Hong Kong. Por Laura Ruggeri (*), Strategic Culture Foundation

Hace cuatro años, cuando la administración Biden asumió el poder, esbocé la posible trayectoria de su futura política hacia China en un extenso artículo titulado “Guerra híbrida contra China” que se publicó posteriormente en un medio de comunicación chino. Argumentaba que Estados Unidos, ante la emergencia de un orden mundial multipolar, estaba cada vez más desesperado por detener el declive de su hegemonía y aplicaría una política agresiva basada en la rígida afirmación de su ideología liberal.
Yo esperaba que siguiera presentándolo como una batalla existencial entre la democracia y el autoritarismo, aunque esa narrativa y la ideología que la sustentaba, eran cada vez más ineficaces: muchas sociedades habían desarrollado anticuerpos contra la promoción mesiánica del liberalismo occidental. Mi análisis resistió la prueba del tiempo hasta que la administración Biden fue relegada al basurero de la historia. Ahora, para especular sobre la evolución de las relaciones entre China y Estados Unidos debemos revisar ese análisis para tener en cuenta el empuje ideológico, las ambiciones y las reformas radicales de la nueva administración.
Las visiones sobre China
El equipo de Trump abarca una variedad de perspectivas sobre cómo hacer valer la influencia de Estados Unidos en la competencia con China. Los sesgos ideológicos y los intereses creados de los asesores y partidarios de Trump pueden explicar la disonancia en los mensajes transmitidos por el presidente y el resto de su administración. Marco Rubio, como Secretario de Estado de Trump, ve a China como una amenaza totalitaria a la influencia estadounidense; Michael Waltz, el Asesor de Seguridad Nacional, también ve el desafío de China en términos ideológicos y existenciales, destacando las implicaciones a largo plazo del ascenso de China.
Por el contrario, Elon Musk admira los avances tecnológicos e industriales de China y se opone a la desvinculación económica de este país. Aboga por un enfoque de cooperación en lugar de confrontación, posicionándose como mediador entre Estados Unidos y China.
Mientras que algunos analistas creen que esta disonancia es puramente el resultado de una multiplicidad de perspectivas, otros lo ven como un acto deliberado de duplicidad diseñado para mantener a Pekín fuera de balance para que la actual administración pueda avanzar iniciativas con un menor riesgo de represalias.
Seis meses antes de que Trump fuera elegido presidente, la Fundación Heritage, el grupo de expertos (think tank) conservadores que dirigió el Proyecto 2025 –una especie de hoja de ruta para Trump 2.0– había recomendado de hecho una política de ambigüedad deliberada hacia China para determinar el tempo, el tenor y los contornos de la competencia sino-estadounidense en los próximos años. Un grupo bipartidista, Brookings, se hizo eco de esa recomendación cuando Trump estaba formando su gabinete.
Independientemente de si la ambigüedad es estratégica o no, la propia imprevisibilidad del enfoque de Trump –un aluvión de declaraciones públicas explosivas y a menudo contradictorias, un rápido cambio de las amenazas y provocaciones a una cálida diplomacia personal– hace que sea excesivamente difícil pronosticar lo que podría hacer en última instancia.
Durante su primera presidencia, las relaciones entre Estados Unidos y China siguieron en gran medida las tendencias a largo plazo, Washington continuó patrocinando y dirigiendo a las fuerzas antigubernamentales de Hong Kong mientras incendiaban la ciudad en un intento de revolución de colores diseñado para socavar su estatus como centro comercial y financiero mundial, aumentó la histeria antichina en los medios de comunicación e impuso sanciones cuando las autoridades locales restablecieron el orden.
El chivo expiatorio de Trump contra China en relación con el déficit comercial de Estados Unidos inspiró aranceles improvisados contra China en mayo de 2019 que desencadenaron una posterior caída de los precios de las acciones en toda Asia, creando efectos dominó en todo el mundo.
La «Teoría del Loco»
Biden nunca revirtió los aranceles de Trump; si acaso la administración de Biden aumentó las apuestas contra China al imponer controles a la exportación de productos estadounidenses de alta tecnología, incluidos semiconductores avanzados utilizados para alimentar plataformas de inteligencia artificial (IA), y acumuló más presión al involucrar a aliados europeos y asiáticos.
