Beirut. Por Alastair Crooke (*), Strategic Culture Foundation

La semana pasada, el ministro ruso de Asuntos Exteriores, Lavrov, tachó de insatisfactorias las propuestas de paz para Ucrania presentadas por el equipo de Trump. Esencialmente, la opinión rusa es que los llamamientos a un conflicto congelado no tienen sentido: Desde el punto de vista ruso, estas ideas –conflictos congelados, alto el fuego y fuerzas de mantenimiento de la paz– no son ni por asomo el tipo de acuerdo basado en un tratado que los rusos llevan defendiendo desde 2021.
Sin un final sostenible y permanente del conflicto, los rusos preferirán confiar en un resultado en el campo de batalla, incluso con el alto riesgo de que su negativa provoque una escalada continuada –incluso nuclear– de las maniobras obstruccionistas de Estados Unidos.
La cuestión es más bien ¿es posible una paz duradera entre Estados Unidos y Rusia?
La muerte del ex presidente Jimmy Carter (fallecido el pasado 29 de diciembre) nos recuerda la turbulenta “revolución” política de los años setenta, que se encapsuló en los escritos de Zbigniew Brzezinski (1928-2017), Asesor de Seguridad Nacional de Carter, una revolución que ha obstaculizado las relaciones entre Estados Unidos y Rusia desde entonces hasta hoy.
La era Carter fue testigo de un importante punto de inflexión con la invención por parte de Brzezinski del conflicto identitario convertido en arma, y su defensa de las mismas herramientas identitarias –aplicadas más ampliamente– con el fin de poner a las sociedades occidentales bajo el control de una élite tecnocrática “(practicando) una vigilancia continua sobre cada ciudadano… (junto con la manipulación por parte de la élite) del comportamiento y el funcionamiento intelectual de todas las personas…”.
Los libros esenciales de Brzezinski, en resumen, abogaban por una esfera identitaria cosmopolita gestionada, que intercambiaría la cultura comunal, es decir, los valores nacionales. Es en la reacción hostil a esta visión tecnocrática de “control” donde podemos encontrar la raíz de los problemas actuales que estallan por todas partes, en todos los frentes globales.
En pocas palabras, los acontecimientos actuales son en muchos sentidos una repetición de los turbulentos años setenta. La marcha actual hacia las normas antidemocráticas comenzó con el libro fundamental de la Comisión Trilateral «La crisis de la democracia» (1975) –el precursor del Foro Económico Mundial (“Davos”) y del Club Bilderberg– con, (en palabras de Brzezinski), los bancos internacionales y las corporaciones multinacionales coronados como la principal fuerza creativa en lugar del “Estado-nación como unidad fundamental de la vida organizada del hombre”.
El uso imperialista de Ucrania
La percepción de Brzezinski sobre Rusia no era nueva. Más bien se remonta al Instituto Hudson en la década de 1970 y al senador Henry “Scoop” Jackson, dos veces candidato a la nominación demócrata para las elecciones presidenciales de 1972 y 1976. Jackson (de ascendencia noruega) simplemente odiaba el comunismo; odiaba a los rusos, y había tenido mucho apoyo dentro del Partido Demócrata.
Brzezinski, polaco de origen, compartía la rusofobia de Scoop Jackson. Convenció al presidente Carter (en 1979) para que introdujera una cultura identitaria radicalizada y yihadista en Afganistán para destruir la cultura socialista secular de Kabul, que Moscú apoyaba. Posteriormente, el resultado de la guerra afgana se presentó como una gran victoria estadounidense (que no lo fue).
Sin embargo –y este es el punto– la afirmación de victoria apuntaló la noción de que los insurgentes islámicos eran los “disolventes” ideales en los proyectos de cambio de régimen (y todavía lo es, como vemos hoy en Siria).
Pero Brzezinski tenía aún más consejos que dar al presidente Carter. En su libro Grand Chessboard (“Gran Tablero de Ajedrez”) de 1997, Brzezinski argumentaba que Estados Unidos y Kiev podrían aprovechar las antiguas complejidades culturales y lingüísticas (como se hizo en Afganistán) para formar la bisagra en torno a la cual podría disolverse el poder del corazón negando a Rusia el control de Ucrania:
“En ausencia de Ucrania, Rusia nunca se convertiría en una potencia del Heartland o corazón del mundo (teoría geopolítica que propone que quien controle el centro de Asia, Rusia central y Siberia, tendrá la capacidad de dominar el mundo), pero con Ucrania, Rusia puede ser y sería (una potencia del Heartland)”, insistió. Brzezinski defendía que Rusia tenía que verse inmersa en un atolladero similar de identidad cultural ucraniana.
¿Por qué fue esta decisión política tan perjudicial para las perspectivas de paz definitiva entre Estados Unidos y Rusia? Porque Kiev, incitada por la CIA, promovió la afirmación identitaria totalmente falsa de que “Europa termina en Ucrania” y que más allá de ella se encuentran “los eslavos”.
