Managua / La Habana. Por Walter C. Sandino / Revista MELLA, de Cuba

Recientemente hemos encontrado entre nuestros archivos familiares una Revista cubana llamada “MELLA”, en honor al héroe cubano Julio Antonio Mella, quien fue un precursor de la revolución cubana y fue asesinado vil mente en Ciudad de México, después de haber mantenido una buena comunicación epistolar con el Gral. Sandino.
Este testimonio, recogido por la redacción del periódico MELLA, narra la conversación con el Coronel Santos López, lugarteniente y único sobreviviente del asesinato del General Augusto C. Sandino. López recuerda que se unió a las fuerzas sandinistas siendo apenas un niño de doce años, movido por su admiración hacia el “General de Hombres Libres”. Relata cómo en los primeros tiempos los combatientes contaban con muy pocas armas, sufriendo constantes bombardeos de la aviación estadounidense, y cómo aprendieron a enfrentarse con tácticas guerrilleras que les permitieron resistir con valentía en las montañas segovianas.
En su relato, López describe la dureza de la guerra y la crueldad de los marines norteamericanos, a quienes llamaban “machos”. Según su testimonio, las tropas invasoras cometían atrocidades contra los campesinos, incendiaban sus hogares y asesinaban familias enteras. Frente a esas barbaries, los guerrilleros respondían con justicia y disciplina, destinando todo lo que capturaban –incluso dinero obtenido de los prisioneros– a fortalecer su lucha por la soberanía. Con el tiempo, Santos López ascendió rápidamente en el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional, llegando a capitán a los catorce años y a coronel a los diecinueve, gracias a su valor demostrado en combate.

Finalmente, López revive con dolor los acontecimientos del 21 de febrero de 1934, cuando Sandino fue traicionado y asesinado en Managua tras una reunión con el presidente Sacasa. Él logró escapar milagrosamente de la emboscada que acabó con la vida del General y su escolta, sufriendo graves heridas durante su huida hacia Honduras. Veintisiete años después, su testimonio reafirma la verdad de aquellos hechos que marcaron la historia de Nicaragua: la lucha heroica de Sandino y sus hombres contra la intervención extranjera, y la fidelidad inquebrantable de quienes, como Santos López, sobrevivieron para mantener viva su memoria.
Perfil biográfico
La biografía más prominente sobre un “Santos López” es la del Coronel Santos López, un Héroe Nacional de Nicaragua, quien nació el 12 diciembre de 1914 y falleció en Cuba en 1965. El Coronel Santos López fue un combatiente sandinista que luchó junto a Augusto C. Sandino desde joven, llegando a ser su ayudante personal y coronel del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional.
Tras el asesinato de Sandino, se exilió en Cuba, pero regresó para unirse a la lucha contra la dictadura, siendo un enlace vital entre la generación de Sandino y el nuevo Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).
Juventud y lucha sandinista: Se unió a las tropas de Sandino a los 12 años en 1926 y formó parte del grupo conocido como “Coro de Ángeles”. Ascendió a coronel y fue designado ayudante personal de Sandino.
Legado y vínculo con el FSLN: Sobrevivió a la masacre de Sandino y se refugió en Honduras. En la década de 1960, se convirtió en un eslabón histórico, transmitiendo sus experiencias y colaborando con la fundación del FSLN junto a Carlos Fonseca, entre otros. Organizó la jornada guerrillera de Raití y Bocay con Carlos Fonseca Amador.
Últimos años y reconocimiento: Falleció en Cuba en 1965 debido a un cáncer pulmonar, con su cuerpo cubierto de heridas de bala. Reconocido y sepultado por la Revolución Cubana como Comandante de la Revolución.
En 1984, sus restos fueron repatriados a Nicaragua y descansan junto a los de Carlos Fonseca, siendo declarado Héroe Nacional.

