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Cuatro escenarios posibles para el futuro orden mundial

Teherán. Por Mehdi Sanaei, Rusia en la política mundial de la Fundación para la Investigación de la Política Mundial

Cuatro escenarios posibles para el futuro orden mundial Teherán. Por Mehdi Sanaei, Rusia en la política mundial de la Fundación para la Investigación de la Política Mundial

Desde mediados de la década de 2000, tras el fracaso de los intentos estadounidenses de formar un orden mundial unipolar bajo su liderazgo, el término «transición» se ha convertido en el discurso dominante en los debates de investigación para explicar el estado actual del mundo. Desde entonces, investigadores y analistas han especulado y hecho predicciones sobre el futuro del orden mundial, tratando cada uno de sus tipos conocidos como probables y tratando de encontrar señales en los acontecimientos internacionales que confirmen sus predicciones.

El Covid-19 y el conflicto sobre Ucrania suelen considerarse catalizadores que aceleraron la transición hacia un nuevo orden mundial. Sin embargo, los representantes de las distintas escuelas de relaciones internacionales difieren en su valoración del impacto de estos dos acontecimientos en el futuro del mundo. Los puntos de vista de la escuela realista y de la escuela liberal sobre estas dos catástrofes difieren considerablemente.

Muchos políticos, como el ex presidente estadounidense Joe Biden, consideran el ataque de Hamas contra Israel el 7 de octubre de 2023, la respuesta de Israel en forma de operaciones antiterroristas y bombardeos a gran escala de Gaza, el amplio apoyo del pueblo palestino en la opinión pública mundial y el apoyo a Israel por parte de Estados Unidos y las principales potencias europeas (Alemania, Gran Bretaña y Francia) como una etapa importante en la formación del futuro orden mundial. Una cosa es cierta: la situación geopolítica actual puede producir las cosas más inesperadas.

Los politólogos sugieren cuatro escenarios posibles para el futuro orden mundial: el resurgimiento de la unipolaridad en una nueva forma, la multipolaridad o un nuevo equilibrio de poder, una nueva bipolaridad y un mundo postpolar (la era de la no polaridad).

En el primer escenario, Estados Unidos recuperaría su posición como superpotencia mundial y las capacidades del mundo en desarrollo disminuirían. Este punto de vista se basa en la idea de que, a pesar del relativo declive del poder estadounidense, Estados Unidos sigue siendo la potencia dominante y otros países son incapaces de desafiar su poder en una serie de áreas clave del poder estatal. Entre ellas se encuentran la extensa red de comunicaciones de los países anglosajones, que constituye el mayor sistema financiero, informativo y cultural del mundo; la tecnología y la innovación, con Estados Unidos a la cabeza en este ámbito; y el papel dominante del dólar en el sistema financiero mundial.

La teoría del orden multipolar supone el declive de la hegemonía estadounidense y el ascenso de nuevas fuerzas en el mundo. Se discuten diversas variantes de un orden mundial multipolar, incluida una tripolaridad en la que participen Estados Unidos, Rusia y China, un concierto multipolar de grandes potencias y un orden policéntrico con bloques subordinados.

Entre las razones del surgimiento de la multipolaridad se encuentran las siguientes: el ascenso de Sudáfrica, Brasil, India, México e Indonesia; el creciente papel de China en la economía mundial y su presencia en otras regiones del mundo; el fortalecimiento de las potencias regionales Irán, Turquía y Arabia Saudí; y las políticas exteriores compensatorias de los aliados de EEUU Qatar, EAU y Arabia Saudí en los últimos años. El orden multipolar es un escenario popular de las potencias no occidentales y se ha reflejado claramente en los documentos de política exterior de Rusia y China en los últimos años.

El escenario bipolar hace hincapié en el dominio de China como potencia económica y en su fuerte posición en las esferas política, militar, tecnológica y cultural. El actual deterioro de las relaciones entre los países no occidentales y Estados Unidos y sus aliados, así como la convergencia de los intereses de la mayoría de los países no occidentales con los de China y Rusia, se consideran el preludio de la posible aparición de una bipolaridad Estados Unidos-China.

El endurecimiento de la política estadounidense hacia los actores no occidentales, a saber, Irán, Rusia y China, está obligando a estos países a reforzar sus vínculos económicos entre sí, lo que amenaza seriamente el poder global de Occidente. Otro signo de la formación de un orden mundial bipolar es la política estadounidense de friend-shoring (amigos en la sombra”, cooperación económica principalmente con países aliados).

