Dhaka. Agencias / Guadi Calvo y otros analistas

Bangladesh, el tercer país musulmán más grande del mundo, ha sido testigo de un cambio de poder legal y democráticamente electo, en un golpe de Estado inspirado por Estados Unidos. Los sucesos de Bangladesh, que obligaron a su Primera Ministra, Sheikh Hasina, a huir del país para evitar la violencia física, demostraron que la tecnología de las “revoluciones de colores” es universal y despiadada contra quienes intentan hacer valer su derecho a la soberanía nacional.
El joven Estado de Asia Bangladesh, el país de los bengalíes, surgió en plena Guerra Fría, en 1971, como consecuencia de la guerra de independencia y la escisión de Pakistán, entonces el principal aliado de Estados Unidos en la región.
El padre fundador y su hija
El ideólogo y padre fundador de Bangladesh fue su primer presidente, Sheikh Mujibur Rahman, que sólo estuvo 4 años en el poder. En 1975 fue asesinado en un golpe militar junto con casi todos los miembros de su familia. Sólo escaparon de la masacre dos hermanas, incluyendo a Sheikh Hasina, la hija de Mujibur Rahman, que se encontraba en el extranjero el día del golpe.
Hasina, de 76 años y una vida dedicada a la política, tras volver a su país en 1982, se convirtió en la líder del partido de su padre, la Liga Awami, paradójicamente, dirigiendo muchas protestas estudiantiles.
Aunque Estados Unidos se vengó de Mujibur Rahman por crear un Bangladesh independiente, fue incapaz de enterrar su legado político. Hasina demostró su derecho a continuar la obra de su padre y convertirse en la nueva líder nacional.

Sheikh Hasina había gobernado ininterrumpidamente desde 2009, reelegida para un cuarto mandato en enero, después de que su partido, la Liga Awami, obtuviera una aplastante victoria en las elecciones parlamentarias.
Antes de las elecciones de enero, Estados Unidos no ocultaba que haría cualquier cosa para acabar con el gobierno de la dinastía política Rahman-Hasina y vengarse de la humillante derrota que sufrió hace casi medio siglo en los albores de la independencia del país de Bengala.
El embajador estadounidense en Dhaka, Peter Haas, se mostró muy activo entonces, reuniéndose abiertamente con líderes de la oposición y activistas de organizaciones no gubernamentales. Al mismo tiempo, según varias fuentes, había un trabajo tácito con “la gente adecuada” en las fuerzas del orden. El golpe en Bangladesh se preparó larga y minuciosamente.
Cuando el partido de Sheikh Hasina ganó las elecciones, hubo voces que afirmaron que los comicios no eran democráticos y no reflejaban la voluntad del pueblo.
La campaña de hoy contra el presidente legalmente Nicolás Maduro, legítimo Presidente de Venezuela, y las protestas masivas en Bangladesh son sorprendentemente similares, a pesar de que los dos países se encuentran en continentes diferentes. La diferencia es que Nicolás Maduro ha demostrado su capacidad para mantenerse firme e impedir que se entierre el legado político de Hugo Chávez, pero Sheikh Hasina no ha resistido la presión y ha fracasado en su intento de aferrarse al poder.
La “revolución de colores” en Bangladesh, en cuyo primer día una turba quemó el museo conmemorativo del padre de la nación Mujibur Rahman y se apresuró a demoler su monumento, está convirtiendo a esta nación de 170 millones de habitantes en una vasta zona de caos e inestabilidad.
El mundo ha recibido la confirmación de que las tecnologías destructivas de los golpes “suaves” a nivel global siguen funcionando.
El desarrollo culminante del golpe
Ya en abril pasado, la Primera Ministra de Bangladesh Sheikh Hasina, había denunciado que Estados Unidos estaba detrás de un proceso de desestabilización para forzar un cambio de gobierno, que la desplazara junto a su partido, la Liga Awami (AL), por dirigentes del Partido Nacionalista de Bangladesh (BNP), más afín a los intereses de Washington.
El partido islamita Jamaat-e-Islami (Congreso Islamista) y su brazo estudiantil, el Islami Chhatra Shibir, fueron los encargados de propiciar la campaña de desestabilización. Aquella denuncia de Hasina, que se comenzó a verificar entre los primeros días de julio y el lunes 5 de agosto, se terminó de concretar con la renuncia de la Primer Ministro Hasina, con la presión militar incluida.
Las largas jornadas de intensas manifestaciones habían puesto al país al borde de una guerra civil, dejando por lo menos 350 muertos; solo el domingo 4 murieron 100, mientras los detenidos habían alcanzado a los 10 mil.
Para este lunes se esperaban manifestaciones masivas en todo el país. Desde las primeras horas de la mañana de lunes, miles de personas se comenzaban a preparar para lo que sería una larga jornada de protestas, que se esperaba fuera la definitiva, pero la cuestión se había resuelto horas antes.