Entrevista completa
Habla el lugarteniente de Sandino: “Contábamos con el entusiasta y decidido apoyo de todos los campesinos”
Revista “MELLA”, órgano de la Asociación de Jóvenes Rebeldes. Año XVII, Número 197, La Habana, 5 de septiembre de 1961, páginas 26 a 29
Un día del mes de agosto la redacción del MELLA recibió una visita inesperada: el único sobreviviente de las personas que estuvieron con el General Sandino, hasta unas horas antes de ser asesinado.
La precisión con que nuestro interlocutor nos apretó la mano y la elasticidad de sus movimientos, nos hizo pensar de inmediatamente en el guerrillero sandinista.
En nuestra mente se proyecta la imagen del General de Hombres Libres, el visionario que cuando vio extenderse sobre su país los tentáculos del pulpo imperialista yanqui, se irguió homéricamente con un puñado de valientes, haciéndose fuertes en las intrincadas y peligrosas montañas nicaragüenses.
¿Qué edad tenía cuando ingresó en las fuerzas sandinistas?
– Doce años…
El asombro de todos los presentes no puede ser ocultado.
– Mire, yo salí de casa con el pretexto de hacer un mandado. Pero tan pronto estuve alejado de la casa me interné en el monte hasta que hice contacto con la “gente del General”. Mi primera batalla la gané ese día, pues como era un “zipote” (muchacho) la gente en el campamento no me quería dejar. Pero al fin los pude convencer y me dejaron…
Continúe su narración –le replicamos todos los presentes, cuando el Coronel Santos López hace un alto en su conversación en espera de que le formulásemos una nueva pregunta.
– Pues bien, al principio me destinan en el campamento a quehaceres de poco peligro. Buscaba agua, carne, etc.
¿Y cómo era la vida en el campamento?
– Cuando el General decidió atrincherarse en las montañas, le siguieron unos trescientos hombres, que eran los que había allí cuando yo llegué. El General hablaba diariamente con nosotros y se mostraba en sus conversaciones gran interés por los campesinos y su bienestar. Usted sabe, al principio teníamos muy escasas armas y muy poco parque. La aviación de los yanquis –que ya estaba de lleno en Nicaragua– nos tenía sometidos a diarios bombardeos que comenzaban a las seis de la mañana y terminaban a las seis de la tarde.

¿Podían defenderse ustedes de la aviación?
– ¡Cómo no! En aquellos primeros días, que yo recuerdo, le tumbamos más de cinco aparatos. Nosotros tirábamos con la única ametralladora que teníamos, la que por faltarle el culatín de madera se calentaba tanto, que a todos los que la manejábamos se nos formaba tremenda ampolla en el hombro.
¡Síganos contando!
– Una vez cogimos dos “machos”.
¿Qué son los “machos”?
– Nosotros le decíamos “machos” a los gringos. Es una forma despectiva de calificarlos, pues allá llamamos “machos” a los mulos de carga… Como le iba diciendo… cogimos dos “machos” que iban tripulando uno de los aviones que tumbamos. Personalmente les hice prisioneros y los conduje al campamento. Nosotros casi no teníamos ropa y la única que disponíamos era la que les quitábamos cuando los hacíamos prisioneros. Y qué sorpresa cuando lo registré los bolsillos a uno de los pantalones de los “machos” ¡tenía guardado en los mismos 35 mil dólares! A los aviadores de aquella época, al igual que los de hoy en día, el imperialismo norteamericano les pagaba cifras astronómicas, por tal de que sirvieran a sus siniestros planes de exterminio de la población de cualquier país.
¿Qué hizo con el dinero?
– Se lo llevé inmediatamente al General Sandino. Todo el dinero que nosotros le ocupábamos a los “machos” lo destinábamos a la compra de armas, comestibles y otros artículos necesarios que podíamos conseguir. Después de esta pequeña aventura, ya el General comenzó a confiar en mí. Empecé a salir en pequeños grupos hasta que aprendí rápidamente todos los secretos de la “guerra de guerrillas”.
El Coronel Santos López, aunque por su modestia lo oculta, desde un principio se destacó como un hábil guerrillero, alcanzando pocos meses después de su ingreso los grados de sargento y teniente; llegando a capitán cuando sólo tenía catorce años de edad.
Mientras… ¿Cómo transcurría la cosa?
– Todo iba bien. Cada día nos hacíamos más fuertes y contábamos con el entusiasta y decidido apoyo de todos los campesinos. Los “machos” con fuerzas combinadas de la Guardia Nacional, trataban de cercarnos, aunque nunca podían conseguir sus fines.
Bueno, ¿y los marines yanquis qué hacían?
– Los “machos” tenían un miedo que se “aciscatan”. Eran un dengue. Disparaban siempre como los habían enseñado en las academias militares, de pie. Y como no estaban acostumbrados a la “guerra de guerrillas”, casi siempre les hacíamos blanco, se entregaban en calidad de prisioneros.
¿Qué hacían con los prisioneros?
Al principio lo tratábamos bien. Pero después ellos comenzaron a cometer atrocidades. Frecuentemente encerraban a los campesinos en sus bohíos y prendían fuego a los mismos con la gente adentro. Otras veces fusilaban a familias completas.