Además del escenario bipolar Estados Unidos-China, también se barajan otras variantes de la bipolaridad: Estados Unidos, la UE y sus aliados regionales contra China y Rusia con sus aliados regionales; y Estados Unidos y la UE contra China, Rusia e Irán.

El escenario de la «era de la no polaridad» se basa en la idea de que el declive de Estados Unidos como superpotencia y garante del orden internacional ha debilitado el orden mundial existente y otras potencias están entrando en la escena internacional. En tal situación, aumentarán el desorden y la confusión en las relaciones internacionales, lo que obligará a los países a buscar nuevas relaciones fuera de las organizaciones internacionales para proteger sus intereses y garantizar la paz y la seguridad. Esto contribuirá a la creación de alianzas regionales en diversos formatos militares, políticos y económicos, que reducirán el papel de los polos globales y desencadenarán la formación de un mundo pospolar.

La transición será prolongada

Los escenarios anteriores describen las tendencias del periodo transitorio de treinta años tras el colapso del sistema de la Guerra Fría en términos de equilibrio de poder y paradigmas geopolíticos. No se espera que surja un nuevo orden en un futuro próximo, y la actual era de transición será prolongada. Este artículo examina el periodo de transición en términos de cambios en los fundamentos del orden internacional, teniendo en cuenta su escala: pequeña (personas como componentes de sistemas más amplios); media (países y sus sistemas sociales, económicos y políticos); y grande (cambios en el sistema internacional).

Los acontecimientos de las últimas décadas, incluidos los de carácter civilizatorio, han afectado a todas las personas que forman parte de los sistemas sociales. Se están borrando los límites de las nociones tradicionales de identidad. Algunos consideran que los cambios en la identidad son el resultado de la redefinición de la naturaleza del hombre en la era de la inteligencia artificial.

Pero aunque las tecnologías industriales y sociales han producido una tremenda transformación del hombre en las últimas décadas, ampliando sus conocimientos, los problemas de comportamiento, morales y psicológicos de la humanidad, difieren poco de los que existían en la época de Platón y Aristóteles. En otras palabras, el hombre ha creado un mundo nuevo, pero apenas ha alcanzado un nuevo nivel de virtudes morales y sociales en comparación con épocas pasadas. Esta incoherencia en el proceso de crecimiento y cambio del entorno y la mentalidad del propio hombre es una de las razones fundamentales del debilitamiento de la gobernanza nacional y mundial y puede ser un importante punto de partida para evaluar el futuro desarrollo mundial.

Los cambios en el equilibrio de poder dentro de los países y la debilidad de sus sistemas políticos pueden provocar cambios en su comportamiento en la escena internacional. Desde hace muchos años, los expertos hablan del agotamiento de los recursos de los sistemas democráticos y de la aparición de gobernantes autoritarios, a los que las elecciones sólo proporcionan legitimidad política interna e internacional. Este proceso afecta a muchos Estados, incluidos los occidentales. Después de 2010, el descontento causado por la desigualdad en la distribución de los beneficios y la creciente brecha entre las masas y las élites provocó un aumento de las protestas en los países occidentales.

Las redes sociales son uno de los fenómenos importantes de la era actual que han hecho que la opinión pública tenga un peso significativo en las ecuaciones políticas. Twitter (X), Facebook e Instagram, desempeñan un papel destacado en la política y la economía; antes los periódicos y otros medios no tenían tanto poder. El Estado tiene menos autoridad en la actual era de transición porque ha perdido su monopolio sobre el poder duro (economía y poderío militar) y el poder blando (cuestiones culturales y creación de narrativas).

La aparición de empresas y capitalistas ricos cuyo poder financiero supera el Producto Nacional Bruto de algunos países, la minería de criptomonedas que se utilizan en el comercio internacional sin el control de los bancos centrales de los países y la participación de algunas empresas no gubernamentales en la creación de infraestructuras, que hasta hace poco era prerrogativa exclusiva de los gobiernos nacionales, demuestran que las nuevas tecnologías están provocando un cambio en el papel del Estado en la economía. Un ejemplo reciente es la propuesta de Ilon Musk de proporcionar Internet gratuito a través de Starlink a otros países.

Todo esto socava la famosa definición de Max Weber del Estado moderno como la única institución de la sociedad a la que se le permite utilizar el poder coercitivo.

