Beirut. Por Alastair Crooke (*), Strategic Culture Foundation.

Trump se encuentra claramente en medio de un conflicto existencial. Tiene un mandato aplastante. Pero está rodeado por un frente enemigo interno decidido en la forma de una “preocupación industrial” infundida con la ideología del Estado Profundo, centrada principalmente en preservar el poder global de Estados Unidos (en lugar de en la reparación de la economía).
Sin embargo, la cuestión clave de MAGA no es la política exterior, sino cómo reequilibrar estructuralmente un paradigma económico en peligro de extinción. Trump siempre ha tenido claro que este es su objetivo primordial. Su coalición de partidarios se fija en la necesidad de reactivar la base industrial de Estados Unidos, con el fin de proporcionar puestos de trabajo razonablemente bien remunerados al cuerpo MAGA.
Trump puede tener por ahora un mandato, pero el peligro extremo acecha – no sólo el Estado Profundo y el lobby israelí. La bomba de la deuda de Yellen (por Janet Yellen, afiliada al Partido Demócrata, Secretaria del Tesoro de EEUU) es la amenaza más existencial. Amenaza el apoyo de Trump en el Congreso, porque la bomba está lista para explotar poco antes de las elecciones legislativas de 2026.
Los nuevos ingresos arancelarios, los ahorros del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE, bajo el mando de Elon Musk) e incluso la próxima crisis del Golfo Pérsico (conflicto con Irán) se centran en conseguir algún tipo de orden fiscal, para que los más de 9 billones de dólares de deuda a corto plazo –con vencimiento inminente– puedan ser refinanciados a más largo plazo sin recurrir a tipos de interés exorbitantes. Es la pequeña zancadilla de la demócrata Yellen a la agenda de Trump.
Hasta aquí, el contexto general parece bastante claro. Sin embargo, en las minucias de cómo reequilibrar exactamente la economía; cómo gestionar la “bomba de la deuda”; y hasta dónde debe llegar el DOGE con sus recortes, las divisiones en el equipo de Trump están presentes. De hecho, la guerra de los aranceles y la disputa con China ponen en liza una nueva falange de oposición: es decir, aquellos (algunos en Wall Street, oligarcas, etc.) que han prosperado enormemente en la era dorada de la creación de dinero libre y aparentemente ilimitado; aquellos que se enriquecieron, precisamente, con las políticas que han hecho que Estados Unidos esté supeditado al inminente “toque de la deuda” estadounidense.
El circo de los aranceles y las amenazas
Sin embargo, para hacer las cosas más complejas, dos de los componentes clave del “reequilibrio” de Trump y la “solución” de la deuda no se pueden susurrar, y mucho menos decir en voz alta: Una razón es que implica devaluar deliberadamente “el dólar en el bolsillo”. Y en segundo lugar, muchos más estadounidenses van a perder su empleo.
No es precisamente una “venta” popular. Probablemente por eso el “reequilibrio” no se ha explicado bien al público.
Trump lanzó el “choque arancelario de Liberación”, aparentemente con la intención de poner en marcha una reestructuración de las relaciones comerciales internacionales, como primer paso hacia un reajuste general de los valores de las principales divisas.
Sin embargo, China no se tragó el “rollo” de los aranceles y las restricciones comerciales, y las cosas se complicaron rápidamente. Por un momento pareció que la “coalición” de Trump podría fracturarse bajo la presión de la crisis simultánea en el mercado de bonos de EEUU y la crisis arancelaria que sacudió la confianza.
La coalición trumpista de hecho, se mantuvo; los mercados se calmaron, pero entonces la Coalición se fracturó por una cuestión de política exterior: la esperanza de Trump de normalizar las relaciones con Rusia, hacia un “Gran Reinicio Global”.
