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La lucha de Panamá por su Canal y por su soberanía

Por Cirilo Montes Zúñiga, Revista venezolana Élite, jueves 23 de enero de 1964

La lucha de Panamá por su Canal y por su soberanía Por Cirilo Montes Zúñiga, Revista venezolana Élite, jueves 23 de enero de 1964

Introducción

En la época colonial Panamá era parte del virreinato de la Nueva Granada, bajo el imperio español, fundado en 1739, y al obtener su independencia en 1821, voluntariamente se anexó a Colombia. El expansionismo comercial de Estados Unidos requería una fácil comunicación entre el Atlántico y el Pacífico, y después de estudiar diferentes proyectos, entre los que estuvo el Istmo de Tehuantepec de México, decidió abrir el canal, pero repleto de dificultades promovió y ayudó a la separación de Panamá, que constituyó una república independiente. Esta ayuda no era desinteresada.

Como pago de su segunda independencia, la nueva república debería permitir la apertura del canal y ceder su uso a perpetuidad a Estados Unidos. Claramente se ve que en el convenio al efecto formulado, intervino la fuerza y en derecho puede considerarse que el tratado es nulo por falta de libertad al celebrarlo. En 1903 el imperialismo yanqui estaba en todo su apogeo. Panamá sin posible defensa, se vio obligada a ceder a perpetuidad la Zona del Canal, renunciando a su soberanía mediante una “indemnización” de diez millones de dólares y el compromiso de entregar una renta anual de doscientos cincuenta mil dólares.

El buque estadounidense de guerra USS Ancon en 1914 mientras navega por una esclusa del recién terminado Canal de Panamá.

En 1964 habían pasado 61 años desde que la República se había separado de Colombia; sin embargo los panameños estaban inconformes porque pese a esto, no se podía transitar libremente en el territorio nacional. Por esto un grupo entre 150 y 200 estudiantes del Instituto Nacional de Panamá se propuso izar el Pabellón Nacional (restaurado), en la Escuela Superior de Balboa (Balboa High School), situada en la zona; donde ahora se encuentra el Centro de Capacitación de la Autoridad del Canal de Panamá.

Para 1964, en aproximadamente cincuenta años de operación, los panameños consideraban que Estados Unidos ha recuperado con creces su inversión, y en cambio ellos, soportando una ocupación militar y administrativa, recibieron sólo las migajas.

Ese año, el jueves 9 de enero, la chispa que encendió la pólvora fue una acción de los estudiantes norteamericanos residentes en la Zona del Canal, considerada ofensiva por los panameños, puesto que violaba el tratado sobre el protocolo del izamiento de banderas y asumía proporciones de reto. Cuando los estudiantes panameños, a su vez, quisieron contrarrestar la ofensa con el izamiento de su propia bandera en la Zona del Canal bajo el dominio yanqui, la riña estalló, el enojo se generalizó y la intervención, a fuego graneado, de los soldados yanquis de la base del Canal contra la multitud encrespada, dio al zafarrancho nivel de gravísima tragedia.

El presidente panameño Roberto F. Chiari rompió relaciones con los Estados Unidos y advirtió que no las reanudaría hasta que se revisaran las condiciones del tratado. El embajador panameño ante la ONU, Aquilino Boyd, afirmó que habían sufrido una agresión injustificable.

Ambas partes acordaron cese de fuego, luego de que los combates causaron numerosas bajas entre los panameños, que a su vez respondieron con francotiradores y empuje de muchedumbres al ejército yanqui de ocupación, haciéndole también bajas considerables, se dispuso la vigilancia de la zona del Canal conjuntamente por panameños y norteamericanos y el izamiento de banderas de uno y otro país en las escuelas de la zona de fricción.

Pero el aspecto fundamental del descontento, el tratado de control del canal, se dejó pendiente. El Presidente Lyndon B. Johnson se negó a revisar las cláusulas del ominoso tratado y el Secretario de Estado, Dean Rusk, trató de eludir la responsabilidad manifiesta de su gobierno, acusando de avivar los disturbios al “castrocomunismo”.