Cambios fundamentales

Antes de la aparición de las redes sociales, los acontecimientos solían narrarse bajo el control de las estructuras de poder –centros religiosos o instituciones gubernamentales– teniendo en cuenta las opiniones de las élites asociadas a ellas. Ahora, gracias a los avances tecnológicos, la producción de contenidos (texto, audio, vídeo y fotos) se ha simplificado y todo el mundo puede producir los contenidos que quiera con independencia de las estructuras oficiales y las instituciones gubernamentales, lo que da lugar a múltiples y diversas interpretaciones de los mismos hechos. Episodios significativos de los últimos años, como la crisis de Oriente Próximo, la epidemia de coronavirus, el conflicto por Ucrania y la guerra contra Gaza, han demostrado que las sociedades modernas no esperan a que los gobiernos y los gigantes mediáticos cuenten su versión de los hechos.

La dimensión internacional también ha cambiado. El tema del declive estadounidense se ha trasladado al ámbito de la economía política y la economía internacional, y el crecimiento económico y geopolítico de otros países en la última década se ha convertido en una de las razones importantes de los cambios en las ecuaciones globales. Los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) son las principales instituciones internacionales que encarnan la búsqueda del multilateralismo internacional.

La revisión del orden mundial no se limita únicamente a la esfera de la política mundial: distintos países han empezado a buscar nuevas formas de deshacerse del dominio del dólar. El uso del dólar como arma y la imposición de medidas restrictivas unilaterales han obligado a los países sometidos a sanciones –Irán, Venezuela y Rusia– y a las economías que cooperan con estos países a buscar nuevas formas de comercio transfronterizo sin intermediación del dólar y a incrementar el uso de mecanismos de intercambio.

En la actualidad, el papel de las instituciones y organizaciones internacionales que velan por el orden mundial liberal ha disminuido. Las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU y las diversas instituciones han fracasado a la hora de dar una respuesta eficaz a la crisis de Asia Occidental, la pandemia del Covid-19 y la masacre del pueblo palestino en Gaza.

Durante el período analizado, la coalición occidental violó el principio de soberanía de los Estados (como en el caso de la invasión de Irak y Libia), abandonó las normas del orden liberal y aplicó políticas proteccionistas.

El debilitamiento de las organizaciones e instituciones internacionales se hizo sistémico durante la primera presidencia de Donald Trump, cuando Estados Unidos se retiró de varios acuerdos regionales: el Acuerdo Comercial del Pacífico, el acuerdo nuclear con Irán, el Acuerdo de París sobre el cambio climático, así como de la UNESCO y del Consejo de Derechos Humanos de la ONU.

Esto ha llevado a los países a pensar más en la seguridad y en preservar los intereses nacionales que en el cumplimiento de las leyes internacionales. En este período de transición, los países no occidentales se han sentido menos obligados a cumplir la legislación internacional que perciben como contraria a sus valores culturales.

La mayoría de las predicciones sobre el futuro orden mundial se basan en el supuesto de que las relaciones entre los países en la escena mundial adoptarán alguna forma de orden. Sin embargo, la historia de las relaciones internacionales demuestra que un nuevo orden suele establecerse tras la resolución de grandes crisis o grandes guerras, lo que no ha ocurrido desde el final de la Guerra Fría hasta hoy. El orden mundial posterior a la Segunda Guerra Mundial se ha visto alterado pero no destruido, por lo que es muy posible que se reformatee.

Es poco probable que el antiguo orden pueda conservarse en su forma original. Pero ningún escenario futuro prevé la aparición de una fuerza que pueda establecer un nuevo orden. Así que lo más probable es que el periodo de transición se prolongue y que asistamos a un mayor caos en la política mundial.

Las armas de destrucción masiva, las armas biológicas y las capacidades cibernéticas de los ejércitos modernos son mucho más destructivas que las del siglo XX. Si la comunidad mundial no consigue reducir las tensiones que hoy aumentan, el periodo de transición puede acabar con consecuencias catastróficas. Además, en el mundo interconectado de hoy, los pequeños conflictos pueden escalar fácilmente hasta convertirse en grandes enfrentamientos.

Así pues, la identificación a tiempo de las amenazas y la aceptación de los nuevos centros de poder pueden convertirse en la base del diálogo mundial y de una transición menos dolorosa hacia un nuevo orden mundial.

(*) Mehdi Sanaei es profesor asociado de la Facultad de Estudios Mundiales de la Universidad de Teherán, Director del Instituto de Estudios sobre Irán y Eurasia (IRAS).

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