Beirut. Por Alastair Crooke (*), Al-Mayadeen

En las elecciones al Parlamento Europeo de este mes, los votantes de la mayoría de los 27 países de la Unión Europea se unieron a partidos que desprecian al lejano establishment de la UE.
En Francia, el otrora partido tabú Agrupación Nacional superó al partido del presidente Emmanuel Macron por más de 2 a 1; en Alemania, el partido del canciller Olaf Scholtz, el veterano Partido Socialdemócrata se desplomó hasta el 13% de apoyo de los votantes, al mismo tiempo que se hundían los demás componentes de la coalición de gobierno. Los Verdes se sumergieron hasta el 12% y el FDP se quedó al borde del mínimo 5% (el nivel de entrada al parlamento alemán).
Se ha escrito mucho para defender que el centro del Parlamento Europeo “se mantuvo”, pero incluso eso está en el aire hasta que los recién elegidos eurodiputados se reúnan, primero para aprobar el grupo de altos cargos de la UE: los tres “Presidentes” –de la Comisión, del Consejo y del Parlamento– más el Alto Representante de Asuntos Exteriores (es decir, el canciller de la UE).
Las elecciones fueron solo al Parlamento Europeo, un órgano que no legisla en la UE, pero que se supone que ejerce una vigilancia general. De momento, es objeto de una intensa lucha intestina.
Las verdaderas elecciones en Europa en estos días son las elecciones nacionales que son en sí mismas un indicador. Las votaciones decisivas tienen lugar a nivel nacional, y no en el centro supranacional de Bruselas.
Las verdaderas elecciones se están celebrando en Francia y el Reino Unido, a pesar de que este último está fuera de la UE. No obstante, el voto británico será un importante indicador de la opinión europea, precisamente porque su clase dirigente se ha hecho conocida por su conformidad con las políticas de EEUU.
La corriente anti-Establishment y antiburocrática entre los votantes ha asombrado y desconcertado a las élites. El partido gobernante británico, el venerable Partido Conservador, está siendo derrotado y podría no sobrevivir como entidad política significativa después del 4 de julio.
En Alemania, la coalición “semáforo” (por los colores rojo, amarillo y verde de las banderas de los partidos que la integran) que encabeza Scholtz tampoco sobrevivirá, tras sus calamitosas elecciones europeas. El Gobierno de Scholz tiene un déficit presupuestario de 40 mil millones de euros. Esa es la cantidad estimada que deben recortar en el gasto federal para tapar el agujero. En los tres partidos se está formando un consenso en torno a la idea de que la coalición, gravemente debilitada, no puede sobrevivir a otra dura disputa sobre el presupuesto, como ocurrió el año pasado después de que una sentencia del máximo tribunal alemán abriera un agujero de 60 mil millones de euros en las finanzas del país.
Además, en septiembre se celebrarán votaciones estatales clave en Brandeburgo, Turingia y Sajonia. Según las encuestas, el partido populista de derechas Alternativa para Alemania (AfD) está ganando en cada región, todas ellas situadas en la parte oriental o central del país. En la antigua Alemania del Este, el 40% de los votos en las euroelecciones fueron para la AfD o para el partido de Sara Wagenkecht, un nuevo partido que defiende políticas contrarias.
En Francia, la situación de la élite es igualmente grave: una serie de sondeos de opinión realizados en los últimos días reflejan los nubarrones que se ciernen sobre la alianza de Macron. Los sondeos muestran que la Agrupación Nacional se acerca cada vez más a la mayoría en la Cámara Baja del Parlamento francés, la Asamblea Nacional.
Si la Agrupación Nacional obtiene la mayoría, el impacto de un posible gobierno de la Agrupación, dirigido por Jordan Bardella, tendría importantes repercusiones mucho más allá de Francia, en la UE y más allá. La confrontación del partido con Bruselas es un hecho. Y aunque en Italia, Giorgia Meloni ha intentado acomodarse a Bruselas en posturas políticas clave, no hay garantías de que Bardella siga su ejemplo. O que Meloni no cambie para aliarse con Bardella.
