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Aleida Guevara y la solidaridad con Nicaragua

La Habana. Por Gabriel Vera Lopes, Brasil de Fato

Aleida Guevara y la solidaridad con Nicaragua La Habana. Por Gabriel Vera Lopes, Brasil de Fato

Aleida Guevara es una prestigiosa pediatra cubana. A sus 62 años, es la mayor de los cuatro hijos de Aleida March y Ernesto Guevara, el Che. A lo largo de su vida ha recibido varias condecoraciones internacionales en reconocimiento a su intenso activismo por la paz mundial. Es autora de varios libros, entre ellos MST, la semilla de la esperanza.

Sentada en el balcón de su casa, recibe a Brasil de Fato para una larga conversación, en la que repasa su vida y la de sus padres. De espíritu inquieto, Aleida habla mientras recibe decenas de llamadas telefónicas: actividades políticas, profesionales y familiares se entremezclan en las conversaciones.

“No tenía siete años cuando murió mi padre. Recuerdo viajar en coche, mirar por la ventanilla y de repente ver montones de fotos suyas. Fotos enormes. Yo aún no sabía leer, así que no sabía muy bien lo que decían. Pregunté a la gente por qué tantas fotos de mi padre. Nadie me contestó. Había mucha tristeza en las calles. Fue la primera vez que me di cuenta de que mi padre era alguien importante”, cuenta Aleida.

El Che derriba muros

“No me di cuenta de su importancia hasta mucho después. Siempre sentí el afecto de la gente. Cuando aún era una niña, veía todo el tiempo el afecto de la gente por mi familia, pero no sabía muy bien por qué”.

“Hasta que crecí y me di cuenta de que mi padre derribaba los muros. Allá donde iba, había grandes muestras de cariño… siempre algo extraordinario para el Che. Creo que eso me dio una mejor idea de lo que era mi padre. Siempre decimos que el argentino realmente derribó fronteras. Culturas tan lejanas, tan diferentes, y sin embargo el hombre siempre está muy presente”, añade.

La imagen del Che pronto se convirtió en una de las más reconocibles en todo el mundo. En 1960 –el año en que nació Aleida– Estados Unidos saboteó un barco en un puerto cubano, con el resultado de 100 muertos y 200 heridos. En respuesta, una multitud se congregó frente al cementerio para enterrar a las víctimas de la explosión. En medio de la multitud, un joven fotógrafo llamado Alberto Korda estaba grabando el acontecimiento, y aquella tarde del 5 de marzo de 1960 tomaría una foto que pasaría a la historia: una imagen de Ernesto “Che” Guevara con una boina negra mirando a lo lejos.

Korda conservó la fotografía hasta siete años después, cuando el artista Jim Fitzpatrick la reprodujo tras el asesinato del Che. Aquella imagen se convirtió en una de las más reproducidas de la historia.

El Che fue asesinado por la CIA en Bolivia en 1967, cuando Aleida era todavía una niña. Su asesinato le convirtió en un símbolo de rebelión contra la injusticia en todo el mundo y en una de las personalidades más conocidas del planeta.

“Hace muchos años, me invitaron a Brasil a participar en un desfile de carnaval. Habían montado un homenaje a la Revolución Cubana. Pensé que sólo iba a ver el desfile, pero cuando llegué me subieron a un carrito, imagínese”, recuerda Aleida entre risas.

“Había un tipo vestido como mi padre que estaba muy nervioso. Cuando entré en el cochecito, pensé ‘Dios mío, qué es esto’. Porque, claro, en Cuba algo así se consideraría una falta total de respeto. Tiempo después, cuando mi madre se enteró, se enfadó mucho conmigo”.

“Ella no entendía por qué yo había aceptado a ese muchacho a mi lado disfrazado de mi padre. Discutimos mucho, le dije: ‘Mamá, el carnaval para la gente de Brasil es una expresión popular, para ellos no es una burla’, pero no me hizo caso… se enfadó conmigo y estuve castigada cerca de un mes”.

