Berlín. Por Wolfgang Munchau, UnHerd

Nota: el autor es un periodista alemán, especialista en economía capitalista, autor del libro de 2009 The Meltdown Years (Los años de la crisis). Sus posiciones políticas son contrarias a cualquier planteamiento antisistema, disfrazado de centro izquierda. Publicamos su análisis para ilustración de los lectores sobre el comportamiento de las fuerzas políticas alemanas tras las elecciones del domingo pasado.
La CDU acaba de declarar la victoria, pero Alemania está tan perdida como siempre. Desde su disfuncional modelo económico hasta su ineficaz ejército, pasando por la falta de liderazgo en Europa frente a las embestidas de Donald Trump, los urgentes problemas de la República Federal no serán resueltos por Friedrich Merz y su coalición ganadora.
El resultado no ha sido ninguna sorpresa. Olaf Scholz queda fuera de juego, su SPD sufre la peor derrota electoral de su historia, con solo el 16.4% de los votos. La CDU y su hermana bávara, la CSU, lo hicieron un poco mejor. Pero su 28.5% combinado –esperaban más del 30%– les impide reivindicar un mandato. Por su parte, la AfD, el partido de extrema derecha apoyado por Elon Musk, obtuvo un 20.8%, lo que le convierte en el principal partido de la oposición.
A la CDU/CSU, dado su cortafuegos contra la AfD, no le queda otra alternativa que formar coalición con el SPD. Angela Merkel gobernó con esta constelación política –la gran coalición– tres veces. Pero no tenía nada de grandiosa; era una coalición de fracasos. No abordó las causas de la desindustrialización ni cumplió los objetivos de gasto en defensa de la OTAN. En cambio, se alió con Vladimir Putin y aprobó los gasoductos del Mar Báltico procedentes de Rusia. No resolvió la crisis económica de la eurozona y apoyó las políticas de inmigración que acabaron dando lugar a la AfD. Esta misma coalición vuelve a estar al mando, aunque bajo un nuevo liderazgo.
El resultado más significativo –y sorprendente– del fin de semana fue el buen resultado del Partido de Izquierda. Aunque en gran medida descartado después de que su política más famosa, Sahra Wagenknecht, se escindiera en 2023 para formar el BSW, el Partido de Izquierda se hizo con el 8.8% de los votos (frente al mísero 4.97% de Wagenknecht, que ni siquiera fue suficiente para obtener un escaño). Esto significa que, juntos, la AfD y el Partido de la Izquierda tienen más de un tercio de los votos del Bundestag, una minoría de bloqueo para muchas votaciones importantes, especialmente para los cambios constitucionales. Esta es la razón crucial por la que los resultados de los partidos pequeños importan mucho más que si los Verdes serán necesarios o no para formar una coalición. Y estos partidos van a ser un verdadero problema para Merz.
Por un lado, el nuevo canciller había querido viajar a la cumbre de la OTAN de junio con un firme compromiso de aumentar el gasto en defensa. Y aunque el Partido de Izquierda y la AfD se odian en todos los demás aspectos, están de acuerdo en que no darán a Merz el dinero para reforzar las Fuerzas Armadas alemanas (Bundeswehr). Más importante aún es el hecho de que no apoyarán una reforma de las normas fiscales constitucionales que Merz y el SPD están pidiendo desesperadamente.
El freno constitucional a la deuda de Alemania se introdujo en 2009 durante la época de bonanza de la globalización industrial, ya desaparecida. Las normas, que limitan estrictamente el endeudamiento público, dictan que si Alemania quiere gastar más dinero en defensa y ayuda a Ucrania, tiene que ahorrarlo de otra parte. Pero políticamente, ahorrar en gasto social para pagar a Ucrania no tocaba. Es una de las razones por las que la última coalición se vino abajo. Y la nueva coalición está a punto de encontrarse en un aprieto similar, ya que incluso con los Verdes, siguen sin alcanzar la mayoría de dos tercios necesaria para introducir cambios constitucionales.
Como resultado, el Partido de Izquierda, que en principio apoya las reformas del freno de la deuda, se encuentra ahora ejerciendo un poder fundamental en el Parlamento alemán. Si queremos saber si Alemania va a abordar sus problemas más urgentes –gasto en defensa, inversión en infraestructuras, digitalización, reforma económica– no podemos hacerlo sin hablar del Partido de Izquierda. Sucesor del antiguo Frente Nacional de la República Democrática Alemana (FNDA) germano-oriental y fijo en la escena política alemana desde la unificación, el partido parecía acabado en 2023. Incluso en octubre del año pasado, sólo contaba con un 2.5% en las encuestas, muy por debajo del umbral del 5% necesario para entrar en el Parlamento alemán.