Algunos investigadores han sugerido que el comportamiento aparentemente irracional y volátil de Trump lo convierte en un transmisor ideal de una política estadounidense basada en la ambigüedad estratégica que ganó mucha adeptos durante la administración de Nixon y fue descrita como la “Teoría del Loco”. Se remonta al menos a 1517, cuando Nicolás Maquiavelo escribió en El Príncipe que a veces es “una cosa muy sabia simular la locura”.
Los atisbos de una idea que apareció en la obra de Maquiavelo acabaron inspirando a una camarilla de estudiosos de la Universidad de Harvard entre los que se encontraba Henry Kissinger a reflexionar sobre las limitaciones de la racionalidad en la gran estrategia a finales de los años 50 y principios de los 60: un presidente estadounidense racional trataría de evitar a toda costa una confrontación nuclear, pero uno “convincentemente loco” podría amenazar de forma creíble con grandes riesgos y hacer así que el adversario pestañeara primero.
Lo cierto es que la política estadounidense de ambigüedad estratégica respecto a China es anterior a la presidencia de Trump. En los últimos diez años, la actitud de Washington hacia China cambió drásticamente. De considerarla un socio en la gobernanza global a describirla como un competidor estratégico, pasando por etiquetarla como un rival sistémico que plantea desafíos directos a los intereses estadounidenses.
Veamos el lenguaje utilizado por el Departamento de Estado estadounidense en una declaración sobre las relaciones entre Estados Unidos y China fechada el 13 de febrero de 2025: Estados Unidos trabaja para disuadir la agresión de China, combatir las políticas comerciales injustas de China, contrarrestar la actividad cibernética maliciosa de China, poner fin al tráfico mundial de precursores de fentanilo de China, mitigar la manipulación de las organizaciones internacionales por parte de China y promover la rendición de cuentas por las violaciones de los derechos humanos por parte de China dentro de China y en todo el mundo. […] En sus relaciones económicas bilaterales con China, Estados Unidos antepondrá los intereses estadounidenses y del pueblo estadounidense y trabajará para poner fin a las prácticas económicas abusivas, injustas e ilegales de China.
Ciertamente suena belicoso, pero debemos situar esta retórica en su contexto. Una postura hostil para intimidar y dominar al adversario forma parte integrante de las tácticas de negociación agresivas que Trump y su equipo favorecen. Esta declaración de intenciones, que bebe del repertorio mendaz de la propaganda antichina, parece diseñada para subir la apuesta en la guerra comercial con China, evitando al mismo tiempo cruzar las líneas rojas de Pekín.
Taiwán al centro de las provocaciones
Otra provocación reciente diseñada para ganar influencia en las negociaciones tiene que ver con Taiwán. Mientras Taipei negociaba con Washington la compra de armamento, incluidos misiles de crucero de defensa costera y cohetes HIMARS, por valor de entre 7 mil y 10 mil millones de dólares, Estados Unidos necesitaba inflar los ánimos de Taipei. A tal efecto, el sitio web oficial del Departamento de Estado eliminó de la hoja informativa sobre sus relaciones con Taiwán la afirmación de que Estados Unidos “no apoya la independencia de Taiwán”. Por si se lo preguntan, en la misma página reiteraba la adhesión de Washington a la “política de una sola China”. Está claro que el principio de no contradicción no se aplica a las declaraciones oficiales de Estados Unidos.
La nueva administración continuó la tradicional política estadounidense de “ambigüedad constructiva” sobre la cuestión de Taiwán, que era una característica incorporada tanto en el “Tratado de San Francisco” de 1952 orquestado por John Dulles como en el “Comunicado de Shangai” de 1972 emitido durante la visita de Nixon a China.
En mayo de 2022, la administración Biden también había eliminado de su sitio web expresiones como “no apoya la independencia de Taiwán”, para restablecerlas discretamente menos de un mes después.
Dado que la cuestión de Taiwán es una “baza” que Washington juega habitualmente para ganar influencia tanto con Pekín como con Taipei, es poco probable que Estados Unidos abandone su actual política hacia Taiwán.
Trump nombró a Ivan Kanapathy director senior para la política sobre China y Asia Oriental en el Consejo de Seguridad Nacional (NSC). Ex marine, fue director para China, Taiwán y Mongolia en el NSC en la anterior administración Trump, después de servir como agregado militar en Taiwán. En varios artículos que escribió para Foreign Affairs, Foreign Policy y para los think tanks de los que es miembro (CSIS, Council on Foreign Relations y Beacon Global Strategies) argumentó que ofrecer a Taipei una garantía de seguridad incondicional podría fortalecer a las facciones independentistas radicales que son menos cautelosas con las líneas rojas de Pekín.