El jefe del ejército, general Waker-uz-Zaman, se hizo cargo de un gobierno provisional, se dirigió al país en un mensaje televisado anunciando la dimisión de Hasina, quien se había marchado a India, y anunció que se reuniría con el presidente de Bangladesh, Mohammed Shahabuddin, para designar a quien deberá liderar el ejecutivo para conducir al país a un nuevo proceso electoral.
“El país ha sufrido mucho, la economía ha sido golpeada, mucha gente ha muerto. Es tiempo de parar la violencia”, expresó el jefe militar. El presidente y el jefe del Ejército se reunieron el mismo lunes con dirigentes opositores tras lo cual “decidieron formar un Gobierno interino inmediatamente”, indicaron en un comunicado.
Para aliviar las tensiones, Shahabuddin levantó el estado de excepción, llamando a los manifestantes a que retornen a sus hogares, mientras se retiraban las barricadas de las calles de Dhaka y se restablecía el servicio de internet.
También ordenó la liberación de las personas detenidas durante las protestas y de la ex primera ministra opositora Khaleda Zia y apasionada partidaria de Estados Unidos y Reino Unido. Zia, de 78 años, estaba detenida desde 2018 por corrupción.
Apenas se conocía la renuncia de Hasina, las multitudes envueltas en festejos ingresaron a la residencia y despacho oficiales de los primeros ministros del país, ubicados en el palacio de Ganabhaban, donde se sucedieron saqueos y el intento de incendiar el recinto.
Simultáneamente, el Ejército y grupos paramilitares iniciaron una feroz persecución contra dirigentes y militantes del partido de la ex Primer Ministra Awami.
Cómo empezó el golpe de EEUU
La crítica situación, que amenazaba con llevar al país a una guerra civil, se había iniciado en los primeros días de julio, en un contexto de gran desempleo, fundamentalmente entre la juventud, segmento en el que 18 millones están desocupados, muchos de ellos universitarios. Las protestas, dirigida supuestamente por estudiantes, estaban dirigidas contra la decisión de la Corte Suprema de anular la decisión del gobierno que pretendía eliminar el cupo para el ingreso a la administración pública del 30 por ciento reservado a veteranos y familiares de la guerra civil, que se libró desde marzo a diciembre de 1971, entre Pakistán Occidental y Pakistán Oriental, lo que posibilitó el surgimiento de la República Popular de Bangladesh.