Miguel J. Moreno Jr., a quien el presidente de Panamá Roberto F. Chiari nombró em- bajador representante de Panamá ante la OEA, refutó semejante afirmación el 4 de febrero de 1964:

«El Gobierno de Panamá se ve en la necesidad de rechazar esta interpretación que, además de ser contraria a las realidades de los hechos, vendría a desvirtuar en movimiento de pura esencia nacional, nacido por el impulso idealista de jóvenes estudiantes que tuvieron el heroísmo de defender con sus vidas el derecho del pabellón panameño a ondear en la Zona del Canal, que es territorio panameño. En el movimiento de los estudiantes ni siquiera se ha destacado un líder. Fue un movimiento (…) espontáneo y honrado, sin intenciones políticas de ninguna clase. Cuando ese movimiento adquirió los caracteres de una resistencia nacional ante la patriótica actitud del jefe del Estado (Roberto F. Chiari), la nación panameña respondió con un apoyo irrestricto al Gobierno Nacional con olvido de los diferencias políticas. Si hubiera sido un movimiento de inspiración comunista, o movido por resortes ocultos, extraños al patriotismo panameño, habrían salido a la superficie los presuntos lideres deseosos de sacar provecho del descontento creado por la agresión armada. Habría sido así un fenómeno natural. Y no fue así. La nación panameña hizo frente, como una sola unidad, a la agresión, y se produjo una solidaridad ejemplar entre el Gobierno y su pueblo».

Los sangrientos sucesos de enero de 1964, no obedecieron solo a causas coyunturales, particularmente por la arrogancia de los “zonians” de no permitir que la bandera panameña ondeara junto a la de Estados Unidos en la Escuela Superior de Balboa, desobedeciendo un compromiso adquirido entre los dos gobiernos, sino a causas estructurales que venían dándose desde inicios de la República como reacción a las ignominiosas cláusulas del Tratado Hay-Bunau Varilla, y que en los años cuarenta y cincuenta cobraron fuerza de la mano de los sectores estudiantiles hasta desembocar en una eclosión popular nacionalista que cambiaría para siempre el devenir de la historia de las relaciones entre Panamá y Estados Unidos.

La más importante consecuencia de la rebelión estudiantil del 9 de enero de 1964, con un saldo sangriento de más de 20 panameños asesinados y decenas de heridos, que en Panamá se celebra anualmente como el «Día de los Mártires», es que condujo finalmente a una renegociación del tratado original de 1903 y se recuerda comúnmente como el principio del fin de la Zona del Canal de Panamá. La firmeza y audacia del líder panameño General Omar Torrijos (1929-1981), combinadas con el realismo político del ex presidente de EEUU James Carter, llevaron a ambos países a firmar un nuevo tratado en 1977 y permitió a Panamá recuperar su soberanía mediante el 31 de diciembre de 1999.

En este artículo, el periodista venezolano Cirilo Montes Zúñiga relata algunos antecedentes de lo ocurrido en Panamá en 1964.

El Canal de Panamá: un mundo de oro y otro de plata

En el Mundo de Oro viven los blancos de USA y unos pocos privilegiados latinoamericanos; el idioma Español está proscrito y las cabelleras rubias y los ojos azules asoman por todas partes.

En el Mundo de Plata moran los panameños, los latinoamericanos, los indios de San Blas y los negros descendientes de los jamaiquinos que los norteamericanos trajeron a Panamá para trabajar en la construcción del Canal. En este Mundo de Plata se habla el Español, algunos dialectos de los indios y el inglés de los negros.

Una tarjeta amarilla, con el nombre del portador y el color de su piel, determina el Mundo a que pertenece cada persona. Si la tarjeta dice color “white” –blanco– un Mundo de Oro, y alegría está por delante; pero si la tarjeta indica el color brown, moreno, o black, negro, un Mundo de bajos salarios, de miseria y promiscuidad es el que se abre para los hombres, las mujeres y los niños.

La sangre que ha corrido en estos días en la República de Panamá –más de 20 muertos, estudiantes en su mayoría, y unos 300 heridos– es la primera cuota de sacrificio al por mayor que los panameños han entregado en una lucha declarada por reivindicar la soberanía de la Patria y la dignidad de sus hijos. “Panamá, país nacido a la vida independiente sin luchas y sin sangre, sin actos de heroísmo y sin el sacrificio de ningún mártir”, está ahora frente a la dura prueba, convencida de que la soberanía, la libertad y la independencia no se logran a través de tratados fraudulentos, ni en cónclaves de paletó, levita y copas de champaña.