Kanapathy afirmó que provocar innecesariamente a China no redunda en interés de Estados Unidos y que una garantía de seguridad sería contraproducente para la disuasión militar general porque reduciría la presión sobre las autoridades taiwanesas para que siguieran aumentando el gasto en defensa, marginando mejoras efectivas de capacidades como municiones defensivas adicionales y aviones no tripulados. Kanapathy también compartió su opinión de que Trump probablemente pondrá un mayor énfasis en “reducir a los free-riders” (gorrones, arribistas). En otras palabras, los vasallos de Estados Unidos en Asia-Pacífico, al igual que sus homólogos europeos, se verán presionados para gastar más en defensa y, por lo tanto, comprar más sistemas de armas estadounidenses.
Los otros actores de Asia
También se sugirió que Washington debería acercar más a los actores clave del Sur Global, como India y Vietnam, al redil estadounidense. Por ejemplo, se propuso apoyar el papel de India en Asia Central o en los mercados de armas como estrategia para desafiar la posición de Rusia y crear fricciones con China.
A pesar de todas las provocaciones que Washington seguirá orquestando, principalmente a través de sus apoderados, Estados Unidos tiene una razón de peso para evitar un conflicto en toda regla con China. El Pentágono es consciente de que el equilibrio militar en la región Asia–Pacífico no está inclinado a su favor. Según su informe anual más reciente sobre China, este país cuenta actualmente con la mayor armada del mundo y la mayor fuerza aérea de la región, y hay que tener en cuenta que China, a diferencia de Estados Unidos, puede dedicar estos considerables activos casi por completo a Asia-Pacífico.
Aunque es probable que Washington evite cualquier escalada cinética mientras intenta reorganizar su complejo militar industrial, un comodín es la élite neoconservadora de la política exterior y su maquinaria política, que ha operado sin control durante décadas, a pesar de sus catastróficos fracasos. Aunque esta élite parece haber sido marginada, debemos tener en cuenta que tiene la capacidad de adaptarse, cambiar de marca e infiltrarse en cualquier administración estadounidense, y que tiene un gran interés en avivar los conflictos y abogar por la acción militar.
La asociación chino-rusa
La asociación estratégica reforzada y mutuamente beneficiosa entre China y Rusia, esa “pesadilla estratégica” para Estados Unidos de la que advirtió el ex Consejero de Seguridad Nacional Zbigniew Brzezinski hace casi treinta años, está dificultando notablemente la tarea de Washington de hacer frente a China.
El aumento de los contactos diplomáticos, la cooperación militar, los acuerdos energéticos, el intercambio cultural y las transferencias de tecnología ilustran la profundización de los lazos. Entre 2000 y 2021, el comercio anual de China con Rusia se multiplicó por dieciocho, y este proceso no hizo sino acelerarse tras la nueva imposición de sanciones contra Rusia en 2022. La colaboración chino-rusa se ha extendido al Ártico, con un aumento de los esfuerzos conjuntos en diversos ámbitos, como se señala en un informe del Pentágono de 2024.
Los esfuerzos de Estados Unidos por apuntalar su menguante influencia mundial tropiezan con obstáculos que van más allá de la asociación sin límites chino-rusa. La sinergia que ha generado esta asociación es mucho mayor que la suma de sus partes.
Los dos países crearon la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), la mayor organización regional del mundo en términos de alcance geográfico y población. En noviembre de 2022, la OCS hizo hincapié en mejorar la cooperación regional mediante asociaciones con otras organizaciones como la Unión Económica Euroasiática (UEEA) y la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) para crear una especie de “Gran Asociación Euroasiática”. Como nuevo marco, la OCS podría sustituir a los obsoletos modelos euroatlánticos que concedían ventajas unilaterales a determinados Estados.
China y Rusia también cofundaron los BRICS para promover un orden internacional multipolar como alternativa al desorden liderado por Estados Unidos. Esta plataforma ha resultado muy atractiva para los países del Sur Global: les da una voz colectiva para compartir sus quejas respecto a la falta de representación en la gobernanza mundial y aumenta su capacidad para resistir las presiones, sanciones y aranceles de Estados Unidos.