Sólo esta manipulación permitió a Kiev convertirse en un icono de la guerra total de identidad cultural contra Rusia, a pesar de que la lengua ucraniana (correctamente conocida como ruteno) no es una lengua germánica. Tampoco hay ADN vikingo (germánico) entre los actuales ucranianos occidentales.
En su deseo de apoyar a Kiev y complacer a Biden, la Unión Europea (UE) se lanzó a este revisionismo estratégico ucraniano: “Ucrania” elaborada como “valores europeos” que se defendían de los valores “rusos” (asiáticos). Era un polo, aunque falso, en torno al cual podía forjarse la unidad europea en un momento en que la realidad era que la unidad de la UE se disipaba.
¿Y si no hay acuerdo EEUU-Rusia?
Entonces, ¿es posible una “paz sostenible” con Rusia? Si lo que se pretende es mantener una Ucrania en ruinas como un istmo belicoso de “Europa y sus valores” frente a la “esfera eslava regresiva”, la paz no es posible. La premisa que la sustenta sería totalmente falsa y conduciría con toda seguridad a un nuevo conflicto en el futuro. Es casi seguro que Moscú rechazaría un acuerdo de este tipo.
Sin embargo, la opinión pública estadounidense está cada vez más preocupada porque la guerra en Ucrania parece abocada a una escalada eterna, con el temor palpable de que Biden y los “halcones” del Congreso estén llevando a Estados Unidos hacia un “holocausto nuclear”.
Si un “acuerdo” de Trump –apenas limitado a Ucrania– es rechazado en Moscú, ¿vamos –la humanidad– a seguir tambaleándonos al borde de la aniquilación? La urgencia de detener el deslizamiento hacia la escalada es evidente; sin embargo, el espacio de maniobra política se reduce continuamente, ya que no se agota la presión de los halcones de Washington y Bruselas para lanzar un ataque mortal contra Rusia.
Pero visto desde la perspectiva del Equipo Trump, la tarea de negociar con Putin es cualquier cosa menos sencilla. El público occidental simplemente nunca ha sido condicionado psicológicamente para esperar la posibilidad de que surja una Rusia más fuerte. Por el contrario, han soportado que los “expertos” occidentales se mofaran de los militares rusos, denigraran a los dirigentes rusos como incompetentes y presentaran a sus dirigentes en sus televisiones como puramente malvados.
Teniendo en cuenta la contribución esencial de Brzezinski sobre la democracia, y su posterior “concentración” en una “esfera identitaria” tecno-gestionada por élites, no es difícil ver cómo un país tan fragmentado como Estados Unidos se encuentra en una situación de desventaja a medida que el mundo se desliza hacia una multipolaridad basada en la cultura.
Por supuesto, no es exactamente cierto decir que Estados Unidos no tiene una cultura comunitaria, dada la gran diversidad de culturas de inmigrantes que hay en el país. Esto, después de todo, fue el quid de la reciente elección presidencial –y de las elecciones en muchas otras naciones.
La idea de que una vez que los enviados de Trump hayan visitado Moscú y se hayan marchado con las manos vacías, el nuevo mandatario se encargará de cerrar un acuerdo con Ucrania, no refleja lo que Moscú no ha dejado de subrayar. Lo que se necesita es un acuerdo basado en un tratado que establezca la arquitectura de seguridad y las fronteras entre los intereses de seguridad del Heartland y los del Rimland (periferia o franja costera del Heartland.
Debilidad, derrota, «virilidad»
Pero, ¿verán muchos estadounidenses este tipo de acuerdo como una “debilidad”, como una cesión del “liderazgo” y la “grandeza” de Estados Unidos? Por supuesto, se percibirá así, porque Trump estaría sellando efectivamente la derrota de Estados Unidos y reposicionando a ese país como un Estado entre iguales en un nuevo “concierto de potencias”, es decir, en un mundo multipolar.
Es una gran “pregunta” (y demanda). ¿Podrá Trump hacerlo, tragarse el orgullo estadounidense? Una forma viable de avanzar sería volver al nudo gordiano original y deshacerlo: es decir, deshacer el nudo de que no haya ningún tratado escrito posterior a la Segunda Guerra Mundial que delimite el movimiento de avance constante de la OTAN y, al hacerlo, poner fin a la pretensión de que el desplazamiento de la OTAN adonde quiera que elija no es asunto de nadie más que suyo.
Desafortunadamente, la otra forma posible de “equilibrar” la apariencia de derrota estadounidense y de la OTAN en Ucrania, podría ser vista por los asesores de línea dura de Trump como pulverizar a Irán, como una señal de la “virilidad” estadounidense.
Las negociaciones, en última instancia, tienen que ver con los intereses y con el ingenio para resolver el enigma de dos partes que perciben cómo “la otra” se percibe a sí misma: como debilidad o como fortaleza. Trump, si se ve atrapado en un callejón sin salida literal sobre Ucrania, podría simplemente escalar la escalera metafísica para decir simplemente que sólo él tiene la visión para salvar a Estados Unidos de la Tercera Guerra Mundial. Para salvar a Estados Unidos de sí mismo.
(*) Alastair Crooke es un antiguo diplomático británico, fundador y director del “Foro sobre Conflictos”, con sede en Beirut.