Aleida March, forjadora de valores

Su madre, Aleida March, fue una de las primeras militantes del movimiento revolucionario 26 de Julio. Nacida en Santa Clara, se unió al movimiento en 1956. Participó en diversas tareas en la red de apoyo a la guerrilla urbana. En 1958 conoció a Guevara en Santa Clara, en vísperas de la ofensiva revolucionaria contra la dictadura de Batista. Años más tarde, Aleida March publicó unas memorias tituladas “Evocaciones”, en las que relata su vida con el Che. Aleida, su hija, la describe como la mejor novela que ha leído en su vida.

“Hay un librito que acabamos de hacer y se titula «Che Guevara, Aleida Guevara, los valores que me enseñó mi padre». Pero en realidad, debería decir “los valores que me enseñó mi madre”. Porque fue ella quien me educó. Mi padre era el hombre conocido, el ejemplo de revolucionario integral, un hombre magnífico. Pero si hoy somos hombres y mujeres socialmente útiles es gracias a mi madre.

“Las cosas que mi mamá nos hizo sentir desde pequeños, como el orgullo de ser hijos de ese hombre. Pero al mismo tiempo, saber que íbamos a recibir muchas cosas por ser sus hijos, pero teníamos que mantenernos firmes y renunciar a todo lo que no nos hubiéramos ganado por nosotros mismos. Eso era básico en la vida”, reflexiona.

El compromiso ético siempre fue fuerte en el hogar de March y Guevara. La historia es bien conocida y retrata la imaginación y el compromiso con que estos jóvenes se empeñaban en construir un mundo nuevo:

Tras el triunfo de la revolución, el Che trabajaba como ministro de Industria. En una reunión de trabajo, un colega le dijo que la comida que se entregaba a domicilio no era buena. El Che se sorprendió y le preguntó por qué había dicho eso. El compañero le contestó que tal vez eso no ocurría en su casa porque él recibía una cuota especial de alimentos. Al llegar a su casa, el Che le preguntó a su esposa, Aleida March, si además de la comida que se entregaba a todos los cubanos por libreta, entraba algo más en la casa. Y ella respondió que sí, una pequeña cuota especial. El Che se mostró inflexible y pidió que se prohibiera la entrada de cualquier otra cosa que no fuera lo que la gente comía.

“Crecimos como jóvenes cubanos normales, sin ningún tipo de privilegio, sin ningún tipo de diferencia. Y mi mamá era un bastión, una barrera contra todo lo que pudiera ser diferente. Ni más ni menos. Ella no permitía ninguno de los extremos. Estaba justo en el medio. Y así nos educó”, dice Aleida.

«Ramón Benítez», el disfraz del Che

Habló de otros momentos de la carrera de su padre. En 1966, el trabajo de disfrazar al Che corrió a cargo de un veterano militante comunista llamado Luis Carlos García Gutiérrez. A lo largo de los años, Gutiérrez, a quien todos llamaban Fisín, perfeccionó su oficio. Desde antes del triunfo revolucionario, Fisín se había encargado de disfrazar a decenas de camaradas para que pudieran escapar de la persecución y la muerte.

Tras la retirada del Congo en 1965, el Che se escondió durante varias semanas en la embajada cubana de Dar es Salaam, la capital de Tanzania. Allí, Fisín tuvo que enfrentarse a una de las tareas más difíciles de su vida: hacer irreconocible la imagen del Che, que ya era una de las figuras más reconocibles del mundo, y permitirle adoptar una nueva identidad.

El trabajo de Fisín dio a Guevara un aspecto totalmente distinto. Calvo, con aspecto de persona más gorda, gafas de cristales gruesos y un cambio en su dentadura –que le hacía distorsionar el habla–, el líder revolucionario adoptó la identidad de “Ramón Benítez”, el nombre que le daban sus pasaportes falsos. De esta forma, el Che regresó a Cuba en 1966, clandestinamente, para preparar su próxima misión en la selva boliviana.

“La última vez que lo vi, ya estaba disfrazado del viejo Ramón Benítez”, recuerda su hija. “Antes de irse, quiso vernos para despedirse. Pero nadie podía saber que era él, ni siquiera nosotras, que éramos demasiado pequeñas y no podíamos decírselo a nadie. Esa noche, mi madre nos llevó a cenar con él, que se presentó como amigo de mi padre”, cuenta Aleida.