Eusebio Morales, uno de los preclaros fundadores de la Patria Panameña, dice que “aún entre los mismos promotores del movimiento independentista había hombres que no creían en la permanencia de lo que estaban fundando y para quienes lo esencial era resolver un problema económico inmediato y personal, antes que reconocer el espíritu y consagrar la existencia de una nacionalidad”. “La debilidad del sentimiento de la propia nacionalidad, la falta de fe en la propia existencia soberana, la falta de confianza en la propia capacidad como entidad independiente, y el pesimismo más profundo respecto de los destinos Nacionales”, son lacras que el doctor Eusebio Morales señaló a sólo 13 años de la proclamación de la República de Panamá; y esas faltas, sean cuales fueren sus orígenes y sus protagonistas sean las que ahora se proponen corregir y superar, a costa de todo sacrificio, las generaciones panameñas que concurren a la lucha en este decisivo año de 1964.

9 de enero de 1964: Panamá 1964, estudiantes panameños dialogan con el director una escuela yanqui en la Zona, antes de izar la bandera de su país en el edificio escolar.

En la Segunda Guerra Mundial

Hasta finales de 1941, la lucha del pueblo panameño por conseguir un mejor trato en la Zona del Canal había sido silenciosa, casi siempre circunscrita a los estrechos linderos del territorio nacional y a los entretelones del poderoso Departamento de Estado y el débil Ministerio de Relaciones Exteriores de Panamá.

Para 1936, Washington admite unas leves reformas al Tratado de 1903 Hay-Bunau Varilla, mediante el cual Panamá arrendó a perpetuidad a los Estados Unidos una faja de su territorio en la cual se construyó el famoso Canal interoceánico. Fue firmado a sólo pocas semanas de haberse proclamado la independencia, y concede a “Estados Unidos todos los derechos, poder y autoridad, que aquéllos poseerían si fueran soberanos, con entera exclusión de la República de Panamá”.

Al producirse el ataque japonés a la fortaleza de Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941, millares de soldados, aviones, barcos y submarinos norteamericanos fueron desplazados hacia la Zona del Canal. Seguidamente, millares de técnicos aumentaban el fardo humano en el territorio canalero y se aceleraron y ampliaron grandes trabajos de defensa en la mencionada zona. Por cada norteamericano que llegaba, aparecían cien y hasta mil panameños y de otros países, deseosos de contribuir con su trabajo a la rápida construcción de las obras de defensa que el Gobierno de Estados Unidos proyectaba y ejecutaba.

Y fue entonces que, para su decepción, los latinoamericanos descubrieron que el Canal de Panamá no era otra cosa que un rígido Campo de Domesticación, dirigido, administrado y comandado por unos hombres que tenían los mismos prejuicios raciales que los Nazis de Hitler y para quienes la democracia era un sistema consagrado a hacer felices a los norteamericanos blancos, relegando a modos de vida inferior a los hombres y mujeres de Panamá, y a los trabajadores que habían llegado de distintos países de la América Hispana.

Discriminación racial

Cuando los primeros grupos de trabajadores panameños y latinoamericanos se presentaron en masa a presentar sus servicios en la Zona del Canal, éstos descubrieron el abismo de la discriminación, no sólo racial, sino económica. Fueron alineados en grandes colas delante de unas ventanillas, desde las cuales unos hombres y mujeres que sólo hablaban inglés los interrogaban con aires de amos.

Después de 2 y 3 días de llevar sol y sereno, llenados los primeros requisitos, tomadas las huellas digitales, etc., fueron pasados, por grupos, a unos cuartos, en los cuales, completamente desnudos, los hombres eran examinados exhaustivamente por enfermeros, practicantes y posiblemente médicos, quienes tampoco hablaban el idioma español ni los dialectos de los indios de San Blas. Finalmente, aquellos hombres –entre quienes había obreros calificados, semiprofesionales y estudiantes– recibían una Tarjeta Azul, denominada “Identification Card” en la que constan nombre y apellido del poseedor, su nacionalidad, edad, peso, estatura y, sobre todo, el color de piel.

10 de enero de 1964: ls estudiantes muestran los jirones de la bandera de Panamá, destrozada por los estudiantes yanquis de la Zona del Canal.

Así, los panameños, los indios, los negros y los latinoamericanos entraban en el Mundo de Plata. Viajarían en camiones descubiertos todos los días a su trabajo, en cargamentos humanos; los que no tuviesen vivienda ni familiares, vivirían en campamentos colectivos, dentro de la Zona del Canal, sin permiso para moverse a otros sitios; comprarían en Comisariatos del llamado Silver Roll (Lista de Plata), pero sólo tendrían derecho a hacer compras por 50 dólares quincenales; en caso de enfermedad grave irían a hospitales distintos de los que usaban los norteamericanos; asistirían a Iglesias y Capillas también discriminadas; y sus hijos, si los tenían en edad escolar, podrían inscribirse en las escuelas destinadas a los niños con piel oscura.

