Beirut. Por Alastair Crooke (*), Strategic Culture Foundation

El resultado geopolítico de la posguerra determinó la estructura económica mundial de la posguerra. Ambas están experimentando enormes cambios. Sin embargo, lo que sigue anquilosado es la visión del mundo (weltanschauung) general (occidental) de que todo debe “cambiar” sólo para que siga igual. Los asuntos financieros seguirán como antes; no hay que perturbar el sueño. Se supone que la clase oligarca/donante se encargará de que las cosas sigan igual.
Sin embargo, la distribución del poder de la posguerra fue única. No hay nada “para siempre” en ella; nada inherentemente permanente.
En una reciente conferencia de industriales y empresarios rusos, el Presidente Putin puso de relieve la fractura mundial y expuso una visión alternativa que probablemente adoptarán los BRICS y muchos otros. Su discurso fue, metafóricamente hablando, la contrapartida financiera de su intervención en el Foro de Seguridad de Múnich de 2007, en la que aceptó el desafío militar planteado por la “OTAN colectiva”.
Putin insinúa ahora que Rusia ha aceptado el desafío planteado por el orden financiero de posguerra. Rusia ha perseverado en la guerra financiera, y está prevaleciendo también en ella.
El discurso de Putin de la semana pasada no fue, en cierto sentido, nada realmente nuevo: reflejaba la doctrina clásica de Yevgeny Primakov, ex canciller y ex primer ministro de Rusia. Sin ser un romántico de Occidente, Primakov comprendió que su orden mundial hegemónico siempre trataría a Rusia como a un subordinado. Así que propuso un modelo diferente –el orden multipolar– en el que Moscú equilibra los bloques de poder, pero no se une a ellos.
En su esencia, la Doctrina Primakov consistía en evitar los alineamientos binarios, preservar la soberanía, cultivar los lazos con otras grandes potencias y rechazar la ideología en favor de una visión nacionalista rusa.
Las negociaciones con EEUU
Las negociaciones actuales con Washington (ahora centradas exclusivamente en Ucrania) reflejan esta lógica. Rusia no está suplicando un alivio de las sanciones ni amenazando con nada concreto. Está llevando a cabo una dilación estratégica: esperar a que pasen los ciclos electorales, poner a prueba la unidad occidental y mantener todas las puertas entreabiertas. Sin embargo, Putin tampoco se opone a ejercer un poco de presión por su cuenta: la ventana para aceptar la soberanía rusa de los cuatro oblasts (provincias) del oriente que eran parte de Ucrania, no es eterna: “Este punto también puede moverse”, dijo.
No es Rusia la que se adelanta a las negociaciones, sino todo lo contrario: es Trump quien se adelanta. ¿Por qué? Parece remontarse al apego estadounidense a la estrategia de triangulación al estilo de Kissinger: subordinar a Rusia; separar a Irán; y luego separar a Rusia de China. Ofrecer zanahorias y amenazar con “palos” a Rusia, y una vez subordinada de esta manera, Rusia podría entonces desprenderse de Irán –eliminando así cualquier impedimento ruso a un ataque del Eje Israel-Washington contra Irán.
Primakov, si estuviera aquí, probablemente estaría advirtiendo que la “Gran Estrategia” de Trump es atar a Rusia a un estatus subordinado rápidamente, para que Trump pueda continuar la normalización israelí de todo Oriente Medio.
Witkoff ha dejado muy clara la estrategia de Trump: “Lo siguiente es: tenemos que tratar con Irán. Son un benefactor de ejércitos delegados, pero si podemos conseguir que estas organizaciones terroristas sean eliminadas como riesgos, entonces normalizaremos en todas partes. Creo que Líbano podría normalizarse con Israel. Eso es realmente posible. Siria también: Puede que Jolani en Siria [ahora] sea un tipo diferente. Han expulsado a Irán. Imagínense si Líbano, Siria y los saudíes firman un tratado de normalización con Israel. ¡Sería épico!”.
Funcionarios de EEUU dicen que el plazo para una “decisión” sobre Irán es en la primavera: Y con Rusia reducida a la condición de suplicante e Irán resuelto (en un pensamiento tan fantástico), el equipo Trump puede volverse hacia el principal adversario: China.
