Moscú. Strategic Culture Foundation

La propaganda antirrusa insiste en que Putin es igual que Hitler y que todo el mundo tiene que detenerle; de lo contrario, conquistará el mundo entero.
Esta propaganda dista mucho de ser original, y por dos razones: en primer lugar, porque los líderes de la OTAN siempre comparan al villano de turno con Hitler; en segundo lugar, porque la paranoia antirrusa ha sido más insensata en el pasado.
En Imperiofobia y leyenda negra, la historiadora española María Elvira Roca Barea cuenta que, a mediados del siglo 19, los periódicos australianos discutían seriamente si los rusos invadirían primero Melbourne o Sydney. Por muy loca que esté Kaja Kallas, no creo que pueda imaginarse a Putin gobernando sobre canguros.
Sin embargo, si comparamos la forma en que Putin es tratado por las potencias occidentales con el tratamiento que se dio a Hitler, vemos una gran diferencia. A excepción de Churchill, los líderes occidentales nunca dijeron que Hitler libraría guerras expansionistas hasta que se le detuviera por medios militares, a pesar de que había escrito en un libro su intención de conquistar Lebensraum en el Este (Lebensraum significa en alemán, “espacio vital”; es un concepto geopolítico y expansionista promovido por el régimen nazi en Alemania durante las décadas de 1930 y 1940, cuya idea central era que Alemania necesitaba expandir su territorio para garantizar el sustento y el crecimiento de su población, basándose en teorías raciales y de supremacía aria).
Lo más probable es que los líderes occidentales creyeran que Hitler era un problema ruso, y que los rusos no importaban. Un liberal podría replicar que la negligencia de Chamberlain sirvió de lección para las generaciones futuras, que por tanto se preocuparían de nuevos Hitler.
Sin embargo, existe un precedente mucho más similar: la narrativa de Oliver Cromwell contra España, el máximo representante del papismo que nunca dejaría de expandirse y con el que no podía haber negociación. (Oliver Cromwell vivió entre 1599 y 1658; fue un caudillo militar y político inglés que jugó un papel crucial en la Guerra Civil Inglesa entre 1642 y 1651 y en la transformación de Inglaterra de una monarquía absoluta a una república, conocida como la “Commonwealth” de Inglaterra; los ultra conservadores ingleses lo consideran un héroe, pero en Irlanda, Gales o Escocia, entre otras muchas zonas, lo desprecian por sus crímenes, su carácter dictatorial y su ambición desmedida).
Leamos un fragmento de un discurso que pronunció ante el Parlamento en 1656, poco después de intentar apoderarse de la isla La Española y tomar Jamaica en su lugar:
«Su gran enemigo es el español. Es un enemigo natural. Lo es por naturaleza; lo es por naturaleza en todas partes, a causa de la enemistad que hay en él contra todo lo que es de Dios. […] No se pudo obtener de él una paz honesta u honorable: la buscó el Gran Parlamento; no se logró. No se pudo lograr con honor y honestidad. Digo que no se pudo lograr con honor y honestidad. […] Los franceses, todos los protestantes en Alemania, todos han acordado, Que su designio era el imperio de todo el mundo cristiano, si no más».
Este es el guion utilizado hoy en la guerra de Ucrania: “Putin es la encarnación del mal” (simplemente no hablan de Dios porque son ateos); “es imposible negociar con Putin”; “Putin, si se deja, conquistará incluso Francia”.
También hay quien señala que Rusia genera histeria en Occidente debido a su conservadurismo. En esto veo otra analogía con la postura de Cromwell: su temor era que la potencia con la religión más antigua del continente recuperara la autoridad sobre sus súbditos, que a menudo eran sus seguidores.
En Inglaterra, el protestantismo se impuso de arriba abajo a la población. Primero, los monarcas anglicanos reprimieron a los católicos, y luego Cromwell continuó la represión de los católicos –incluidos los irlandeses, a los que conquistó bárbaramente– y la extendió a los anglicanos, debido a su apoyo al rey.
Combinados, católicos y anglicanos constituían en Gran Bretaña la mayoría de la población; no obstante, Cromwell validaba su gobierno protegiendo a las minorías. En palabras de Francois Guizot, en su obra “República de Inglaterra” escrito en francés, Cromwell «protegió eficazmente entre sí a presbiterianos, independientes, anabaptistas, milenaristas y sectarios de todo tipo, recordándoles que todos habían sido perseguidos hacía poco tiempo y que se debían caridad y apoyo». Además, invitó a los judíos a regresar a Inglaterra, garantizándoles una libertad de culto igual a la de las demás sectas.
