Managua. Por Edwin Castro Rodríguez, 1959.

En 1954, cuando el asesino de Sandino decide reelegirse como Dictador, algunos patriotas nicaragüenses coinciden en que había que acabar con el tirano. El 21 de septiembre de 1956, Rigoberto López Pérez ajusticia a Anastasio Somoza García. Hubo un plan de ajusticiamiento del tirano, es decir, no fue una acción espontánea, o, peor aún, revanchista o criminal, como después dijeron amigos del régimen. El comando que organiza la acción contaba con un pequeño grupo de apoyo. Rigoberto López Pérez, en su heroico empeño, fue acompañado por Edwin Castro Rodríguez, Cornelio Silva y Ausberto Narváez, quienes son capturados junto a otros centenares de patriotas antisomocistas. El resultado de la operación, por sus consecuencias, se conoce como “El principio del fin de la dictadura somocista”.
El 18 de mayo del año 1960, son asesinados en las cárceles de La Aviación –donde hoy está el complejo policial Ajax Delgado– son asesinados los mártires Edwin Castro, Ausberto Narváez y Cornelio Silva. Habían pasado 4 años en la cárcel, los habían torturado día y noche, y luego decidieron aplicarles lo que se conocía entonces como la “Ley Fuga”: los liberaron y luego, cuando caminaban a unos cuantos metros de la puerta de la cárcel, los asesinaron a balazos por la espalda.
Este es uno de los poemas de Edwin Castro Rodríguez (asesinado cuando apenas tenía 30 años), escrito en las mazmorras somocistas en 1959.
“Where is Mr. Sandino?”,
pregunta a la montaña
el soldadito rubio
de galones dorados.
¡La montaña ha cerrado las bocas de sus ecos!
¿Where is Mr. Sandino?”,
insiste el soldadito de uniforme aplanchado
–la sub-Thompson se acuna
en sus brazos rosados
y la columna avanza–.
El soldadito piensa
que ha de encontrar formadas
las líneas de combate;
desplegará los flancos
de su columna invicta,
y él marchará en el centro;
las máquinas lustrosas
y los fusiles nuevos
de sus soldados rubios
destrozarán las huestes
harapientas y sucias
de ese Mr. Sandino,
vanidoso mestizo
que no quiere rendirse
al poderío augusto
de las águilas gringas.
El soldadito piensa
y orgulloso camina:
ha de volver a Kansas
cargado de medallas
y hablarán los diarios
de su hazaña guerrera.
El soldadito sueña,
la sub-Thompson se acuna
en sus brazos rosados,
sus botas impermeables
van abriendo pequeños
surtidores de lodo,
y la columna avanza
envuelta en el aroma
de los verdes pinares.
Han abierto los pinos
sus bocas escondidas,
la metralla redobla sus cerradas descargas:
¡cada árbol dispara!,
y el soldadito rubio
de uniforme aplanchado,
sin desplegar los flancos
de su columna invicta,
ve de rojo teñidos
sus galones dorados
–contra el pecho aprieta
la callada sub-Thompson–.
La tierra ha recibido
sus espaldas rosadas,
el cielo a contrafondo
dibuja su casita
de la lejana Kansas:
se trenzan con los sueños
los recuerdos ignotos,
mientras los pinos siguen
repicando sus sones.
-Ya no hablarán los diarios
de su hazaña guerrera
ni volverá a su rancho
cargado de medallas–.
La tierra le atenaza
con su brazo moreno,
la sub-Thomson se aferra
a los brazos quebrados,
y cuando, quedamente,
atando las palabras
con un hilo de sangre,
pregunta el soldadito:
¿Where is Mr. Sandino?”,
los flancos del camino
responden a mil voces:
¡Sandino está en los pinos!
¡Sandino está en los montes!
¡Sandino está en las piedras!
¡Sandino está en los ríos!
¡Sandino está en los pueblos!
¡Sandino está en los valles!
¡Sandino está…!
¡Sandino…!
¡Sandino es Nicaragua!
(1959)
Edwin Castro Rodríguez
1930-1960