Moscú. Radio La Primerísma

Hace exactamente 71 años murió Stalin, el 5 de marzo de 1953. Tenía 74 años. Considerado el gran arquitecto de la Unión Soviética, fue el más cercano colaborador del Jefe de la Revolución Bolchevique, Vladimir Ilich Lenin.

En el marco de la acción tradicional “2 claveles al camarada Stalin” en el aniversario de la muerte de Stalin se han colocado 6 mil 300 claveles escarlata en su tumba cerca del muro del Kremlin, comprados por medio de ciudadanos que no son indiferentes. El acto, como de costumbre, fue coordinado con la comandancia del Kremlin.
Iosif Vissarionovich Stalin (Dzhuga-shvili) nació el 21 de diciembre de 1879 en la ciudad de Gori, provincia de Tiflis. Su padre, Vissarion Ivanovich Dzhugashvili, de nacionalidad georgiana, era de origen campesino, oriundo del pueblo de Di-Lilo, provincia de Tiflis, de profesión zapatero, más tarde obrero de la fábrica de calzado de Adeljanov, en Tiflis. Su madre, Ekaterina Guedérguievna, era hija del campesino siervo Gueladse, del pueblo de Gambareuli.
Stalin fue visto por última vez en plena salud el 1 de marzo. Esa noche, Stalin y cinco de sus principales colaboradores, Bulganin, Jruschov, Beria, Malenkov y Voroshilov, vieron películas juntos, cenaron y bebieron. Hacia las 5 de la mañana del 2 de marzo, sus visitantes abandonaron su residencia.
Durante todo el día, Stalin no salió de la habitación ni dio ninguna orden. Los guardias desconfiaron, pero no tomaron ninguna medida, porque todos sabían que hasta la mañana siguiente (el 3 de marzo) se sentaría con invitados. Lo encontraron la mañana del 3 de marzo tendido en el suelo de su cuarto, vivo pero inconsciente.
Murió dos días después, debido a un derrame cerebral.

Una de sus frases más famosas, es la siguiente: «Debilidad, pereza y estupidez son las únicas cosas a las que se puede llamar vicios. Todo lo demás, en ausencia de lo dicho, es una virtud. Si un hombre es fuerte, activo y capaz, es bueno, aunque tenga otros vicios».
En su libro «Stalin el Grande», Anselmo Santos dice:
“Stalin, como un verdadero creador divino, tuvo la virtud de «crear desde la nada». Recibió un país arruinado por la Primera Guerra Mundial, la intervención extranjera y la guerra civil, en el que tres cuartas partes de la población, mayoritariamente campesina, era analfabeta, y lo convirtió en una gran potencia; lo encontró con arados de madera, y lo dejó con armamento atómico y a punto de emprender la carrera espacial. Entre sus hechos relevantes, figuran la modernización del país, las previsiones para su defensa, las medidas tomadas durante la guerra, la difusión de la cultura, que son otras tantas pruebas de su inteligencia, su imaginación, su infinita voluntad transformadora”.
«Llevamos entre cincuenta y cien años de retraso respecto a las naciones industrializadas. O las alcanzamos en diez años o seremos aplastados» Con ese argumento como fuerza motriz, Stalin emprendió la modernización a marchas forzadas del país. Se construyeron a toda prisa canales kilométricos entre mares, centrales hidráulicas enormes (solo una de ellas, en el Dnieper, tenía una capacidad de producción sensiblemente superior a la de toda Rusia en los últimos años del zarismo), infinidad de fábricas de todo tipo –entre ellas Magnitogorsk, la gigantesca acería equiparable a la norteamericana de Indiana, la mayor del mundo en aquel tiempo–; se descubrieron nuevos yacimientos de petróleo, carbón, níquel y otras materias primas, y se renovaron completamente los medios de explotación de los antiguos. El ritmo de esa radical transformación fue tan intenso que ya al término del Primer Plan Quinquenal (1928-1932) la producción industrial de la Unión Soviética solo era superada por Estados Unidos.
Simultáneamente, se realizó la concentración agraria, que respondía a cuatro objetivos básicos: mecanizar la agricultura sustituyendo veinticinco millones de parcelas individuales, cultivadas en gran parte con primitivos arados de madera, por extensas granjas colectivas dotadas de tractores y de la más moderna maquinaria agrícola; multiplicar la producción de grano con vistas a la exportación, único medio de obtener las divisas necesarias para adquirir en el extranjero la maquinaria prevista en los planes industriales; asegurar el abastecimiento de las ciudades, que crecían sin cesar, y del inmenso Ejército Rojo en la guerra que se avecinaba, cosa materialmente imposible con la agricultura de minifundio; incitar a los jóvenes sobrantes en el campo a trasladarse a las áreas urbanas con objeto de cubrir la continua demanda de mano de obra generada por las nuevas fábricas y construcciones.