A medida que más países reducen su dependencia del dólar estadounidense y ensayan estrategias comunes para oponerse a la coerción de Estados Unidos, es poco probable que Washington abandone la fantasía de abrir una brecha entre China y Rusia porque considera que su asociación es “la mayor amenaza para los intereses nacionales vitales de Estados Unidos en sesenta años”, y el desafío clave para un orden internacional dominado por Estados Unidos.
Por esta razón, es probable que la ambigüedad y el engaño sustenten el compromiso diplomático de Washington con China y Rusia. Este compromiso se considera el más prometedor para evitar la confrontación militar en un momento en el que Estados Unidos aún no está preparado para ello, y para ofrecer incentivos reales e imaginarios que garanticen que la asociación chino-rusa no se profundice aún más.
Para contrarrestar lo que el Consejo de Relaciones Exteriores ha bautizado como el “Eje de la Perturbación” (China, Rusia, Irán y Corea del Norte), los analistas estadounidenses recomiendan centrarse en el crecimiento económico interno y presionar más a los aliados para que aumenten el gasto en defensa y aporten su grano de arena. Y si se resisten, se supone que la amenaza de aranceles les asustará hasta la sumisión.
Mientras tanto, Estados Unidos intentará cultivar lo que denomina los “estados globales pendulares”: Brasil, India, Indonesia, Arabia Saudí, Sudáfrica y Turquía, potencias medias con suficiente peso geopolítico colectivo como para que sus preferencias políticas influyan en la futura dirección del orden internacional.
EEUU se mira a sí mismo
Para alcanzar el objetivo de hacer que Estados Unidos esté en mejores condiciones de frenar la marea que está erosionando rápidamente su dominio, el equipo de Trump está atacando la ideología woke (corriente ideológica de las élites dominantes en las potencias imperialistas, reconocida por su intolerancia hacia las ideas diferentes, su agresividad y disfraz de progresista) y desechando políticas que han socavado la cohesión social y la productividad.
También está abordando el despilfarro y la ineficacia del Pentágono, y racionalizando el aparato gubernamental –la decisión de revisar USAID y NED podría servir para redirigir recursos a operaciones encubiertas, especialmente en lugares como África o Asia, donde el Belt and Road de China ha logrado notables avances. Además, en la era de las redes sociales, la inteligencia artificial y la guerra cognitiva hay formas más baratas y eficaces de manipular a la opinión pública.
La administración Trump también seguirá imponiendo aranceles en un intento de eludir la competencia extranjera, deslocalizar las cadenas de suministro y reindustrializar el país. Muchos analistas esperan que los aranceles disparen la inflación y desplomen el crecimiento del PIB.
A la sombra de la continua hegemonía del sector financiero, es muy discutible que sea siquiera posible impulsar la economía real.
Enfrentado al implacable progreso tecnológico de China –ha salido a la luz el liderazgo de China en la mayoría de los ámbitos de la IA– Estados Unidos se ha visto obligado a mirarse con lupa a sí mismo.
Pero a pesar de todas sus promesas de campaña, Trump no podrá lograr un Estados Unidos “revigorizado” y “renovado” por una sencilla razón: más privatización, desregulación y capitalismo sin restricciones, individualismo despiadado, avaricia e interés propio sin control y una noción de gobierno carente de cualquier sentido de responsabilidad social no son una cura, son una enfermedad.
Cuando los individuos se ven obligados a competir sin tregua por la supervivencia, pierden todo sentido de la responsabilidad compartida. De hecho, conduce a la desigualdad extrema y a la concentración del poder en pocas manos. También destruye vidas. En las dos últimas décadas, las muertes de desesperación por suicidio, sobredosis de drogas y alcoholismo han aumentado drásticamente, y ahora se cobran cientos de miles de vidas estadounidenses cada año. Por supuesto, es más fácil acusar a China de suministrar fentanilo que abordar las causas profundas de su abuso.
Como señaló el economista marxista estadounidense Richard Wolff, “los imperios suelen reaccionar ante los períodos de su propio declive ampliando en exceso sus mecanismos de defensa. Las acciones militares, los problemas de infraestructura y las demandas de bienestar social pueden entonces combinarse o chocar, acumulando costes y efectos de reacción que el imperio en declive no puede gestionar. Las políticas destinadas a fortalecer el imperio –y que una vez lo hicieron– ahora lo socavan. Los cambios sociales contemporáneos dentro y fuera del imperio pueden reforzar, ralentizar o invertir el declive. Sin embargo, cuando el declive lleva a los líderes a negar su existencia, puede llegar a autoacelerarse”.