Más allá de la excusa del cupo, nunca existieron dudas que el verdadero fin de las protestas era la destitución de Hasina, en el poder desde 2009, y que en enero pasado acababa de imponerse para un cuarto mandato consecutivo y cuyo mayor opositor ha sido la embajada estadounidense.
Durante el mandato de Hasina, Bangladesh ha estado mejor que en ningún otro momento de su historia: crecimiento económico, seguridad social, carreteras y puentes, universidades, una frontera fija, producción de gas, centrales nucleares, etcétera.
A lo largo de su extensa carrera política, Hasina quiso mantener, a pesar una postura firme contra la injerencia de EEUU, un muy difícil equilibrio entre Washington, Beijing, Moscú y Nueva Delhi.
Sin embargo, reconocidos especialistas en geopolítica de Eurasia consideran precisamente esa falsa equidistancia y también la soberanía incompleta de Bangladesh los factores claves que crearon condiciones para el éxito de las revueltas fomentadas por los servicios secretos de Estados Unidos a través de agentes directos en la élite del país, agentes a los que Hasina no reprimió ni depuró adecuadamente en nombre de la tolerancia en un intento de construir “buenas relaciones con todos”. Como resultado, los numerosos movimientos patrióticos aliados de Hasina no tenían motivación para defender su régimen.
Esta vez, las fuerzas que protagonizaron las revueltas son inusualmente heterogéneas, y aún no está claro cuál de ellas prevalecerá finalmente (capitalistas compradores proestadounidenses o islamistas matones propaquistaníes o hasta generales prochinos).
Hasina perdió el pretendido equilibrio a medida que el Departamento de Estado, intensifica en el sur de Asia sus acciones contra China. En febrero pasado un “hombre blanco” –tal como lo describió Hasina– exigió que Bangladesh ceda a Estados Unidos una isla en el Golfo de Bengala para instalar en ella una base área, a lo que claramente ella no accedió. Aquella negativa, muy posiblemente, se haya convertido en el tiro de gracia para su gobierno y su carrera política.
Entre dos gigantes
Bangladesh, a medida que se fueron extremando las rivalidades entre China e India, gracias a su estratégica situación geografía incluido el Golfo de Bengala, ha pivoteado entre ambas potencias, cuya relación siempre ha sido muy tensa.
La disputa entre ambos gigantes por dos territorios, uno cercano a Cachemira y el otro en Arunachal Pradesh, ubicados a más de cuatro mil metros de altura, sigue sin resolverse, por lo que siempre se ha mantenido caliente la frontera. El punto más álgido ocurrió entre 20 octubre y el 21 de noviembre de 1962. Durante 31 días, los ejércitos de ambos países tuvieron un breve pero intenso conflicto fronterizo que se saldó con la vida de cerca de seis mil efectivos de ambos bandos.
Bangladesh también cuenta con una frontera terrestre de casi 300 kilómetros con Birmania, país con un amplio litoral sobre el Golfo de Bengala. Birmania es socio estratégico de China, de quien ha recibido grandes inversiones. En 2021 se desató la guerra civil entre la junta militar, que tomó el gobierno el primero de febrero, y numerosos grupos insurgentes étnico regionales. Los combates, que abarcan prácticamente todo el país, han producido un gran desplazamiento de población civil hacia Bangladesh, en donde se han refugiado más de un millón de rohingyas, musulmanes birmanos, que comenzaron a llegar desde 2017, cuando el ejército birmano inició la limpieza étnica del Estado de Rakhine, fronterizo con Bangladesh.
A lo largo de 50 años, Bangladesh ha mantenido una intensa relación económica con Rusia, la que Hasina, en sus quince años a cargo del ejecutivo, se encargó de profundizar, incrementada desde la aparición de los BRICS, lo que iba a hacer que se aplicara el sistema de desdolarización, el mismo que ya aplica Nueva Delhi con Moscú. Dicho proyecto sin duda hizo que Estados Unidos haya acelerado los planes de la CIA.

El largo brazo de la CIA
Con la ida de Hasina del poder, Washington se ha sacado de encima, en menos de dos años, dos figuras claves de la resistencia antinorteamericana en Asia: el ex Primer Ministro pakistaní Imran Khan, derrocado en 2022 y en prisión desde hace un año, y Sheikh Hasina, ya fuera de su país y por su edad, es muy difícil que pueda volver a la actividad política.
La popularidad de la Primer Ministra, tenía bases muy sólidas, afianzadas en el crecimiento económico, que sacó al país de los lindes del Estado fallido, llegando a convertirlo en la segunda economía del sur de Asia. Considerado uno de los tigres en ascenso del continente, apoyándose en la muy discutible industria textil, donde la sobreexplotación de sus trabajadores esclavizados, entre los que se incluyen ciento de miles de menores, posiblemente sea el punto más oscuro de la administración Hasina.
A lo largo del lunes, en previsión de lo que pudiera suceder, el gobierno indio puso a las Fuerzas de Seguridad Fronteriza en alerta máxima, ordenado el cierre de los cuatro mil kilómetros de frontera oriental con Bangladesh, que se extiende a lo largo de cinco estados.
En el sensible espacio Asia-Pacífico, el que Estados Unidos ha diseñado como teatro de operaciones contra China, ha sido al fin despejado de dos de los más importantes referentes antiatlantistas, y sin duda Washington siente ahora las manos mucho más libres para actuar.
Pakistán, tras el derrocamiento de Khan, ha vuelto a convertirse en el de siempre, en la misma base que Estados Unidos utilizó como portaaviones para la guerra contra los soviéticos en Afganistán en los años 80. Lo mismo hizo diez años después durante la guerra contra los talibanes: Washington utilizó a Islamabad durante los 20 años de ocupación, con un altísimo costo de vidas civiles producto de los siniestros “daños colaterales” y abusos de las tropas estadounidenses por las que nadie nunca pagó nada.
Queda por verse si el nuevo gobierno provisional o el sucesor tras las elecciones que se supone serán convocadas, estará dispuesto a mantener el equilibro geopolítico de Sheikh Hasina o será parte del juego de Washington para acorralar a China en una guerra que nadie quiere a excepción de Estados Unidos.