Pero entonces, cuando el Gobierno de Scholz se derrumbó a principios de noviembre, el Partido de Izquierda consiguió celebrar su primera conferencia sin acritud en muchos años. Con la marcha de Wagenknecht, que se oponía a la inmigración y se negaba a condenar la invasión rusa de Ucrania, desaparecieron también los grandes debates ideológicos. Y en la recién armoniosa reunión, el partido eligió a un nuevo y vibrante dúo de dirigentes, entre los que se encontraba la hasta entonces desconocida Heidi Reichinnek.
A principios de año, la joven política pronunció un discurso en el Bundestag contra las políticas migratorias de Merz que se hizo inmediatamente viral. Y en un extraordinario cambio de rumbo, el Partido de Izquierda se ha convertido en el mayor partido de los jóvenes, justo lo contrario de lo que ocurrió en 2021, cuando su núcleo de apoyo estaba formado principalmente por pensionistas de Alemania del Este.
El éxito del partido se produjo principalmente a costa de los Verdes, tras su decisión de mostrarse abiertos a una coalición con Merz. Los Verdes siempre han estado divididos entre fundamentalistas y realistas. El principal atractivo de los realistas solía ser que electoralmente tenían más éxito. Pero ya no es así. Robert Habeck, ministro de Economía, quería ser socio de coalición de Merz. Y, en una época en la que los votantes premian a los partidos que se mantienen fieles a sus principios, Heidi Reichinnek fue capaz de recoger a todos esos votantes de izquierdas distanciados.
Y así, Alemania se está dividiendo entre la izquierda y la derecha, con el llamado centro apretujado en medio. Los partidos de “centro” tienen gran parte de la culpa: irónicamente, el cortafuegos que erigieron para protegerse de la derecha sólo ha servido para fortalecerla, junto con la izquierda. De hecho, Alice Weidel, la líder de la AfD, predice que su partido superará a la CDU/CSU en los próximos cuatro años. Creo que es realista. En ese momento, los partidos “centristas” no tendrían más remedio que coaligarse entre sí para poder gobernar. La mayoría de dos tercios está perdida.
Mientras tanto, el “centro” simplemente no tiene espacio fiscal para marcar una diferencia económica significativa. El programa electoral de Merz contenía 100 mil millones de euros de promesas sin financiación. Esto se suma al déficit de 600 mil millones de euros en esas promesas de gasto comprometidas por gobiernos anteriores. Sin el freno de la deuda, su situación fiscal sería la misma que la de Francia.
¿Cómo podría Alemania quitar el freno fiscal? Hay tres posibilidades. Merz podría declarar el estado de emergencia. Sólo se necesita una mayoría simple de votos para aprobarlo. Pero hay condiciones estrictas para su aplicación y es difícil imaginar a un gobierno decretando el estado de emergencia fiscal para justificar un mayor gasto en defensa.
Otra opción sería la creación de un vehículo extrapresupuestario destinado a un fin específico. Esto ya ha ocurrido en el pasado: se activó para que el fondo de clima y transición de 150 mil millones de euros pagara las inversiones de Net Zero y requeriría una mayoría de dos tercios para ser aprobado.
La última opción es la reforma constitucional del freno a la deuda, un procedimiento largo que requeriría los votos del Partido de Izquierda.
No hay soluciones obvias para la situación actual de Alemania. Yo no descartaría totalmente una reforma del freno de la deuda, pero será pequeña y se limitará a delimitar la inversión en infraestructuras.
Mientras tanto, el Partido de Izquierda pondrá las cosas difíciles, especialmente en materia de defensa. El Gobierno podría, por supuesto, gastar menos en bienestar, pero le costaría encontrar un acuerdo político al respecto. Lo que no puede hacer, sin embargo, es destinar a defensa el “Fondo para el Clima y la Transición”. Eso también requeriría una mayoría de dos tercios.
He aquí el problema de la Alemania moderna. Es el mismo problema que aqueja a la UE. Para hacer algo se necesita una mayoría. Se supone que así se protege el statu quo y se evitan cambios innecesarios. Pero cuando el cambio es necesario, se produce un bloqueo devastador.
¿Puede otra coalición de “centristas” miopes detener el declive de la economía, solucionar el fracaso del liderazgo y liberar a la nación de su perniciosa trampa política? Creo que conocemos la respuesta.