Diez años después, esos muchachos integrados en la vida urbana se habían convertido en ingenieros, militares, directores de fábricas. Yuri Gagarin era hijo de una ordeñadora campesina; Alexandr Zinóviev, filósofo, matemático, escritor, expulsado de su país en los años 70 por Brézhnev, también nació en un koljós (granja colectiva) y cuenta en una entrevista que su madre, trabajadora del mismo, guardaba hasta su muerte, entre las páginas del Evangelio, un retrato de Stalin: sus seis hijos habían recibido enseñanza superior y ocupaban puestos importantes en el ejército, la industria y la universidad.
En 1932, Stalin fundó la Academia de Arquitectura bajo un lema imperativo: «No se puede crear nada nuevo sin un profundo conocimiento de lo antiguo»; era prioritario que sus miembros estudiasen a fondo la herencia arquitectónica de todos los tiempos.
Tres años después, Stalin firmó el Plan General de Reconstrucción de Moscú, que supuso la transformación radical de la ciudad, una enorme aldea que había crecido en un desorden absoluto: sus callejuelas desaparecieron para dar lugar a avenidas amplias y rectilíneas, flanqueadas por hermosos edificios. Como complemento de esa reforma, se construyó el metro, medio de transporte imprescindible en una urbe que crecía de modo incesante en territorio y población.
Los nuevos habitantes procedían, lógicamente, del campo, y Stalin quiso satisfacer la pasión innata del pueblo ruso por lo maravilloso. «Los campesinos quieren palacios», afirmó cuando se tomó el acuerdo de construirlo. Los mejores artistas fueron convocados, y ninguna otra obra de la época concentró tanta riqueza. El oro, la plata, los mármoles más lujosos se emplearon con profusión en lámparas, esculturas, mosaicos y vidrieras. El espectacular metro de Moscú fue una de las grandes creaciones de Stalin: las más bellas estaciones, cuyos proyectos discutía en persona con los artistas, se construyeron en su tiempo.
Unos meses después del ataque alemán, a comienzos de 1942, Stalin creó la Comisión de Restauración destinada a recuperar íntegramente el territorio devastado por los nazis. En cuanto una ciudad era liberada, llegaba a ella, pisando prácticamente los talones a las tropas, un equipo de arquitectos con objeto de reconstruirla en el menor tiempo posible; en varios casos (Smolensko y Stalingrado, por ejemplo) se levantaron sobre las ruinas ciudades monumentales prácticamente nuevas. Tras la guerra, las obras más espectaculares fueron los siete rascacielos de Moscú dedicados a la victoria, las llamadas «catedrales de Stalin», con reminiscencias góticas evidentes.

Tributo en su tumba
En Moscú, comunistas y simpatizantes del partido, encabezados por el presidente del Comité Central del Partido Comunista de la Federación Rusa (PCFR), Gennady Zyuganov, depositaron coronas y flores ante la Tumba de Stalin y el Mausoleo de Lenin, en la Plaza Roja de Moscú.
Al acto asistieron también activistas del Komsomol (Juventud) Lenin, del Frente de Izquierda, de la Unión de Oficiales Soviéticos, del movimiento de los “Niños de la Guerra”, de la “Sociedad de Vivienda de Todos los Sindicatos Esperanza de Rusia” y de otras organizaciones popular-patrióticas de izquierda.
El gran número de flores que los moscovitas y los visitantes de la capital han llevado hoy al camarada Stalin demuestra de manera convincente que el amor del pueblo por José Vissariónovich no ha hecho más que multiplicarse a lo largo de los años.