¡Bárbaros, es la exclamación que se hace común entre todos los presentes.
– Pues eso no es nada! Ellos llegaban hasta “pelotearse” criaturas de meses…
¿Y qué es eso?
– Un “macho” le lanzaba una criatura de meses a un compañero suyo y éste la ensartaba con la bayoneta. Aquel espectáculo era algo impresionante. Las pequeñas criaturas eran lanzadas al monte por los “machos”, las que eran devoradas por los tigres… Por eso después cuando cogíamos prisioneros no los perdonábamos. Inmediatamente se les seguía proceso y se les ajusticiaba. Dejábamos siempre vivo dos, a los que les quitábamos las ropas y los zapatos para que le fueran a contar a sus compañeros, para ver si escarmentaban, ¡pero nada!
¿Cómo alcanzó el grado de Coronel?
– Bueno, yo no lo quería aceptar, pues todavía era un “cipote” que tenía solamente 19 años. Pero fue el General quien me obligó a que lo aceptara. Todo sucedió porque un día salí de recorrido con cinco de mis hombres y mientras descansábamos fuimos sorprendidos por una patrulla combinada de guardias nacionales y marines, que estaba integrada por 35 hombres. Cuando nos dimos cuenta ya estábamos rodeados. Le eché mano a mi “Browning” y le dije a los hombres que teníamos que morir peleando!… Luchamos tan encarnizadamente que les hicimos tantas bajas, al enemigo que se dio a la fuga.
El Coronel Santos López era el Lugarteniente de Sandino y el único sobreviviente de la escolta que lo acompañaba cuando fue vilmente asesinado a la salida de la Casa Presidencial, en Managua.

¿Qué nos puede decir de la muerte del General?
– Era el día 21 de febrero (1934) y el General como lo había hecho en días anteriores, partió hacia la Casa Presidencial con objeto de continuar sus conversaciones con el Presidente Sacasa. Ese día el General me dejó a mí en la casa en que nos hospedábamos donde vivían dos o tres personas más. El General me había dicho que regresaría a comer, pero viendo que ya eran las seis de la tarde y no regresaba me comencé a impacientarme. Así transcurrió como hasta las ocho y media. A esa hora sentimos que la casa donde estábamos comenzó a ser rodeada. Inmediatamente empuñé mi arma. Las descargas de la guardia nacional en contra nuestra no se hicieron esperar. Todos los grandes de la casa perecieron. Yo me refugié en la puerta trasera. La casa casi la derribaron lanzando sobre el techo granadas de mano.
En medio de la oscuridad me dije: “¡tengo que escapar!”. Emprendí el ascenso por una chimenea exterior que salía de la pared trasera. La chimenea estaba que ardía a causa del calor que había estado sometida todo el día. Yo casi no podía aguantar las quemaduras. Pero al fin, cogí el techo y, saltando de uno en otro pude alcanzar las afueras de la ciudad. Durante veinte días consecutivos gravemente herido en una pierna, sin agua, alimentos, ni ropas estuve sometido a una feroz persecución hasta que logré internarme nuevamente en las montañas y pasar la frontera que limita con Honduras.
Han transcurrido veinte y siete años (entrevista publicada en 1961) y todo aquello que parecía una leyenda es sin embargo una palpable realidad… Hemos charlado con el Coronel Santos López, Lugarteniente del General Sandino y único sobreviviente de aquella abominable masacre.