“Cuando llegamos, se presentó y dijo que era español, que por eso hablaba así. Yo le miré y le dije ‘pero si no pareces nada español’ y entonces todo el mundo se quiso morir”. Todos imaginaron que si una niña de cinco años se daba cuenta, sería un problema con ese disfraz. Pero él estaba muy tranquilo y, con una sonrisa, me preguntó: ‘¿Por qué dices eso? ‘ Y yo le respondí simplemente: ‘Se me ocurrió’”.

Sólo los colaboradores más cercanos del Che sabían que estaba en Cuba. Durante su estancia en el país, hasta la cena con su familia el 2 de noviembre de 1966, el Che sólo se había encontrado con Fidel Castro, Orlando Borrego y un grupo de colaboradores cercanos, con quienes había organizado a los guerrilleros que lo acompañarían a Bolivia.

“Antes de que nos viera, mi madre le había dicho que yo había aprendido todos sus gustos, por lo que tenía que tener mucho cuidado para no levantar sospechas. Cuando mi padre bebía vino, le añadía un poco de agua. Pero aquella noche, el viejo Ramón se sirvió vino tinto puro. Al verlo, me levanté de mi asiento y le grité: “¡Ves, no eres nada amigo de mi padre!” Todos me miraron sorprendidos, pero él volvió a preguntarme con calma: “¿Por qué dices eso?” Y yo le contesté que mi padre no bebía el vino así, sino con agua porque así sabía mejor. Así que me levanté y le puse agua en el vaso”, cuenta Aleida.

Aleida se ríe mientras cuenta la anécdota. Se divierte recreando la inocencia de aquella niña que ponía nerviosos a los adultos. Su forma de reír tiene una expresividad contagiosa que transmite simpatía. Y mientras habla, es imposible no darse cuenta de la similitud de sus gestos con los que podrían aparecer en las fotos del Che.

Aleyda y Celia Guevara

Solidaridad con la Revolución Sandinista

Desde finales de la década de 1950, en Nicaragua se libra una larga lucha contra la dictadura de la familia Somoza. Casi 20 años después, el 19 de julio de 1979, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) derrotó al ejército y tomó el control de la capital del país, Managua. La Revolución Sandinista había triunfado. Dos años más tarde, en 1981, el gobierno de Ronald Reagan en Estados Unidos comenzó a financiar a grupos armados que se enfrentaron a la revolución sandinista mediante diversos actos terroristas. Estos grupos pasaron a ser conocidos como “contras”.

“Estados Unidos se había prometido a sí mismo no permitir que ocurriera otra Cuba en América Latina. Por eso estaban detrás de todos los golpes de Estado en el continente. Así que cuando triunfó la revolución en Nicaragua, fue realmente impensable y extraordinario”, reflexiona Aleida.

En aquella época, Aleida estudiaba medicina. La certeza de querer ser médico siempre la había acompañado. Cuando nació su hermano pequeño, su madre le permitió ayudarla a cuidar de los puntos que le habían dado tras la cesárea en la que había dado a luz. Desde los primeros tiempos en que cuidaba de su madre, siempre que le preguntaban qué quería ser de mayor, Aleida respondía que médico.

A principios de la década de 1980, las acciones de los Contras sumieron a Nicaragua en una escalada de violencia. Sus ataques sistemáticos contra la población civil tenían como objetivo sembrar el terror y el caos. En aquel momento, el gobierno sandinista solicitó ayuda médica a Cuba para poder atender a su población. El objetivo no era sólo atender al número de heridos que habían dejado los enfrentamientos, sino también empezar a saldar las deudas históricas de Nicaragua con respecto a la salud de su población.

“En ese momento, Cuba no tenía suficientes médicos para enviar a Nicaragua. Entonces Fidel convocó a los jóvenes que estudiaban medicina para darles la opción de hacer el último año y graduarse en una pasantía internacionalista en Nicaragua. Muchos decidimos ir, convencidos de que era nuestro deber ayudar”, recuerda.

Nacida poco después del triunfo de la revolución, Aleida creció con los cambios que se produjeron en la isla. Si los años 60 y 70 fueron décadas de enorme politización del pueblo cubano, en su caso a ello se sumó el hecho de proceder de un hogar de comunistas históricos. A los 15 años comenzó su militancia en la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC). Ya en sus años universitarios, era una joven rebelde con poca paciencia para dejarse llevar por las cosas que no le parecían bien.