Para la transportación de los sábados y domingos tenían autobuses marcados con las palabras Silver Roll, ya que los otros transportes tenían un letrero frontal que decía: White People Only, que significa “para gente blanca solamente”. Y por último, el salario que iba de 19 hasta 49 centavos de dólar, pues los salarios del Gold Roll o Mundo de Oro comenzaban en 50 centavos, aun cuando la escala de sueldos era para los pocos latinos que habían sido incluidos en el Gold Roll (Lista de Oro).

Los sueldos de los norteamericanos –de los “american citizens” (ciudadanos de EEUU)– comenzaban con los 95 centavos de dólar por hora, más 25 por ciento adicional por servicios en el extranjero –foreign service–, paga que no recibían los panameños –ni blancos, ni negros, ni indios ni morenos– no obstante que eran considerados “extrangers” en la propia Zona del Canal de Panamá. Los norteamericanos casados tenían los mejores apartamentos y casas; y los solteros eran ubicados en los llamados “bachellor quarters” (viviendas para solteros dentro de una base militar). Gozaban de comisariatos ilimitados, de excelentes cines gratuitos, de mejores hospitales, de clubs para divertirse, jugar y beber, y de restaurantes de primera y muy económicos. Sus iglesias y capillas eran limpias y blancas; y sus hijos asistían a las mejores escuelas que el mundo educacional de la época podía ofrecer.

Tal es la diferencia de aquellos dos mundos, el de Oro y el de Plata, que coexistían en la estratégica y trágica Zona del Canal de Panamá. En las márgenes del Canal, en su cabecera del Pacífico y en su cabecera del Caribe, Panamá y Colón, las dos principales arterias comerciales de la República, colindan con la Zona, una tierra que soberanamente es suya, pero en la cual ellos son extranjeros que en su inmensa mayoría se mueven en el Mundo de Plata.

Hechos ingratos de la discriminación racial en la Zona del Canal La discriminación racial en la Zona canalera es ingrata, y no repara en categorías. Ilustres panameños de tez cobriza, y ya no digamos los de ascendencia negra, han pasado momentos de humillación en los establecimientos comerciales de la Zona.

De ahí que honorables familias panameñas sin pergaminos raciales se cohibían de visitar, y aún desconocen, esa maravilla que es el Canal de Panamá. Fui testigo de lo que le ocurrió a un distinguido político venezolano, quien fue echado de un Club Restaurant por un Military Police (policía militar) por considerar que aquel sitio era sólo para blancos. Igual le ocurrió a un destacado científico centroamericano.

Con sobrada razón el gran poeta colombiano Jorge Artel, en 1946 me decía: “No voy a la guerra a matar nazis pues quiero reservarme para acabar con estos arios que custodian esta tierra de Rogelio Sinán”. Sinán, poeta de gran sensibilidad, diplomático y profesor universitario, terció en la charla para agregar: “Que Dios te oiga, Jorge Artel, y que me permita acompañarte en tan redentora tarea”. Estas palabras, las de Artel y las de Sinán, no eran salidas de buen humor, sino expresión íntima de dos valores de la intelectualidad americana, quienes, por otra parte, mantenían muy contrarios puntos de vista en relación con el nacimiento de Panamá como República Soberana.

Manos de mujeres panameñas cosieron los jirones de su bandera.

Los sábados panameños

Las noches sabatinas de los años de la segunda guerra mundial –1941 a 1946– que fue la época de la más aguda discriminación contra los panameños, y al mismo tiempo el período más floreciente para el comercio del país, abunda en hechos y contradicciones. Eran los tiempos en que Panamá estaba sembrada por todas partes de cabarets y prostíbulos.

La ciudad que apenas tiene 90 mil habitantes y que vive un régimen de oscuridad, es decir de black-out (apagón) en el argot de guerra estadounidense, recibe una sola noche más de 30 mil soldados dispuestos a divertirse, todos con sus carteras repletas de dólares y todos decididos a disfrutar de ratos de intimidad con las mamacitas que, contratadas o voluntariamente, pululan y repletan los numerosos cabarets panameños y las casas de licencioso vivir que se abren en toda la periferia de la ciudad, desde Calidonia hasta El Chorrillo, dos barrios de insalubres cuarterías y de abundante población de color.