(Nota: Francois Guizot que vivió entre 1830 y 1848, fue un historiador, político burgués profundamente reaccionario, figura clave durante la “Monarquía de Julio”, hasta su derrota en 1848 y su expulsión para vivir en Inglaterra el resto de su vida; Guizot fue un defensor del liberalismo conservador. Su influencia abarcó desde la academia hasta el poder ejecutivo, dejando un legado polémico en la historia de Francia. Su exhortación “Enrichissez-vous!” –”¡Enriquézcanse!”– simbolizó su política de favorecer a la burguesía y desatender las demandas obreras, lo que alimentó el descontento social).
Así, Cromwell tiene en común con las élites liberales actuales el hecho de gobernar para las minorías mientras reprime a las mayorías. Las élites liberales de hoy no sólo utilizan el Orgullo Gay como indicador de civismo (según ellas, Israel tiene uno muy elevado, Gaza no tiene ninguno) y, en algunos países, pueden enviar a la cárcel a cualquiera que no crea que las mujeres no tienen pene. Lo hacen mientras se consideran a sí mismos “amables” y “democráticos”, porque el conservadurismo es obra del diablo o, en tiempos ateos, de Hitler.
La Rusia de Putin es inquietante no sólo por razones externas, económicas y geopolíticas, sino también por razones internas. Rusia muestra a los súbditos occidentales que existe un lugar en el planeta donde la gente con sentido común puede ser libre y normal. Es, por tanto, una llamada constante a la rebelión interna, que hay que exorcizar a toda costa.
(*) Bruna Frascolla, nacida en Cachoeira, Bahía, Brasil, es historiadora de la filosofía, doctora por la Universidad Federal de Buenos Aires (UFBA) y ensayista. Autora de «Wokismo y anarcocapitalismo: dos caras de la misma moneda sin forma» (Capax Dei, 2025). Escribe semanalmente para la Fundación Cultura Estratégica.
Partiendo del anterior y superlativo artículo de Bruna Frascolla sobre el fantasma de Cromwell, examinamos tres artículos que recientemente se publicaron juntos en el diario Catholic Herald (fundado en Londres en 1888), para ver cómo el espíritu de ese canalla sigue subvirtiéndonos a todos.
La tesis básica de Frascolla es que Cromwell reunió una coalición de sociópatas dispares para demonizar a España y su religión católica, que mantenía unida a la península ibérica. Aunque Cromwell era un criminal redomado, no inventó la Leyenda Negra hispanófoba ni fue el primero ni el último en proponerla.
El hecho es que España fue objeto durante siglos de una implacable propaganda negra y, como señala Frascolla, Rusia es hoy objeto de una ira igualmente desquiciada por parte del mismo elenco de personajes, en líneas generales similares.
Al igual que la España imperial fue el principal baluarte de la civilización contra los bárbaros de la calaña de Cromwell, también argumentaremos que Rusia desempeña un papel similar al de España contra las mismas fuerzas oscuras que avanzan cada vez más hacia el este de Europa en la actualidad.
En el Catholic Herald, vemos al Vaticano pidiendo ayuda financiera a JD Vance, el vicepresidente de Donald Trump, así como algún movimiento fingido para besar y hacer las paces con la Iglesia Ortodoxa, y una nueva masacre de católicos en Nigeria por los sospechosos habituales de ISIS de la CIA.
Aunque no tengo ningún problema con que el Vaticano pida ayuda a los yanquis, el problema es que tal ayuda viene con considerables condiciones, una de las cuales es hacer la vista gorda a las masacres de católicos en Nigeria, el Congo y Siria.
La Gran Rusia, para nuestros propósitos, ha sido ortodoxa se podría decir desde el Gran Cisma de 1054 (la ruptura definitiva entre la Iglesia cristiana de Occidente católica, con sede en Roma y la de Oriente, ortodoxa, con sede en Constantinopla. En lo que a mí respecta, debería seguir siéndolo y los Cromwellians y bolsas de ratas variadas que la infestaron desde el colapso de la Unión Soviética deberían, como mínimo, ser arrestados y deportados de pies a cabeza.
En mi opinión, si los rusos, estonios, ucranianos, moldavos o serbios quieren ser cristianos, deben adherirse primero a la iglesia de sus antepasados, lo que en todos esos casos significa iglesias con fuertes lazos con el Patriarcado de Moscú, que actualmente está en cisma con la “ortodoxia” de Iglesia Ortodoxa y cuyas tribulaciones nunca parecen figurar en las publicaciones periódicas de la Iglesia Latina (Católica Romana), que tiene un par de cosas que responder a la Iglesia Ortodoxa en relación con la desintegración de la antigua Yugoslavia.
La situación actual es que las iglesias a las que pertenecen la mayoría de los moldavos, estonios y ucranianos están siendo duramente perseguidas porque se sitúan donde siempre se situaron sus antepasados y no hay ni un murmullo de protesta por parte del Vaticano ni de sus medios de comunicación.