Dejen las ilusiones
Putin, por supuesto, lo entiende bien, y desmintió debidamente todas esas ilusiones: “dejen las ilusiones a un lado”, dijo a los empresarios rusos la semana pasada:
“Las sanciones y las restricciones son la realidad actual, junto con una nueva espiral de rivalidad económica ya desatada. No se hagan ilusiones: no hay nada más allá de esta realidad. Las sanciones no son medidas temporales ni selectivas; constituyen un mecanismo de presión sistémica y estratégica contra nuestra nación. Independientemente de los acontecimientos mundiales o de los cambios en el orden internacional, nuestros competidores tratarán perpetuamente de limitar a Rusia y disminuir sus capacidades económicas y tecnológicas. No debe esperar una completa libertad de comercio, pagos y transferencias de capital. No hay que contar con los mecanismos occidentales para proteger los derechos de los inversores y empresarios. No me refiero a ningún sistema jurídico, ¡simplemente no existen! ¡Sólo existen para ellos mismos! Ese es el truco. ¡¿Lo entienden?!”.
Nuestros desafíos [rusos] existen, “sí, pero los suyos también son abundantes. La hegemonía occidental está desapareciendo. Los nuevos centros de crecimiento mundial están adquiriendo protagonismo”, afirmó Putin.
Estos retos no son el “problema”, son la oportunidad, subrayó Putin: “Daremos prioridad a la fabricación nacional y al desarrollo de industrias tecnológicas. El viejo modelo se ha acabado. La producción de petróleo y gas será simplemente el complemento de una «economía real» autosuficiente y de circulación interna, y la energía dejará de ser su motor. Estamos abiertos a las inversiones occidentales, pero sólo en nuestras condiciones, y el pequeño sector «abierto» de nuestra economía, por lo demás cerrada, seguirá comerciando, por supuesto, con nuestros socios del BRICS”.
Lo que Putin esbozó efectivamente es la vuelta al modelo de economía de circulación interna, principalmente cerrada, de la escuela alemana (à la Friedrich List, economista alemán del siglo 19 que desarrolló el Sistema Nacional del Mundo Monetario o lo que algunos hoy llamarían el Sistema de Innovación Nacional) y del efímero primer ministro zarista, Sergei Witte.
Putin desafía sistema económico imperialista
Para que quede claro, Putin no sólo estaba explicando cómo Rusia se había transformado en una economía resistente a las sanciones que podía despreciar tanto las aparentes seducciones de Occidente como sus amenazas: estaba desafiando el modelo económico occidental de manera más fundamental.
Friedrich List había desconfiado desde el principio del pensamiento de Adam Smith que constituía la base del “modelo anglosajón”. List advirtió que, en última instancia, sería contraproducente, desviaría el sistema de la creación de riqueza y, en última instancia, haría imposible consumir tanto o emplear a tantas personas.
Este cambio de modelo económico tiene profundas consecuencias: socava por completo el modo de diplomacia transaccional del “Arte del Trato” en el que se basa Trump. Expone las debilidades transaccionales. “Su aliciente del levantamiento de las sanciones, además de los otros incentivos de la inversión y la tecnología occidentales, ahora no significan nada “porque a partir de ahora solo vamos a aceptar estas cosas en nuestros términos”, dijo Putin.
“Tampoco”, argumentó, “tienen peso sus amenazas de un nuevo asedio de sanciones, porque sus sanciones fueron la bendición que nos llevó a nuestro nuevo modelo económico”.
En otras palabras, ya se trate de Ucrania o de las relaciones con China e Irán, Rusia puede ser en gran medida impermeable (salvo la amenaza mutuamente destructiva de la Tercera Guerra Mundial) a los halagos de Estados Unidos. Moscú puede tomarse su tiempo con respecto a Ucrania y considerar otras cuestiones basándose estrictamente en un análisis coste-beneficio. Puede ver que Estados Unidos no tiene ninguna influencia real.
