Managua. Por Raúl Venerio, Comandante Guerrillero. En Palmira, febrero de 2004.

Raúl Venerio Granera nació en Chinandega el 24 de mayo de 1945. Falleció el 3 de junio de 2009. Después del triunfo de la Revolución Popular Sandinista recibió el grado honorifico de Comandante Guerrillero. Fue el primer jefe de la Fuerza Aérea Sandinista. Se retiró del Ejército de Nicaragua en 1990 con el grado de coronel. Artículo publicado en El Nuevo Diario en febrero de 2004
En agradecimiento a su madre, doña Lidia y a mamá Chela, que lo quiso como tal.
Tengo que confesar que siempre quise escribir algo personal sobre Camilo Ortega Saavedra. Hacerlo, no porque esté muerto y porque todos los muertos sean buenos, porque no es cierto que todos lo fueron cuando pasaron por esta vida, si no porque se lo merece y porque además siento que se lo debo; que todos, los que en verdad lo conocimos se lo debemos de una u otra forma.
Y orientándome atento al recuerdo, alinear ese adeudo relatando algún pasaje aunque fuera uno corto y sencillo. Pero eso sí, todo colmado de veracidad e identidad propia. En fin, escribir sobre una que otra de las muchas cosas que compartí con ese labrador de la humildad y de la entereza efectiva; hacerlo para referirme a este compañero de gran valor y de comunión verdadera.
Hombre que sin pretender ser capitán de nada, llegó a ser “Primus Inter Pares” (primero entre sus pares) del patriotismo sin mácula y del humanismo completo. Pero sobre todo, llegó a ser modelo de lo que en esos días más se precisaba y estábamos buscando: ser ejemplo vivo de la unidad en la entrega y en la solidaridad revolucionaria.
¡Cuánta falta hizo!
Desgraciadamente a este hombre, quien como Sandino “nunca tuvo propiedades”, no logramos preservarlo. Sobre todo y esencialmente para el momento de la victoria, cuando su presencia física hizo muchísima falta. En especial por su lealtad a los principios comprometidos y a la expresión de su terco y preclaro pensamiento incluyente. Pero no nos fue posible hacerlo aunque lo intentamos.
Ni siquiera estuvimos cerca de conseguirlo a como era el deseo y el deber sentido de todos nosotros. De aquel pequeño gran contingente insurreccional que formábamos las estructuras iniciales del Frente Interno.
Pero hablar sobre personajes como él no es tan fácil. Como no es tan tampoco dable escribir con seriedad sobre la historia de la Revolución y sus agentes; de hacerlo sobre acontecimientos auténticos a tan poco tiempo de haber éstos transcurrido. Y escribir, haciéndolo individualmente y sin que hayamos madurado lo suficiente en nuestras formas de proceder y reflexionar, es en verdad una tarea mucho más difícil, por la responsabilidad que envuelve el ser objetivo y desapasionado con nuestra propia historia. La que siempre ha sido escrita y se sigue escribiendo de acuerdo con intereses particulares y egoístas, cuando no alimentada por resentimientos o figuraciones oportunistas. Enfrentar a la leyenda negra
Y todo esto muy a pesar de la ingente necesidad que existe de escribir por el bien de Nicaragua. De hacerlo por la enorme urgencia conque la verdad histórica nos lo está ahora reclamando. Especialmente para enfrentar a la leyenda negra inventada por los enemigos de la verdad y del sandinismo, los que deforman los hechos y los acomodan a su manera. Vilipendiosos interesados que nos llenan de infamias y de mentiras, ahora orquestados por algunos dizque sandinistas escalpelos, que en su necedad le hacen el favor a toda la derecha utilitaria.
Pero más aún, hacerlo para escribir y contar lo que verdaderamente aconteció. Y evitar así que con justificada ira, nuestros muertos, buenos y nobles, en su memoria nos vayan a reclamar por su aparente e injusta calidad de prójimos ausentes y olvidados. Porque además de ser un papel ingrato a su memoria, no se lo merecen, pues a ellos sí que se lo debemos todo.
Siempre se dijo y se ha dicho, que hombres buenos y sandinistas soñadores ofrendaron sus vidas y una generación entera por amor a los demás. Y ésta es, sin lugar a dudas, una verdad absoluta en la mayoría de los casos. Pero en el caso de Camilo Ortega es absoluta y considerablemente más. Y aquellos que tuvimos la oportunidad única de trabajar con él, tal vez pudiéramos dar fe y reafirmarlo como testigos.
Sobre todo esos que como yo tuvimos quizás la suerte injusta de vivir para contarlo, aunque en la mayoría de los casos seamos también nosotros testigos inconsultos de esos sacrificios silenciosos y paradigmáticos.
Con todo esto aclarado, me atrevo ahora a escribir. Haciéndolo aunque sea, como ya dije, de una forma insuficiente y modesta.