Una corriente importante dentro de la coalición de Trump (aparte de los populistas MAGA) son los neoconservadores y los sionistas. Supuestamente, Trump llegó a una especie de acuerdo fáustico desde el principio, en virtud del cual su equipo estaba formado en gran medida por fervientes partidarios de Israel. (Un acuerdo fáustico es cuando una parte obtiene beneficios inmediatos o poderes extraordinarios a cambio de ceder algo de valor moral, espiritual o a largo plazo, como su integridad, alma o principios).
En pocas palabras, la amplia coalición que Trump creía necesitar para ganar las elecciones y lograr un reequilibrio económico también incluía dos pilares de política exterior: en primer lugar, el reseteo con Moscú, el pilar por el que poner fin a las “guerras eternas”, que su base populista despreciaba. Y el segundo pilar es la neutralización de Irán como potencia militar y fuente de resistencia, en la que insisten tanto los israelíes como Israel (y con la que Trump parece sentirse totalmente cómodo). De ahí el pacto fáustico.
Las aspiraciones “pacificadoras” de Trump contribuyeron sin duda a su atractivo electoral, pero no fueron el verdadero motor de su aplastante victoria. Lo que se ha hecho evidente es que estas diversas agendas –exterior e interior– están interrelacionadas: un revés en una u otra actúa como una ficha de dominó que impulsa o retrasa las otras agendas.
En pocas palabras: Trump depende de las “victorias”, de las “victorias” tempranas, incluso si esto significa precipitarse hacia una posible “victoria fácil” sin pensar detenidamente si posee una estrategia sólida (y la capacidad) para lograrla.
Resulta que los tres objetivos de la agenda de Trump son más complicados y divisivos de lo que quizás él esperaba. Él y su equipo parecen cautivados por suposiciones arraigadas en Occidente como, en primer lugar, que la guerra generalmente ocurre “allá”; que la guerra en la era posterior a la Guerra Fría no es en realidad “guerra” en ningún sentido tradicional de guerra total, sino más bien una aplicación limitada de la abrumadora fuerza occidental contra un enemigo incapaz de amenazarlo de manera similar; y en tercer lugar, que el alcance y la duración de una guerra se deciden en Washington y su “gemelo” del Estado Profundo en Londres.
Así que los que hablan de poner fin a la guerra de Ucrania mediante un alto el fuego unilateral impuesto (es decir, la facción del asesor de seguridad nacional Mike Waltz; del secretario de Estado Marco Rubio, y del secretario de Defensa, Pete Hegseth, liderada por general Keith Kellogg, enviado especial a Rusia y Ucrania) parecen asumir alegremente que los términos y el calendario para poner fin a la guerra también pueden decidirse en Washington, e imponerse a Moscú mediante la aplicación limitada de presiones y amenazas asimétricas.
Del mismo modo que China no se traga el “circo” de los aranceles y las restricciones comerciales, Putin tampoco se traga el “circo” del ultimátum (“Moscú tiene semanas, no meses, para acordar un alto el fuego”). Putin ha tratado pacientemente de explicar a Steve Witkoff, el enviado de Trump, que la presunción estadounidense de que el alcance y la duración de cualquier guerra depende en gran medida de Occidente simplemente no se ajusta a la realidad actual.
Y, en modo cómplice, los que hablan de bombardear Irán (entre los que se incluye Trump) parecen asumir también que pueden dictar el curso y el contenido esencial de la guerra; Estados Unidos (e Israel quizás), pueden simplemente determinar bombardear Irán con grandes bombas búnker. Y ya está. Fin de la historia. Se supone que se trata de una guerra fácil y que se justifica por sí misma, y que Irán debe aprender a aceptar que se la ha buscado al apoyar a los palestinos y a otros que se niegan a la normalización israelí.
