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Lecciones vitales de Grecia antigua para China y EEUU

Saint Paul, Minnesota. Por Andrew Latham, The Conversation

Lecciones vitales de Grecia antigua para China y EEUU Saint Paul, Minnesota. Por Andrew Latham, The Conversation

La llamada trampa de Tucídides se ha convertido en un elemento básico de los comentarios sobre política exterior en la última década, invocada regularmente para enmarcar la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China.

Acuñada por el politólogo Graham Allison –primero en un artículo de The Financial Times de 2012 y luego desarrollada en su libro de 2017 “Destinados a la guerra”– la frase hace referencia a una frase del antiguo historiador griego Tucídides, que escribió en su «Historia de la Guerra del Peloponeso»: “Fue el ascenso de Atenas y el miedo que esto infundió en Esparta lo que hizo inevitable la guerra”.

A primera vista, esto proporciona una analogía convincente y convenientemente empaquetada: las potencias emergentes provocan ansiedad en las establecidas, lo que lleva al conflicto. En el contexto actual, la implicación parece clara: el ascenso de China está abocado a provocar una colisión con Estados Unidos, como Atenas lo hizo en su día con Esparta.

Pero este planteamiento corre el riesgo de aplanar la complejidad de la obra de Tucídides y distorsionar su mensaje filosófico más profundo. Tucídides no estaba articulando una ley determinista de geopolítica. Estaba escribiendo una tragedia.

¿La historia se repite como tragedia?

Tucídides luchó en la Guerra del Peloponeso en el bando ateniense. Su mundo estaba impregnado de la sensibilidad de la tragedia griega, y su narrativa histórica lleva esa impronta por todas partes. Su obra no es un tratado sobre la inevitabilidad estructural, sino una exploración de cómo la fragilidad humana, los errores políticos y la decadencia moral pueden combinarse para desencadenar una catástrofe.

Esa sensibilidad trágica es importante. Mientras que los analistas modernos suelen buscar patrones predictivos y explicaciones a nivel de sistema, Tucídides llamó la atención sobre el papel de la elección, la percepción y la emoción.

Su historia está llena de los efectos corrosivos del miedo, las seducciones de la ambición, los fracasos del liderazgo y el trágico desenlace del juicio. Se trata de un estudio sobre la arrogancia y la némesis, no sobre el determinismo estructural.

Mucho de esto se pierde cuando la expresión “trampa de Tucídides” se eleva a una especie de cuasi–ley de la política internacional. Se convierte en la abreviatura de lo inevitable: el poder aumenta, el miedo responde, la guerra sigue.

Pero al propio Tucídides le interesaba más saber por qué el miedo se apodera de uno, cómo la ambición tuerce el juicio y cómo los líderes –atrapados en un pasillo cada vez más estrecho de malas opciones– se convencen a sí mismos de que la guerra es el único camino viable que les queda. Su narrativa muestra cómo el conflicto a menudo no surge de la necesidad, sino de una mala interpretación, un error de cálculo y pasiones desvinculadas de la razón.

Incluso Allison, a su favor, nunca afirmó que la “trampa” fuera ineludible. Su argumento central era que la guerra es probable pero no inevitable cuando una potencia emergente desafía a otra dominante. De hecho, gran parte de los escritos de Allison sirven como advertencia para romper con el modelo, no para resignarse a él.

En este sentido, la “trampa de Tucídides” ha sido mal utilizada tanto por comentaristas como por responsables políticos. Algunos la tratan como una confirmación de que la guerra está integrada en la estructura de las transiciones de poder –una excusa para aumentar los presupuestos de defensa o para hablar duro con Pekín– cuando en realidad debería provocar la reflexión y la moderación.

Si leemos con atención a Tucídides, veremos que la Guerra del Peloponeso no se debió únicamente a un cambio en el equilibrio de poder. También tuvo que ver con el orgullo, los errores de juicio y la incapacidad para dirigir con sabiduría.

Consideremos su famosa observación: “La ignorancia es atrevida y el conocimiento reservado”. No se trata de una idea estructural, sino humana. Se dirige directamente a quienes confunden el impulso con la estrategia y la fanfarronería con la fuerza.

O tomemos su escalofriante formulación: “Los fuertes hacen lo que quieren y los débiles sufren lo que deben”. No es un apoyo a la realpolitik. Es un trágico lamento sobre lo que ocurre cuando el poder se vuelve irresponsable y se deja de lado la justicia.

Visto así, la verdadera lección de Tucídides no es que la guerra esté predestinada, sino que se hace más probable cuando las naciones permiten que el miedo nuble la razón, cuando los líderes confunden las poses con la prudencia y cuando las decisiones estratégicas están impulsadas por la inseguridad y no por la claridad.

Tucídides nos recuerda lo fácil que es que la percepción se convierta en percepción errónea, y lo peligroso que resulta cuando los líderes, convencidos de su propia virtud o necesidad, dejan de escuchar a cualquiera que discrepe.

Las verdaderas lecciones de Tucídides

En el contexto actual, invocar la trampa de Tucídides como justificación de la confrontación con China puede hacer más mal que bien. Refuerza la idea de que el conflicto ya está encarrilado y no puede detenerse.

Pero si hay una lección en “La Historia de la Guerra del Peloponeso”, no es que la guerra sea inevitable, sino que se convierte en probable cuando el espacio para la prudencia y la reflexión se derrumba bajo el peso del miedo y el orgullo.

Tucídides no ofrece una teoría de la política internacional, sino una advertencia, una admonición a los líderes que, atenazados por sus propias narrativas, conducen a sus naciones hacia un precipicio.

Evitar ese destino exige un mejor juicio. Y, sobre todo, exige la humildad de reconocer que el futuro no viene determinado únicamente por las presiones estructurales, sino por las decisiones que toman las personas.

(*) Andrew Latham es profesor de Ciencias Políticas, Macalester College de Saint Paul, en el estado de Minnesota.

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