Yo me encontré con Camilo Ortega Saavedra, otra vez, después de no verlo por algunos años, allá por septiembre de 1977 en el barrio “El Domingazo” de la ciudad de Granada. Siendo ambos militantes clandestinos de la guerrilla: Camilo, ya como cuadro dirigente del Frente Interno, y yo, como un joven combatiente recién llegado a esa ciudad.
Digo después de algunos años, porque con Camilo; amigo, combatiente y poeta, igual que con su familia, nos conocíamos desde hacía muchísimo tiempo. Siendo para mí su figura aquijotada y lírica una referencia de la época y tiempotes de la vieja Managua, con todo lo que ella pudo haber significado para nosotros: traslado del pueblo natal; Colegio Calasanz y antisomocismo. Rebeldía; Juventud Patriótica; Teatro Salazar; primeros amores; etc.
“Tu nombre de combatiente será Willy”
“Somos rebrotes de almendros floridos”, recuerdo que me dijo Camilo en esa primera ocasión, abriendo sus ojos grandes como sorprendido, al bautizarme con el nuevo seudónimo que debía utilizar en esa ciudad y en el Frente Interno: ‘Willy’, de la Escuadra de los Gringos”, se carcajeó de su propia ocurrencia, teniendo como la tenía, referencias de mi lugar de ubicación anterior, en el trabajo y las filas de la Comisión del Exterior del Frente Sandinista en los Estados Unidos, de donde veníamos un grupo de compañeros guerrilleros. Entre los que se contaba el siempre recordado y entrañable hermano Walter Ferreti, “Chombito”.
Un sentimiento importante en aquel mundo de la guerrilla, que nos estimulaba y nos mantenía firmes en aquel universo tan ingrato y tan duro, fue siempre la confianza que sentíamos en lo genuino de la meta que perseguíamos luchando. Confianza que te provocaba fortaleza para seguir adelante frente a los peligros continuos y el sacrificio diario. Y esta fuerza íntima, que absolutamente nada tenía que ver con la ración ni la prebenda, solamente podía nada más crecer y aumentarse en el corazón de los combatientes, para estar siempre prestos a la lucha y a la abnegación. Porque cuando te faltaba, fracasabas, y te podías fácilmente rendir frente a la adversidad y ante el riesgo, como algunos –para bien o para mal– lo hicieron y hasta traicionaron.
Camilo Ortega fue un gran promotor de ese precioso y valioso sentimiento de fuerza íntima, a través de algunas premisas fundamentales, tal como el trabajo directo e incansable con los hombres que lo acompañábamos, llevado a cabo a través de una enseñanza sin tregua de todos los valores agregados que necesitábamos para ser auténticos guerrilleros sandinistas. Pero también, en lo referido a la honestidad, a la verdad, y al respeto y la solidaridad entre compañeros. Y sobre todo con la honradez y la capacidad de sentir vergüenza frente a sus compromisos con la Revolución. Yo vi lágrimas en los ojos de Camilo, ante las dificultades propias de nuestras insolvencias en la joven lucha insurreccional y su desarrollo.
Siempre: “Vamos, no vayan”
Además, creyente ciego como lo era de la propuesta insurreccional, de la que formábamos parte, Camilo, que traducía esa teoría al terreno de los hechos dando el ejemplo y en galería de primera fila, planificaba, explicaba y servía de modelo en las trincheras adelantadas de la refriega. Pues en su lenguaje de dirigente honesto nunca existió el vayan; solamente el vamos, sin importarle el albur y la eventualidad peligrosa. Siendo ésta otra de sus tantas premisas aleccionadoras.
Así mismo, y en su respeto a los resultados del esquema teórico, Camilo se nutría de la confianza que lógicamente el pueblo iba anidando en el sandinismo y su comportamiento.
Aquí, permítanme relatarles un par de ejemplos que no tienen nada de anecdóticos, porque no lo son ni lo fueron. Solamente habrán de verse como muestras sencillas de una parte de la historia que escribió este amigo y compañero de la nación nicaragüense.
Camilo en una ocasión no solamente tuvo la audacia de traer de Granada a Managua un comando guerrillero, del que él mismo era jefe, para participar en una emboscada militar que se llamó “Operación Tacón de Cuña”. Sino que también tuvo la osadía de mover todo un contingente guerrillero de Managua a Granada en la toma militar de esa ciudad en febrero de 1978. Esto, para suplir la carencia de combatientes con experiencia operativa en la primera toma militar de esa ciudad el día 2 de ese mes de victoria y de sinsabores. ¿Qué se hicieron los guerrilleros?
Pero más aún, teniendo en cuenta que la toma de la ciudad no era definitiva y tampoco permanente, tuvo la audacia adicional de planificarla sin contemplar un plan de repliegue tradicional, el que por las características de la operación no aplicaba ni era posible, y que desconcertó totalmente a la guardia de la dictadura, llegando incluso semejante acción casi a la superstición y a la leyenda ingenua propia de nuestro pueblo: “¿Qué se hicieron los guerrilleros?”
