvarse de la avalancha de odio y furia del aparato asesino de Somoza, estudiantes que con amor a su pueblo entregaron su vida a la causa sandinista, entre ellos José Rubí, Denis Tenorio Ballanger, Roberto Alvarado y Juan Castillo Venerio todos convencidos de llegar a mejores tiempos, lindos amaneceres de leche y miel para todas las generaciones, construyendo la felicidad con derechos restituidos para todos los humildes del pueblo.
Hoy las nuevas generaciones les decimos a nuestros hermanos: ¡presente, presente, presente!

Doctor Enrique Beteta