Una ciudad a obscuras, con 30 mil soldados sueltos, es una ciudad tomada por un ejército ansioso de borrachera y de placeres. Así, para complacencia de los dueños de cabarets y cantinas, es decir, para provecho de una de las ramas más fuertes del comercio panameño de los tiempos de guerra, la ciudad nocturna se rinde en los brazos de los soldados, al son de los tamboritos, al ritmo de la cumbia y la euforia que despierta la mejorana.

Pero los soldados yankis son niños malcriados y egoístas y saben que ellos mandan, pues de ellos es el dinero. Intempestivamente se cansan de la música panameña, o de la artista criolla que en el show del cabaret canta una canción panameña. Comienzan con “muuuuu”, luego arrecia la rechifla, para completar el escándalo con un colectivo y desconcertante “sharap!”… “sharap!!!”.. ..”sharap!!”…. hasta que la orquesta y la artista panameña se callan y los alegres muchachotes del Army (Ejército) logran que les pongan música y canciones norteamericanas.

Pero esta actitud de los soldados norteamericanos no siempre encuentra panameños receptivos a esta clase de política de buen vecino. Y entonces surge el pereque, en medio de una lluvia de golpes, y de sillas y mesas que cruzan a la refriega. La pelea es a golpes limpios, salpicada de insultos que en repetidas ocasiones acusan roces entre el Gobierno de Panamá y las omnipotentes autoridades de la Zona del Canal.

– ¡Panameños negros! –ruge un soldado en la oscuridad.

– ¡Yankis bandidos! –riposta un trompetista criollo.

– ¡Matemos a estos patanes! –tercia un rabioso soldado puertorriqueño que siempre va a favor de los panameños.

Al final, llega la Guardia Nacional de Panamá y la Policía Militar de la Zona canalera. Diez heridos de ambas partes, un reguero de sangre panameña y sangre americana y unas sillas destrozadas. La Guardia Nacional se lleva a los panameños y la Policía Militar se lleva a sus soldados. Un universitario reclama, dice que el hecho ha sido cometido en territorio panameño y que todos deben ir presos a las cárceles panameñas. Los policías militares sonríen. Saben que ellos mandan aquí y mandan allá. Saben que si la Guardia Nacional apresa a un norteamericano entonces el Comando General declarará a “Panamá of-limit” (prohibido, vedado) lo que significa que los muchachos del Army recibirán órdenes de abandonar la ciudad.

El estudiante panameño comprende la amarga realidad. Sin aquellos insolentes soldados, los cabarets y las cantinas se quedan solitarios y Panamá se convierte en un cementerio. El dólar impone condiciones. A lo lejos, en la madrugada, se escucha un tamborito:

“Panameño, panameño,
panameño, vida mía,
yo quiero que tú me lleves
al tambor de la alegría”.


1964 es decisivo para la República de Panamá
El blanco traje “montuno” y la colorada “pollera” que los panameños y las panameñas llevan como vestimenta típica en sus carnavales, se ha cambiado ahora por un traje de medio luto y una falda gris. Los estudiantes panameños, antes dicharacheros y mamadores de gallo, caminan silenciosos por la Avenida Kennedy, antes Avenida 4 de Julio, borde fronterizo entre Panamá y la Zona del Canal.

Esta arteria limítrofe pasa frente a la antigua universidad panameña. Desde las ventanas de la Universidad los jóvenes ven a los marinos yankis. Una bandera panameña fue arriada y destrozada por unos jóvenes estudiantes norteamericanos de la Zona del Canal. Panamá ha entregado su primera cuota de sangre al por mayor: más de 20 muertos y 300 heridos constituyen el saldo de los incidentes que se vienen desarrollando desde el l0 de enero de 1964.

La prensa de todo el mundo ha condenado la posición de los Estados Unidos. Panamá reclama una revisión total del Tratado Hay-Bunau Varilla, Pues considera que el status actual es violatorio de su soberanía. Con Panamá está la opinión pública internacional y cuenta con el respaldo decidido de todos los países americanos, desde México hasta la Argentina.

Por este Canal, que le ha partido en dos su territorio y que le ha arrebatado su soberanía, Panamá recibió primeramente 250 mil dólares anuales; después, el Presidente Roosevelt elevó la cuota a 430 mil, y hace apenas 10 años el extinto presidente Remón obtuvo una anualidad de un millón con 930 mil dólares. Pero la administración del Canal brinda a los Estados Unidos una renta de más de 72 millones por año, siendo público y notorio que las entradas del Canal han amortizado muchas veces el costo de su construcción.

43 Aniversario

Radio Segovia, La Poderosa del Norte.

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