El bloguero Aurelien observa: «Así que nos enfrentamos a horizontes limitados; imaginación limitada y experiencia limitada. Pero hay otro factor determinante: Se reconoce que el sistema estadounidense es extenso, conflictivo y, en consecuencia, en gran medida impermeable a la influencia exterior e incluso a la realidad. La energía burocrática se dedica casi por completo a las luchas internas, llevadas a cabo por coaliciones cambiantes en la administración; en el Congreso; en la tierra ficticia de los expertos (Punditland) y en los medios de comunicación. Pero estas luchas son, en general, sobre el poder [doméstico] y la influencia, y no sobre los méritos inherentes de una cuestión, y [por lo tanto] no requieren experiencia o conocimiento real. El sistema es lo suficientemente amplio y complejo como para hacer carrera como “experto en Irán”, dentro y fuera del gobierno, sin haber visitado nunca el país ni hablar el idioma, simplemente reciclando la sabiduría tradicional de forma que atraiga patrocinio. Estarás librando batallas con otros supuestos “expertos”, dentro de un perímetro intelectual muy limitado, donde sólo ciertas conclusiones son aceptables».
Vamos camino a la guerra
Lo que resulta evidente es que este enfoque cultural (el complejo industrial de los think tanks) induce a la pereza y al predominio de la arrogancia en el pensamiento occidental. Según se dice, Trump supuso que Xi Jinping se apresuraría a reunirse con él, tras la imposición de aranceles –para abogar por un acuerdo comercial– porque China está sufriendo algunos vientos económicos en contra.
El contingente de Kellogg también da por sentado que la presión es la condición necesaria y suficiente para obligar a Putin a aceptar un alto el fuego unilateral, un alto el fuego que Putin ha declarado en repetidas ocasiones que no aceptaría hasta que se acordara primero un marco político. Cuando en la discusión del equipo de Trump, Witkoff transmite el punto de vista de Putin, se sitúa como un opositor fuera del “discurso autorizado” que insiste en que Rusia sólo se toma en serio la distensión con un adversario después de que se haya visto obligada a hacerlo por una derrota o un grave revés.
También Irán ha dicho en repetidas ocasiones que no se le despojará de sus defensas convencionales, de sus aliados y de su programa nuclear. Es probable que Irán tenga la capacidad de infligir enormes daños tanto a las fuerzas estadounidenses en la región como a Israel.
El equipo de Trump también está dividido en cuanto a la estrategia, en pocas palabras: negociar o bombardear.
Parece que el péndulo ha oscilado bajo la intensa presión de Netanyahu y del liderazgo institucional sionista dentro de Estados Unidos.
Unas pocas palabras pueden cambiarlo todo. En un giro de 180 grados, Witkoff pasó de decir un día antes que Washington estaría satisfecho con un límite al enriquecimiento nuclear iraní y no exigiría el desmantelamiento de sus instalaciones nucleares, a publicar en su cuenta oficial X que cualquier acuerdo exigiría que Irán “detenga y elimine su programa de enriquecimiento nuclear y de fabricación de armas… Un acuerdo con Irán sólo se completará si es un acuerdo de Trump”. Sin una clara marcha atrás de Trump, vamos camino de la guerra.
Es evidente que el equipo Trump no ha pensado en los riesgos inherentes a sus agendas. Su “reunión de alto el fuego” inicial con Rusia en Riad, por ejemplo, fue un teatro de lo superficial. La reunión se celebró bajo el supuesto facilista de que, puesto que Washington había determinado un alto el fuego anticipado, entonces “así debe ser”.
“Como es bien sabido” –apunta Aurelien con cansancio– la política de Bosnia de la administración Clinton fue el resultado de feroces luchas de poder entre egresados rivales de ONG estadounidenses y organizaciones de derechos humanos, ninguno de los cuales sabía nada sobre la región, ni había estado allí jamás”.
No se trata sólo de que el equipo sea insensible a las posibles consecuencias de la guerra en Oriente Próximo. Están cautivos de suposiciones manipuladas de que será una guerra fácil.
(*) Alastair Crooke es un antiguo diplomático británico, fundador y director del “Foro sobre Conflictos”, con sede en Beirut.