“Fue una experiencia impactante: llegamos a una Nicaragua en guerra. Nos dieron la orden expresa de que no podíamos intervenir en los debates internos del país. Sólo colaboraríamos como médicos. Esa fue siempre una lección que, como cubano, pero sobre todo como médico, tuve siempre presente: la tarea de uno es ir a ayudar, no interferir y decir cómo deben hacerse las cosas”.

Nicaragua fue una gran escuela para aquellos jóvenes. El sueño de la revolución parecía haberse reavivado tras los genocidios contra revolucionarios perpetrados en el Cono Sur, durante las dictaduras de Brasil. Argentina, Uruguay y Chile. Aleida habla, alternando recuerdos de decenas de episodios que ilustran la vida cotidiana de aquellos años. Sin embargo, comenta que lo que más le impactó fue la oportunidad de comparar los logros que había conseguido su país con los esfuerzos que estaba haciendo otro para dejar atrás años de opresión.

La amenaza estadounidense de invadir Nicaragua le impidió cumplir todos los años que pensaba permanecer en el país. Poco después de regresar a Cuba, decidió enrolarse en otra misión médica internacional, esta vez en Angola. Aunque el país se había independizado de Portugal en 1975, tras declararse independiente, se vio sumido en una guerra civil fomentada por la Sudáfrica del apartheid.

A través de todas estas experiencias, Aleida aprendió y construyó el internacionalismo práctico de Cuba. La solidaridad que esta pequeña isla caribeña extendió a los pueblos del mundo. La misma solidaridad internacional con las luchas de los pueblos del mundo por la que el Che dio su vida. Aleida destaca lo que considera la más importante de estas experiencias: aprender a escuchar y aprender del pueblo.

“El hombre o la mujer que decide ser médico sabe que tiene que dedicarse totalmente a la salud y a la vida de la gente. Mi padre también solía decir que un médico que sólo sabe de medicina ni siquiera sabe de medicina. Y es cierto”, reflexiona Aleida.

“El médico tiene que tener un diapasón muy grande, porque es la persona que está más cerca del dolor humano. Así que el médico se convierte en un centro muy importante de la comunidad. Cuando es médico de verdad, no hablamos de mercenarios de la medicina. Aquellos que sólo van a consultas privadas para sacar dinero a la gente y beneficiarse del dolor humano. No hablo de ellos, hablo de médicos que lo sienten de verdad. Saben que la medicina no es una mercancía, es un derecho humano, y como tal debe ser respetado.

Centro de Estudios Che Guevara

¿Por qué el Che tiene esa peligrosa costumbre de seguir naciendo? se pregunta el escritor uruguayo Eduardo Galeano en su poema “El Nacedor”. La pregunta quizá vuelva a formularse en 2023, año en que se cumple el 95 aniversario del nacimiento del Che Guevara.

Frente a la casa donde creció Aleida, se está terminando de construir el Centro de Estudios Che Guevara. Junto con su madre y un equipo de investigadores y educadores, dirigen el proyecto, que pretende investigar y divulgar la obra del líder revolucionario.

“El Che es un hombre que vivió muy poco tiempo, fue asesinado cuando tenía 39 años. Pero en ese periodo de vida fue muy productivo. Siempre estaba creando, siempre estaba hablando y siempre estaba actuando. Es un gran pilar para la formación de valores humanos. Y tenemos que aprovecharlo”, reflexiona Aleida.

“Sobre todo en las generaciones más jóvenes. De ahí la importancia del Centro de Estudios que, en una de sus facetas más importantes, está investigando cómo llegar más a los jóvenes y a los niños, cómo hacer que la imagen del Che sea más digerible para todos estos grupos de diferentes edades, para que puedan tenerlo como un amigo. Como alguien con quien pueden contar”.

“Para eso estamos trabajando, estamos buscando la manera de llegar a ellos con historias para poder llegar a ellos con cosas sencillas sobre el Che que les lleven a buscar más información y a estudiar la obra del Che con más profundidad”, añade.

43 Aniversario

Radio Segovia, La Poderosa del Norte.

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