Este “motín” viene de lejos. Las políticas de la UE, como la inmigración, las directivas agrícolas ecológicas y la burocracia de mano dura, han provocado una enorme ira; pero hay un tema candente que se mantiene en gran medida bajo la mesa y del que se habla en voz baja: Ucrania.
Los jóvenes electores descubren las mentiras
La facción de Biden en Bruselas está totalmente comprometida con el proyecto de EEUU de escalar la guerra en Ucrania contra Rusia (al menos hasta noviembre), y después se espera que Europa se prepare para una posterior confrontación a gran escala con Rusia, posiblemente montada para encajar con la acción militar de EEUU contra China, para la que el Pentágono está muy ocupado preparándose.
Por supuesto, “todo” depende del resultado de las elecciones en EEUU.
El elefante en la “sala de planificación” es que los europeos no quieren una guerra con Rusia, por mucho que los estratos dirigentes insistan en ello. Es evidente que no redunda en interés de Europa.
La Agrupación Nacional francesa se opone al apoyo a Ucrania, e incluso Scholtz, el líder más fiel al “liderazgo” de Washington, admitió en una entrevista el domingo pasado, que el SPD tenía tan sólo un 7% de apoyo en algunas partes del este de Alemania, que tradicionalmente ha tenido una predisposición más positiva hacia Rusia. “Algo está pasando allí; no hay forma de evitarlo”, exclamó Scholtz.
A continuación reconoció que los malos resultados del SPD se debían a que “mucha gente no está de acuerdo con el apoyo a Ucrania y las sanciones contra Rusia. Esto también se refleja en los malos resultados electorales”, afirmó Scholz. “No hay otra alternativa [que] cambiar eso”.
Incluso en el Reino Unido, que tradicionalmente intenta “estar por delante” de EEUU en cuestiones de seguridad, la clase dirigente se desmayó cuando Nigel Farage, cuyo partido Reformista está a un paso de superar al gobernante Partido Conservador en términos de estima popular, dijo lo “indecible”: que las eternas expansiones de la OTAN hacia las fronteras de Rusia eran la causa de la guerra de Ucrania. Se podía “oír caer un alfiler” (metafóricamente) cuando rompió filas y dijo lo indecible.
Ahora bien, Farage –te guste o no– es un político consumado, a diferencia del Primer Ministro Rishi Sunak o del laborista Keir Rodney Starmer, que son cualquier cosa menos eso. Farage sabe decir según en qué dirección sopla el viento.
Históricamente, Francia y Alemania juntas han sido el motor de Europa. Sin embargo, durante años la UE se ha construido a sí misma usurpando las prerrogativas de los Estados-nación europeos, sólo para reinvertirlas a nivel supranacional… para siempre.
Para alarma de los votantes, a principios de este siglo Londres, Berlín, Roma y Atenas eran mucho menos autónomas que antes: el Brexit fue uno de los resultados.
“Los europeos –escribe Christopher Caldwell en The New York Times– en su mayor parte, no eran conscientes de que habían sido reclutados en un proyecto que tiene como punto final la extinción de Francia, Alemania, Italia y el resto de las naciones históricas de Europa, como unidades políticas significativas. Bruselas sólo ha podido ganarse la adhesión a su proyecto ocultando su naturaleza. Sin embargo, la generación más joven de Europa parece haber visto a través del disimulo. Estamos sólo al principio de las consecuencias”.
Bruselas puede intentar afirmar que el “centro aguantó”; que sus políticas ucranianas, de inmigración verde y centralizadoras pueden continuar sin verse afectadas. Pero Caldwell tiene razón: sólo estamos al principio de las consecuencias, si intentan insistir. El “verdadero problema de la unión [no es] lo que hace, sino lo que es… un despiadado proyecto de construcción del Estado como los del cardenal Richelieu bajo Luis XIII”.
La maquinaria de gobierno de la Unión Europea en Bruselas nunca ha estado donde residen los intereses –o los corazones– de los votantes.
(*) Alastair Crooke es un antiguo diplomático británico, fundador y director del “Foro sobre Conflictos”, con sede en Beirut.