Fue la pregunta eterna por esos días. Pregunta de la que hasta hoy, creo, muy pocos conocen su repuesta.
Pero la verdad es que ese movimiento masivo de combatientes fue posible solamente gracias a la interpretación justa y correcta de esa teoría insurreccional. La que le permitía a Camilo, y también nos transmitía a nosotros, una visión aguda y una confianza absoluta en el pueblo que consciente se despertaba –como él decía–, “con el accionar de los fusiles guerrilleros en todos los ámbitos del país”. Y el repliegue de nuestras fuerzas esa noche allí en Granada, después de la toma, fue en la misma ciudad. Gracias a que “ya comenzó el pueblo a conspirar con nosotros y a tenernos confianza”, aseguraba en esa oportunidad el jefe guerrillero, ya en los albores de la ofensiva final.
Al poco tiempo después de los ataques de octubre de 1977 a los cuarteles de San Carlos, Masaya y Cárdenas, esa ofensiva que arrancó en esas fechas era firme y sostenida: los diferentes frentes de guerra iban conformándose; había ya más cuadros de tiempo completo y las estructuras crecían consolidando el tendido de apoyo. Camilo casi describía los sucesos que se iniciaban, y que, según él, debían avanzar a pasos agigantados, ganando la credibilidad del pueblo en el Frente Sandinista y su lucha diaria y sin cuartel en contra de la dictadura.
Los acontecimientos de la lucha en el país, por cierto, se multiplicaban apresurados. Camilo en sus planteamientos señalaba esto como una muestra fehaciente de que marchábamos por buen camino en la implementación de la insurrección. La que mediante esa credibilidad, que íbamos ganando, terminaría dándonos la confianza absoluta del pueblo, para crear un gran consenso nacional que anunciaría el final del fin de la dictadura que, desafortunadamente, este compañero no llegó a ver físicamente. Victoria que ocurriría a escasos 16 meses de la fecha en que cobardemente fuera asesinado.
La última noche juntos
La última vez que nos vimos fue una noche antes de aquel fatídico 26 de febrero de 1978, cuando estuvimos reunidos dos días con sus noches en un humildísimo rancho en el sector rural al norte de la ciudad de Masaya: Camilo, Hilario Sánchez, Oscar Perezcassar, Walter Ferretti y yo. Toda la plana mayor del Frente Interno Insurreccional que existía en esa época. Reunidos con él como en una fúnebre despedida.
De aquella última reunión partió en compañía de Juan de Dios para Los Sabogales. Iba a recibir al chinito Quant Ponce que había entrado clandestino esa noche con procedencia de Costa Rica. Y como siempre, iba también a cumplir con sus responsabilidades de dirigente máximo en el Frente Interno. Sólo que esta vez, además, iría al encuentro de su destino perdurable como forjador revolucionario, que más que haber nacido para ser mártir se había templado en la fragua de los hombres nacidos para ser héroes, y también ejemplo a seguir por las futuras generaciones de combatientes.
Conociéndonos, como en verdad nos conocíamos, pues, lógicamente, y a pesar de la estricta compartimentación, Camilo y yo sabíamos de la identidad real de cada cual. Y por esta peregrina circunstancia me cupo la triste exigencia de poner en conocimiento de su familia la espantosa noticia de su muerte ingrata, una vez que confirmamos la autenticidad de las fotos y de la noticia, que con júbilo habían sido publicadas en el periódico de la familia dinástica.
Su inédita contribución al consenso
Camilo Ortega, con el triunfo y al final de la insurrección, por sus dotes y espíritu cohesionante y aglutinador, se ganó la distinción de ser escogido por el sandinismo como “Apóstol de la Unidad”. Distinción que este sencillo combatiente del pueblo tenía más que merecida. Pero para mí, y para otros muchos exigentes que conocimos desde un comienzo de todas las necesarias alianzas que realizamos, incluyendo la que hicimos en la Calle Atravesada y con otros, debió ser designado como “Gran Procurador del Consenso Nacional”, inédita contribución histórica del sandinismo a la verdadera democracia en nuestro país.
Todo esto fue y en mucho más concurrió Camilo Ortega Saavedra, “Mundo”, muestra de lo que deberíamos ser y hacer todos nosotros. Sobre todo ahora, que detenidos estamos en el camino hacia la tierra prometida. Esa tierra que en verdad ofrecimos los sandinistas a todo el pueblo nicaragüense.
Pero adicional a todo este menudo y muy poco encomiado inventario de sus cualidades, quiero expresar que para mí, especialmente, fue Camilo ante todo el amigo perdurable. El valiente compañero de reiterados sueños anhelados. Los que juntos fraguábamos cuando cargando armas sobre los hombros, caminábamos solos en aquellas madrugadas frías, repletas de osadías, de valores y de esperanzas miles.