A sus obispos ortodoxos se les prohíbe viajar en peregrinación a Sion y, de nuevo, silencio vaticano. Alemania, que infamemente nos endilgó el Tercer Reich, prohíbe a los líderes políticos de Serbia, Eslovaquia y Hungría viajar a Moscú para conmemorar la derrota de Alemania en 1945 a manos de Rusia, y de nuevo nos dicen que nos callemos.
Mientras tanto, los guardianes cromwellianos del MI6 (despiadado servicio secreto británico) están haciendo una rabieta colectiva porque los hombres excitados ya no pueden fingir ser mujeres y VRT, la cadena pública belga, celebra la Semana Santa blasfemando contra María de la manera más profana y pueril porque ayuda a socavar la sociedad europea y, al igual que los guardianes cromwellianos, carecen de imaginación para hacer algo mejor o más edificante. Mientras Bélgica y otros Estados degenerados similares de la UE no puedan hacerlo mejor que las traviesas colegialas del Guardian, nadie debería hacerles el menor caso.
Pero eso deja a los verdaderos católicos, como los que sufren en Nigeria, la República Democrática del Congo y Siria, en un dilema. Si lo mejor que puede hacer la Unión Europea es burlarse de la Virgen María y lo mejor que puede hacer el Vaticano es fomentar cismas políticamente convenientes dentro de la Iglesia ortodoxa, ¿a quién pueden recurrir los perseguidos?
En un desordenado artículo, la ex diputada siria y líder melquita (cristianos de rito bizantino que aceptaron las decisiones del Concilio de Calcedonia del año 451 y posteriormente mantuvieron comunión con la Iglesia Católica, aunque algunos permanecieron en la ortodoxia), Maria Saadeh ve la salvación en Vladimir Putin y en los ejércitos de la Federación Rusa.
Todo muy bien, pero como el ejército ruso actual no es el ejército de la España imperial, no pueden estar en todas partes. La función principal de las Fuerzas Armadas rusas actuales, junto con los poderes políticos, religiosos y civiles de Rusia, es sostener la posición, mantener unida a Rusia y defender no sólo a Rusia, sino también el tejido cultural de aquellos países como Serbia, Eslovaquia, Moldavia, Estonia y Ucrania con los que mantiene fuertes lazos históricos y culturales.
Los encargados de gobernar Rusia tienen que tomar duras decisiones militares, políticas y culturales, y nadie debería envidiarles esos particulares cálices envenenados.
Pero todas estas cuestiones no son sólo problemas de Rusia. El Vaticano debería dejar de hablar en lenguas y denunciar las masacres del Congo, Nigeria, Sudán y Siria por lo que son, aunque eso signifique que los cromwellianos de Estados Unidos, Bélgica y Alemania las desfinancien.
El Vaticano debería dejar de colaborar en el desmembramiento de la Iglesia Ortodoxa y, en su lugar, apoyar a los fieles ortodoxos de Estonia, Ucrania, Moldavia y de cualquier otro lugar donde los psicópatas cromwellianos tan tolerantes de la Unión Europea estén a la ofensiva.
Si la pompa y las circunstancias importan, entonces el presidente serbio Aleksandar Vučić, el eslovaco Robert Fico, el rumano Călin Georgescu y el húngaro Viktor Orbán deberían recibir en el Vaticano el mismo tipo de bienvenida que el vicepresidente Vance. Si el Vaticano ha de ser una casa de mala reputación, entonces debería estar abierto a todos, y no sólo a Estados Unidos, Ursula von der Leyen y sus igualmente repugnantes lacayos.
No se trata de hacer un llamamiento al automartirio o incluso a la autoflagelación, sino de ser capaces de distinguir a los cabezas redondas de Cromwell de aquellos de nosotros que no somos sociópatas y que creemos que los pueblos de Rusia, Ucrania, Moldavia, Nigeria, Siria, Sudán, Estonia y el Congo deberían, como la gente de todo el mundo, vivir dentro de los parámetros de sus propios mitos, creencias y tradiciones.
Aunque no se puede esperar nada más que un gruñido ignorante de cerdo de gente como von der Leyen o Kaja Kallas (la encargada de relaciones exteriores de la Comisión Europea), los Papas deberían estar hechos de una pasta más dura y no sólo deberían hablar con los que están bajo el mando de la OTAN en Nigeria, el Congo, Sudán, Siria y Europa del Este, sino también caminar con ellos hacia el martirio.
(**) Declan Hayes escritor, analista político y profesor irlandés experto en geopolítica, especialmente en relación con Rusia, Asia (particularmente Japón y China) y el mundo islámico.