Qué hará Estados Unidos
Sin embargo, la gran paradoja es que List y Witte tenían razón y Adam Smith se equivocaba. Ahora es Estados Unidos quien ha descubierto que el modelo anglosajón ha demostrado ser contraproducente.
Estados Unidos se ha visto obligado a sacar dos conclusiones importantes.
En primer lugar, que el déficit presupuestario, unido a la explosión de la deuda federal, ha hecho que la “maldición de los recursos” recaiga de nuevo sobre Estados Unidos. Como “guardián” de la Moneda de Reserva mundial –y como JD Vance, el vicepresidente de Trump, dijo explícitamente– ha hecho necesariamente que la exportación primordial de EEUU se convierta en el dólar estadounidense. Por extensión, significa que el dólar fuerte (impulsado por una artificial demanda mundial de la moneda de reserva) ha destrozado la economía real de Estados Unidos: su base manufacturera.
Se trata del “mal holandés”, por el que la apreciación de la moneda suprime el desarrollo de los sectores productivos de exportación y convierte la política en un conflicto de suma cero por las rentas de los recursos.
En la audiencia del año pasado en el Senado con Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, Vance le preguntó si el estatus del dólar estadounidense como moneda de reserva mundial podría tener algunas desventajas. Vance estableció paralelismos con la clásica “maldición de los recursos”, sugiriendo que el papel global del dólar contribuía a la financiarización a expensas de la inversión en la economía real: el modelo anglosajón lleva a las economías a sobreespecializarse en su factor dominante, ya sean recursos naturales, mano de obra poco remunerada o activos financiarizados.
El segundo punto –relacionado con la seguridad– un tema sobre el que el Pentágono lleva insistiendo unos diez años, es que la Moneda de Reserva (y, en consecuencia, un dólar fuerte) ha empujado muchas líneas de suministro militar de Estados Unidos hacia China. No tiene sentido, argumenta el Pentágono, que Estados Unidos dependa de las líneas de suministro chinas para suministrar los insumos de las armas de fabricación militar estadounidense, con las que luego lucharía contra China.
Palo y zanahoria yanquis
La Administración estadounidense tiene dos respuestas a este enigma: en primer lugar, un acuerdo multilateral (en la línea del Acuerdo Plaza de 1985, firmado por los ministros de finanzas entre cinco países industrializados para devaluar el dólar estadounidense) para debilitar el valor del dólar (y al mismo tiempo, por tanto, para aumentar el valor de las monedas de los Estados socios). Esta es la opción del «Acuerdo de Mar-a-Lago». La solución de Estados Unidos consiste en obligar al resto del mundo a apreciar sus monedas para mejorar la competitividad de las exportaciones estadounidenses.
El mecanismo para lograr estos objetivos es amenazar a los socios comerciales y de inversión con aranceles y la retirada del paraguas de seguridad estadounidense. Como vuelta de tuerca adicional, el plan contempla la posibilidad de revalorizar las reservas de oro estadounidenses, una medida que recortaría inversamente la valoración del dólar, la deuda estadounidense y las tenencias extranjeras de bonos del Tesoro de EEUU.
La segunda opción es el enfoque unilateral: se impondría una “tasa de usuario” a las tenencias oficiales extranjeras de bonos del Tesoro de EEUU para expulsar a los gestores de reservas del dólar y debilitarlo.
Es obvio, ¿no? Se avecina un “reequilibrio” económico en Estados Unidos. Putin tiene razón. El orden económico posterior a la Segunda Guerra Mundial “ha desaparecido”.
¿Forzarán las bravatas y las amenazas de sanciones a los grandes Estados a fortalecer sus monedas y aceptar la reestructuración de la deuda estadounidense (es decir, los recortes impuestos a sus tenencias de bonos)? Parece improbable.
El reajuste de las divisas del Acuerdo del Plaza dependía de la cooperación de los grandes Estados, sin la cual las medidas unilaterales pueden volverse feas.
¿Quién es la parte más débil? ¿Quién tiene ahora la ventaja en el equilibrio de poder? Putin respondió a esta pregunta el 18 de marzo de 2025.
(*) Alastair Crooke es un antiguo diplomático británico, fundador y director del “Foro sobre Conflictos”, con sede en Beirut.