General Zeledón analiza el principio de la no intervención. Publicado en el Diario Barricada el 27 de septiembre de 1981
Indudablemente que hasta muy entrados los tiempos modernos fueron múltiples las intervenciones de unos países en los negocios de otros. Roma ataca unas veces y favorece otras; pero casi siempre subyuga y conquista: sed insaciable de poder la de aquel pueblo heroico, por muchos títulos respetables y por muchas razones digno de la execración.
El alma colectiva de la Grecia se subleva ante esa alternativa de poder entre Atenas y Tebas; y de ahí que hayan venido intervenciones, surgido alianzas y sobrevenido guerras. El poder imperial de los tiempos medievales se acentúa sobre vasallos, emperadores y príncipes feudatarios; y, por consiguiente, se hace árbitro indiscutible en sus asuntos. La Santa Alianza sustenta principios erróneos, que después son seguidos sin escrúpulos por los congresales de Aix-la-Chapelle (formación de la llamada “Europa de los Congresos”, cuando Francia y las cuatro naciones victoriosas de las guerras napoleónicas: Reino Unido, Austria, Prusia y Rusia, que formaban la Cuádruple Alianza, se unen para mantener su dominio y evitar las guerras entre ellos).
Esta es la verdad histórica y lo explicado por eminentes, por profesores en la materia. Todo ello acompañado de la razón que fue quizá suficiente en aquellos tiempos. Mas como esos tiempos, aunque no muy lejanos son ya pasados, también se fueron con ellos los principios dominantes. Al presente, esas flagrantes violaciones del Derecho Internacional, ya no tienen explicación satisfactoria.
Defensa de los países débiles
El principio de la “No Intervención” tiene ya carta de ciudadanía adquirida, universalmente es bien visto y respetado, y verdaderamente que él encarna el reconocimiento de los más sagrados derechos inherentes a la prosperidad de las naciones.
Ese principio honradamente entendido y aplicado es una completa garantía de los derechos fundamentales de los países débiles. Sin el respeto a él, sin su aplicación a los casos concretos, no se conciben la existencia, la soberanía e independencia y, especialmente, la igualdad de los Estados. Necesario ha sido, pues, establecer como principio general que un Estado no tiene derecho de inmiscuirse en los asuntos de otro u otros.
Dicho esto, se ve muy natural y lógico que Míster Roosevelt haya dicho (ver nota al pie): “Ninguna nación débil, que demuestra tener valor y amor a la justicia, debe temer nada a las potencias militares así como ninguna de éstas tiene el derecho de agredir impunemente a nadie, por el sólo derecho de la fuerza” y que Míster Elihu Root (secretario de Estado de Roosevelt) se haya expresado en estos términos: “No queremos nosotros adquirir la posesión de ninguno de esos países. Y estamos decididos a que ninguna otra nación lo haga. Por lo tanto para prever la necesidad de lo primero y para evitar la posibilidad de lo segundo, queremos nosotros ayudar a los países de la América Central, para que ellos mismos se gobiernen en paz, orden y prosperidad”.
Los dos grandes políticos mencionados, al pensar y expresarse de tal modo, no hacen más que ser consecuentes con lo que el insigne James Monroe dijo solemnemente –ante el Congreso de Washington en diciembre de 1823– en su mensaje célebre, que en lo que se refiere a política exterior, sintetizó lo que desde entonces se ha llamado doctrina de Monroe.
En efecto, Monroe se expresó así en aquel histórico documento: “La política que con respecto a Europa hemos adoptado, consiste en no mezclarnos jamás en los asuntos interiores de ninguna de las potencias que forman ese continente, y nos será igualmente imposible permanecer indiferente ante la intervención que éstas intentaran en América, bajo cualquier forma que fuera”.
Grandes tratadistas de Derecho Internacional dicen que tal declaración hizo eco en el Parlamento inglés, porque con ella había quedado resuelta, de una manera clara la cuestión de las colonias españolas.
De suerte que la frase “América para los americanos”, en vez de establecer el tutelaje del Norte sobre el Sur de América, pone a esta parte del continente en alta categoría con respecto a los pueblos de la vieja Europa.
Nosotros nada tenemos que temer a esa doctrina que, a decir de profesores meritísimos, bien interpretada, no es sino la expresión clara del importantísimo principio de la No Intervención, principios que reconocen hoy todos los políticos verdaderos y que es ya una ley internacional dominante en época actual: ya no más intervenciones europeas en América; ya no más colonizaciones europeas en territorio americano: tal es el fondo integro de la doctrina examinada.
Los peligros que se han visto en esa doctrina, son imaginarios, por lo tanto ningún peligro se desprende que no haya más intervenciones europeas en América, y muchos menos de que no haya más colonizaciones europeas en territorio americano.
Y por lo que hace al peligro que se ha visto en los Tratados Centroamericanos, firmados en Washington en 1907, creyéndose que ellos son el más seguro paso que se ha dado para llegar a perder definitivamente la soberanía de los países del istmo, ese peligro no se desprende del texto de los mismos tratados que no le dan ningún derecho de los Estados Unidos del Norte ni a México: Ni de los principios contenidos en la doctrina de Monroe, según lo dejamos explicado, ni de las ideas de Roosevelt ni de Root; antes, por el contrario, los tratados de Washington, cumplidos con honradez, asegurarían las paz de Centroamérica; la doctrina asegura legaliza los derechos fundamentales de los países sudamericanos; y Roosevelt y Root, no sólo no justifica la intervención sino que la condena, afirmando que nada tienen que temer del coloso del norte nuestros débiles países.
Los peligros que nos amenazan de muerte no dependen de la doctrina de Monroe, ni de los tratados de Washington, ni de ningún principio de derecho abstracto o escrito; dependen de que un gobierno imperialista, arbitrario y que representa a un pueblo fuerte, sin ajustarse a más principios que al de la fuerza de sus cañones y al de su conveniencia propia, intenta formar de nuestro pueblo un mercado y para ello trata de arrebatarnos nuestra libertad, soberanía e independencia; persigue esclavizarnos.
Abrid los ojos nicaragüenses. ¡Valdría más que una vida de esclavos, una muerte de libres!
Nota 1: Primer discurso inaugural de Theodore Roosevelt, del 4 de marzo de 1905, juramentado tras la muerte del presidente William McKinley, que murió asesinado a balazos el 14 de septiembre de 1901. Roosevelt fue presidente hasta el 4 de marzo de 1909. Puede leer el discurso íntegro, en inglés, en este enlace.
Nota 2: Elihu Root fue secretario de estado de Theodore Roosevelt en sus ocho años como presidente de Estados Unidos, al dar inicio a la Conferencia de Paz Centroamericana celebrada en Washington el 14 de noviembre de 1907, dijo lo siguiente:
El pueblo de Estados Unidos cree sinceramente en los principios que ustedes buscan aplicar a la gestión de sus asuntos internacionales en Centroamérica. Anhelan sinceramente el triunfo y el control de los principios de libertad y orden en todo el mundo. Desea especialmente que las bendiciones derivadas del control de esos principios sean disfrutadas por todos los pueblos de nuestras repúblicas hermanas del hemisferio oriental, y creemos además que, desde el punto de vista más egoísta, será para nuestro interés tener repúblicas pacíficas, prósperas y progresistas en Centroamérica.
Solo las ambiciones de individuos que se preocupan más por sus propios intereses que por el bien de su país pueden impedir que los pueblos de los estados centroamericanos convivan en paz y unidad.