Managua. Por Rosario Murillo, Copresidenta de Nicaragua.

Parte inicial de su intervención cotidiana a través de Multinoticias, del canal 4 de televisión, martes 19 de mayo
¡Cuánto orgullo se vio ayer en toda la patria linda, la patria buena, la patria que tanto queremos! ¡cuánta alegría! ¡cuánta celebración del nacimiento de un héroe inigualable, incomparable!
¡Cuánto celebramos y agradecemos al Padre Celestial, porque llegó a Nicaragua, surge de la sangre, del nervio de la raza nicaragüense, que sabe de luchas, que sabe de honor!
¡Cuánto nos ha dado ese valiente Sandino y cuánto nos da, y cómo sentimos la fuerza de su alma en cada uno de nosotros, la fuerza de su espíritu!
Y mientras vemos los cielos iluminados de esta Nicaragua bendita y llena de amor, nuestro pensamiento va hacia aquellos que se empeñan en hacer mal –los terroristas errantes les llamo yo– los del odio, la miseria, la maledicencia, los fabricantes de calumnias, los roba honras, los chapuceros de todo tiempo, los malvados, los perversos, los que ya no son ni serán nicaragüenses porque les falta amor.
Esos mentecatos, que viven de los demás y de la sangre que siguen succionando como vampiros, no tienen valor, ni sabiduría, ni humanidad verdadera. ¡Son ególatras!
Los industriales de desgracias: la desgracia para ellos es una industria y pretenden recibir pago de quienes los contratan por fabricar desgracias o fabricar idea de desgracias al antojo de cada uno; los que se ahorcan en su propia vejez espiritual, los que no pudieron, ni podrán, son los vagos, los miserables, los de pacotillas y pandillas, los que se creen más y son cada vez menos.
Los que no saben amar, los forajidos, los fingidos, esos no tienen perdón de Dios, porque no hablan el lenguaje de Cristo y porque en su burda y falaz grandilocuencia y en su vulgar arrogancia sólo se buscan ellos mismos en todos los espejos, y al buscarse, ni en los espejos se encuentran; porque son fantasmas de otro tiempo, y los fantasmas no se ven en los espejos. Y son tiempos idos, vencidos, superados, enterrados por el amor del pueblo. Tiempos de maldad, de malignidad, de infiernos creados por la crueldad, por el odio.
Ellos, los falaces que se dicen “profetas”, así se ven en su absurda vanidad y en el vacío que les inunda, no puede ser inundado por el vacío y creerse lo que no es, ni será; ellos no son hermanos de nadie, solo entre ellos mismos en sus afanes maléficos, porque allí es donde cubren de cuervos, de zopilotes, la sangre que nadie olvida, los cadáveres que ellos mismos dejaban tendidos en las calles, fruto de sus miserias humanas.
Esas calles hoy están llenas de color, de valor, de arte, de cultura, de alegría, de tradición, de orgullo patrio. Ellos ya no están y el luto, la tristeza se fue con ellos. Vivimos tranquilos, vivimos con alegría, vivimos en seguridad y paz, y nosotros a los usurpadores de prestigios ajenos, les decimos: nadie, absolutamente nadie los escucha, porque son nadie y son fantasmas, figuras fantasmagóricas creadas por la amargura y el odio dentro de ellos mismos, condenados a vivir íngrimos, errantes, en soledad de soledades, en desprecio y más desprecio.
Aquí les decimos: ¡Nunca más la oscuridad! ¡Ahora sí libertad, dignidad, orgullo, fraternidad! Nicaragua triunfa, en paz y verdadera unidad, en hermandad cristiana, socialista y solidaria.
Al decir lo que nos corresponde decir frente a los fantasmas, a los cuervos, a los falsos profetas, cuando decimos lo que decimos, no solo lo sentimos y lo vivimos, sino que somos voz de todos los que sabemos luchar, defendiendo nuestro honor desde el amor, que es el mandato supremo de nuestro Cristo Jesús.