Prioridad de Trump: derrotar a China
La administración Trump es consciente de que organizar un grotesco Show de Truman, como hizo el equipo de Biden en un ridículo intento de negar la realidad, sólo puede acelerar la caída. En 2021, un senil Joe Biden aprovechó su primer discurso ante una audiencia mundial para declarar que “América ha vuelto, la alianza transatlántica ha vuelto”.
Cuatro años más tarde, en el mismo escenario, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, el vicepresidente JD Vance dijo a los miembros de esa alianza que debían “dar un paso adelante mientras Estados Unidos se centra en las zonas del mundo que corren gran peligro”. No dio más detalles sobre el peligro, no había necesidad de hacerlo.
Dos días antes, en Bruselas, el jefe del Pentágono, Pete Hegseth, ya les había informado de que “Estados Unidos está dando prioridad a la disuasión de la guerra con China en el Pacífico, reconociendo la realidad de la escasez y haciendo los equilibrios de recursos necesarios para garantizar que la disuasión no fracase”. Mientras EE.UU. prioriza su atención a estas amenazas, los aliados europeos deben liderar desde el frente”.
En 2025, el mundo no es ni bipolar, como lo fue durante la Guerra Fría, ni unipolar, como lo fue en la década de 1990; el entorno estratégico ha cambiado hasta hacerse irreconocible y Estados Unidos no puede dominar todas las casillas del tablero. Como Washington da prioridad a la proyección de poder en lo que denomina el Indo-Pacífico, el Pentágono reasignará allí las fuerzas que planea retirar de Europa y acelerará su acumulación militar en la región.
Espero que todos los instrumentos “DIMEFIL” (diplomacia, información, militares, económicos, financieros, inteligencia y legales-jurídicos) sigan desempeñando un papel en la estrategia y la política de Estados Unidos hacia China.
Sin embargo, la competencia entre los sistemas estadounidense y chino tiene una dimensión cultural y civilizacional distinta. La “revolución del sentido común” de Trump es una vuelta a los valores conservadores, pero la economía y la sociedad están tan rotas que el país tardará mucho tiempo en obtener una ventaja competitiva sobre China, si es que alguna vez la obtiene. MAGA es un torpe intento de instalar un nuevo software cultural sin actualizar el sistema y por eso fracasará.
Lo que distingue a una verdadera sociedad de una mera colección de individuos es la cooperación: personas que trabajan juntas para producir bienes públicos que benefician a todos los miembros de la sociedad. Aunque las sociedades difieren en su tolerancia de la desigualdad, siempre hay un punto más allá del cual la división desigual de las recompensas deja de parecer legítima. Cuando la gente siente que no recibe lo que le corresponde, empieza a perder la confianza y a retirar su cooperación. Lo cual es un verdadero problema, ya que la confianza generalizada es un ingrediente crítico para la acción colectiva, el crecimiento económico y la gobernanza eficaz. Según todas las encuestas, la confianza de los estadounidenses en su gobierno sigue siendo muy baja (en torno al 22%) y ha ido disminuyendo durante gran parte del siglo XXI.
Como observó John Gray (británico, filósofo político e historiador de las ideas) en su reciente libro New Leviathans: Thoughts after Liberalism (Nuevos Leviatanes: Reflexiones después del liberalismo), “en la competición con China, el capitalismo occidental está programado para perder. Sólo si los dirigentes chinos cometen un gran error puede Occidente esperar prevalecer. […] Los sistemas en los que las fuerzas del mercado están dirigidas por el Estado tienen una ventaja inherente sobre aquellos en los que el gobierno está capturado por el poder corporativo”.
(*) Laura Ruggeri, nacida en Milán, se trasladó a Hong Kong en 1997. En los últimos años se ha dedicado a investigar las revoluciones de colores y la guerra híbrida. Sus análisis y artículos de opinión se han publicado en China Daily, DotDotNews, Qiao Collective, Guancha, The Centre for Counter–hegemonic Studies (Centro de Estudios Contrahegemónicos), etc. Su obra se ha traducido al italiano, chino y ruso.